Opinión

La percepción fatal

Somos los peores inquisidores de nosotros mismos

Por:
septiembre 26, 2021
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La percepción fatal
En España nos cruzamos con un puñado de colombianos quienes coincidieron con una pregunta que parecía más una aseveración: “¿La vida en Colombia está terrible?

“Actriz y bailarina”, así se presentó, mientras me servía un café americano en un medio día caluroso y seco en Madrid. Aburrida por su trabajo —que obviamente no la satisfacía— me contó que venía de Argentina, del “Gran Buenos Aires”, que llevaba un par de años fuera y que en las tardes, luego de salir de laburar, asistía a una universidad, contigua al museo de Reina Sofía, donde estudiaba dramaturgia. Me aclaró, con cierto tono de vergüenza triste, que ser camarera era algo pasajero y que se estaba preparando para mejores días. “Seré famosa”, me dijo y sonrío, sabiendo de lo peligroso de sus deseos. Recordé las palabras de Wilde sobre las dos fatalidades del ser humano: que los sueños no se cumplan o que, en cambio, se cumplan. La breve charla terminó con una afirmación que llamó mi atención por oírse —y sentirse— tan familiar: “no volveré, mi país está invivible”.

“¿Y no han pensado en quedarse por acá?”, nos preguntó el taxista que nos llevaría a tomar un tren para reunirnos —final y alegremente— con la familia que la pandemia había separado por dos años. De cuello grueso y piel curtida, su voz revelaba algo más de sesenta años y su acento andino nos permitió descubrir su origen peruano. “Limeño, aunque no voy hace más de dieciséis años”, nos contó, mientras sorteaba unas obras civiles que se desarrollaban en la calle contigua. “Acá se puede vivir, no te matan por un móvil o por unas zapatillas. En este país, puedes comprar cosas sin temor a que te las quiten”. Asentimos en silencio. Luego, y con el ánimo de no dejar la conversación inconclusa, le pregunté si volvería alguna vez; contestó con firmeza que no lo sabía, que lo pensaría una vez estuviera jubilado. Este tampoco va a volver nunca, pensé al oír su respuesta.

También, en este par de semanas en España, nos cruzamos con un puñado de colombianos, meseros, galeristas, obreros de construcción y financistas, quienes —sin haberse puesto de acuerdo y sumidos en cierta nostalgia— coincidieron con una pregunta que parecía más una aseveración: “¿La vida en Colombia está terrible? Y acto seguido comentaban haberlo visto todo en las noticias. A lo que nosotros, sin mucha defensa y con pocos ánimos de polemizar, respondíamos que sí, que todo estaba difícil, y que, sin embargo, regresaríamos pronto.

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A  fuerza de comparación, la cotidianidad latinoamericana se ve peor desde aquí, más oscura y tenebrosa

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Es evidente por qué España es el lugar predilecto de cientos de migrantes latinoamericanos. Es una tierra intermedia: ni se está afuera ni se está adentro. El idioma, las costumbres, la complicidad y muchos —muchos— rostros que se atraviesan en la calle, resultan cercanos y predecibles. Y aunque todos saben que no están en sus países, es el lugar más generoso y noble para pasar la condena de nuestra penitencia originaria: haber nacido al otro lado del Atlántico. No obstante, parece ser que la distancia genera cierto efecto distorsionador de perspectiva. Supongo que a fuerza de comparación, la cotidianidad latinoamericana se ve peor desde aquí, más oscura y tenebrosa. (Aunque cabe la posibilidad de que se trate de un simple truco de la mente para evitar el dolor de sentirse siempre ajeno).

Tampoco se trata de defender la brutalidad y paradojas de nuestras tierras. No se trata de eso. Llevo cuarenta años viviendo en Colombia y sobre todo, siendo incapaz de irme por más de un par de meses. Sin embargo, he sentido en este breve viaje a España, que los muchos malestares que padecemos, profundos y devastadores, han arruinado nuestra capacidad de considerar nuestro presente como parte infaltable del porvenir que se avecina. Somos los peores inquisidores de nosotros mismos. Basta mirar la historia europea de los últimos quinientos años para darse cuenta de los miles de errores infantiles y asesinos que se cometieron y las atroces medidas absurdas y corruptas que se emprendieron. Y, a pesar de suene a consuelo: nosotros somos patrias jóvenes e inexplicadas que necesitan algo más de tiempo para concebirse de verdad. Y aunque la renuncia a quedarse no puede ser juzgada jamás, tampoco debemos caer en la trampa de obligarnos a vernos irreparables y agónicos. Es suficiente con recordar, de vez en cuando, la inocencia de creer germinar en tierra propia para saber que siempre quedará tiempo de volver.

 

 

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