La fundó el piloto Mario Salazar en 1966 junto a 9 colegas más y desde ese momento con médicos, y enfermeras voluntarias recorren en el país salvando vidas y curando

 - La Patrulla Aérea, 60 años volando para llevar atención médica a la Colombia profunda

El piloto Mario Salazar hizo su primer vuelo oficial cuando unos 27 años, en 1964. Dos años después, el 4 de junio de 1966, subió a su avioneta y voló hasta San Jacinto, Bolívar, llevando a un amigo médico hasta una finca para atender a un enfermo, donde sin él saberlo, había más de ochenta personas que querían ver, por primera vez en su vida, a un doctor. Ese día nació, sin que nadie lo planeara así, la primera brigada de lo que terminaría siendo la Patrulla Aérea Civil Colombiana.

Salazar no llegó solo a esa idea. En el aeropuerto de Guaymaral, al norte de Bogotá, solía reunirse con cuatro amigos que compartían su gusto por volar. Eran pilotos jóvenes, tenían aviones propios o acceso a ellos, y en algún momento de esas conversaciones de pista decidieron que sus máquinas podían servir para algo más que el vuelo recreativo de fin de semana. Fundaron una organización pensada, en un principio, para buscar y rescatar aeronaves perdidas, con salidas esporádicas de auxilio médico cuando la ocasión lo exigía. La idea prendió rápido entre otros pilotos de la época: se sumaron cuatro más, hasta completar nueve socios fundadores dispuestos a poner su tiempo, su combustible y sus aviones al servicio de comunidades que ninguna entidad del Estado alcanzaba a atender.

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En las montañas entre Chocó y Risaralda la Fuerza Aérea encontró restos de lo que al parecer pertenecen a la avioneta desaparecida.

Lo que vieron esa tarde en la finca del Meta cambió el rumbo de la organización. Ochenta personas habían caminado cuatro días para llegar hasta allá con la esperanza de que un médico las revisara. Salazar entendió que el problema no era solo la distancia entre un pueblo y el siguiente: había regiones enteras de Colombia sin ningún acceso a la medicina, y una avioneta pequeña podía resolver en un par de horas de vuelo lo que de otro modo tomaba semanas de camino o, para muchos, no se resolvía nunca. Ese mismo 4 de junio de 1966 Salazar lideró el primer grupo formal de médicos, cirujanos, pediatras, odontólogos, oftalmólogos y enfermeras voluntarios que aterrizó en San Jacinto para atender a la comunidad. La búsqueda y rescate de aviones siguió siendo parte de su trabajo, pero desde ese vuelo la salud se convirtió en el eje central de la Patrulla.

Una pasión que convirtieron una ayuda para los colombianos

Con los años, ese grupo de nueve amigos pasó a ser una red mucho más grande y mucho más difícil de sostener. Hoy la integran decenas de pilotos privados y varios cientos de profesionales de la salud, todos voluntarios, que coordinan entre sí para viajar juntos, en formación, hacia municipios sin vías pavimentadas ni hospitales cercanos. Sostienen en promedio una brigada mensual de tres días, en la que se realizan cerca de mil quinientas consultas y ciento cincuenta procedimientos quirúrgicos. Esa combinación de pilotos que donan sus aviones y médicos que donan su tiempo es, todavía hoy, poco común entre las organizaciones humanitarias del país, y le ha valido a la Patrulla el Premio Rey de España a los Derechos Humanos, el reconocimiento de la Fundación Carlos Slim como Institución Excepcional, el Premio Google.org y el Premio Alejandro Ángel Escobar. Desde 2020 está inscrita en el Registro Especial de Prestadores de Servicios de Salud, lo que le permitió ordenar sus brigadas con estándares clínicos formales en los lugares más apartados del territorio nacional.

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Para las comunidades que reciben esas brigadas, la Patrulla no es una alternativa entre varias, es la única. La cirugía o la consulta especializada que de otro modo exigiría días de viaje hasta la ciudad más cercana, si es que hay dinero para el pasaje, llega en cambio en un avión pequeño que aterriza en una pista de tierra. La organización ha estado presente en cada tragedia grande de las últimas décadas: Armero en 1985, el terremoto del Eje Cafetero en 1999, Mocoa en 2017, el huracán Iota en Providencia en 2021, la pandemia de covid-19.

En esa misma tradición volaba, sesenta años después de aquel primer viaje de Salazar, el Cessna T206 de matrícula HK4985 que el domingo 13 de septiembre cubría la ruta entre Condoto, en el Chocó, y el aeropuerto de Guaymaral, el mismo desde donde había despegado la idea original de la Patrulla. El avión regresaba de una brigada que, días antes, había atendido a cerca de seiscientas personas afectadas por el sismo del 10 de agosto en esa zona del Pacífico. A las 9:23 de la mañana, cerca del cerro Tatamá, a unas treinta y tres millas del VOR de Pereira, el piloto reportó su posición por última vez. Minutos después se cortó todo contacto por radio y la aeronave dejó de aparecer en el radar. Poco después se activó su radiobaliza de emergencia, la señal que terminaría orientando la búsqueda.

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La Patrulla Aérea lleva 60 años salvando y cuidando campesinos, indígenas y afros en todo el país.

A bordo iban cinco personas. El piloto era Mehmet Cankaya, turco, de 43 años, radicado en Bogotá desde hace más de una década, director de una empresa de turismo y padre de dos hijas, que dedicaba parte de su tiempo libre a volar como voluntario de la Patrulla. Lo acompañaban cuatro profesionales de la salud vinculadas a Colmédica y a la Clínica del Country: Perla Costanza Álvarez, Sandy García, María Guzmán y Yuliza Figueredo, que volvían de la jornada asistencial en Condoto.

La Aeronáutica Civil activó los protocolos de búsqueda y salvamento con apoyo de la Fuerza Aeroespacial Colombiana, la Policía, el Ejército y organismos de socorro regionales. Helicópteros Black Hawk y Bell 212 rastrearon durante más de un día una de las zonas más difíciles de los Andes colombianos, entre selva espesa, montaña empinada y clima que cambia sin aviso. El lunes 14 de septiembre, la Fuerza Aeroespacial confirmó haber ubicado restos de la aeronave cerca del Parque Nacional Natural Tatamá, en la vereda Oscordó, jurisdicción de Pueblo Rico, Risaralda. Hasta el momento no hay información oficial confirmada sobre el estado de las cinco personas que viajaban en ella.

Sesenta años después de que Mario Salazar y ocho amigos decidieran, en una charla de aeropuerto, poner sus aviones al servicio de gente que no conocían, la Patrulla Aérea sigue operando bajo la misma premisa: volar hacia lugares que nadie más visita, con la certeza de que alguien allá abajo lleva días esperando a un médico. Lo que pasó el domingo en el Tatamá es, en ese sentido, el mismo riesgo que asumió aquel primer grupo de nueve pilotos, sostenido ahora por cientos de voluntarios que, para buena parte del país rural, siguen siendo el único sistema de salud con el que cuentan.

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Por Las Dos Orillas

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