La noche que Cioran me dijo que votara por Fajardo

“Espinosa y yo lo reconocimos al instante. En nada nos sorprendió verlo allí sentado. Para ambos fue natural darnos cuenta que lo de 1995 en París había sido una mentira”

Por: Sebastián Santisteban
Mayo 16, 2018
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La noche que Cioran me dijo que votara por Fajardo

Con un amigo de apellido Espinosa habíamos salido de un evento literario en un café de la 19 con Aguas. Eran las diez y media de la noche. Estábamos ebrios. Habíamos bebido más de dos botellas de Black & White celebrando porque finalmente me entregaron los primeros ejemplares de un libro de cuentos que había publicado meses atrás. En ese momento, caminábamos por la 19 hacia un puestico de hamburguesas atendido por un moreno del Cauca. Luego de que nos dieron nuestras hamburguesas apareció un grupo de jóvenes venezolanos, dos chicas y un muchacho. Una de ellas llevaba un diminuto vestido blanco. La otra era mona, de pelo liso, y muy bonita de cara. El muchacho tendría unos veinte años y ellas menos.

Se acercaron con cautela al vernos hablar tan animadamente con el señor de las hamburguesas. Yo tocaba con el pie la caja de los libros y hablaba ostentosamente, con voz de borracho, que era escritor y que esos eran mis primeros ejemplares. Espinosa, por su parte, decía cosas inentendibles sobre el Santa Fe y José Asunción Silva y un poeta de la distri que había conocido en el evento del café. Mientras tanto, el señor de las hamburguesas se limitaba a vernos comer, con una sonrisa burlona. Tenía unos cuarenta y cinco años, el pelo corto y canoso, y una mirada amable.

Los muchachos venezolanos finalmente se decidieron a pedir tres hamburguesas y yo, con toda emotividad del caso, una vez reconocí su acento, aproveché para decirles que era escritor, que en la caja a mis pies llevaba mis primeros libros, y que les iba a invitar las hamburguesas. Costaban 5 mil. El señor moreno llevaba ahí más de 8 años preparándolas y vendiéndolas.

Así que los venezolanos nos vieron con un poco de sorpresa y desconfianza, sobre todo el muchacho, mientras que la del vestidito blanco se mostraba más relajada y dijo que bueno. Y fue ella la que se acercó a hablarme; le pregunté si no sentía mucho frío con ese vestidito tan corto que apenas le tapaba las nalgas en la fría noche bogotana. Ella me dijo que sí, pero que estaba acostumbrada a vestirse así porque venía de tierra caliente y que eso no lo iba a cambiar. Luego hablamos de la alcoba en la que vivían los cuatro, ahh, porque eran dos chicas y dos muchachos los que habían llegado a comer hamburguesa, es decir, me había olvidado del segundo muchacho; y entonces me contaron que vivían todos en una pieza, compartiendo los gastos, que no tenían mucha plata pero que estaban contentos en Bogotá, que en general les gustaba la ciudad. Me contaron más cosas que ya se me olvidaron, pues en todo caso se les veía nerviosos y particularmente inquietos por la caja que yo tenía a mis pies. A lo mejor no creían que fuera escritor. De vez en cuando volteaba a ver a Espinosa, pero él seguía ensimismado monologando cosas sobre el Santa Fe y Silva que no se le entendían.

Los muchachos venezolanos se fueron de afán como a los siete minutos, creo que sin despedirse y un poco fastidiados. Entonces Espinosa y yo, contentos con nuestra buena obra, nos decidimos ir a la 22, pues la noche era joven, y yo aun tenía ganas de seguir fastidiando a más gente con lo de los ejemplares de mi primer libro; mientras que Espinosa, creo, seguía con muchas ganas de continuar sus monólogos sobre el Santa Fe y la poesía bogotana. Entonces buscamos un cajero para sacar más plata, pues apenas nos quedaba lo del taxi de regreso a la casa de Espinosa (porque yo, en Bogotá, ya no tengo pieza), pero todos los que habían por la 19 y la séptima estaban cerrados con llave.

De esa manera, y casi sin darnos cuenta, resultamos caminando, con la caja en mis manos, hacia la décima y luego la Caracas por la bella localidad de Santa Fe. Algunos indigentes caminaban por las aceras y calles, pero por algún motivo nos evitaban. A Espinosa yo le hablaba sobre la importancia de tratar de colaborarle a los inmigrantes venezolanos, especialmente si son así de pelados, porque ellos estaban comiendo mucha mierda y uno debería ayudar con lo que fuera. Además porque a esa edad casi no tenían la culpa. Espinosa, por su parte, no me respondía o respondía cosas que no le entendía y que igual no hacía el esfuerzo de entender. Yo insistía en que por eso tenía algo de importancia el hecho de ir votar, no necesariamente bien, pero definitivamente no muy mal, y que la literatura del siglo XX, incluyendo la poesía, en ese sentido no ayudaba mucho para orientarlo a uno, y justamente en medio de aquella discusión fue que lo vimos.

Estaba sentado sobre una butaca de plástico en el rincón de un edificio viejo y abandonado de ladrillo antes de llegar a la Caracas. Un rayo de luz de la luna lo alumbraba oblicuamente. Al lado, sobre un par de ladrillos, había una botellita de cristal. Lucía el pelo blanco, abundante y desordenado, la mirada melancólica y frágil puesta en el suelo. Las piernas cruzadas y sobre ellas las dos manos. Se le veía, sin embargo, cómodo allí, con su vestido de tweed café, una bufanda de lana, y sus zapatos de gamuza azul. Transmitía esa impresión de estar más allá de cualquier sentimiento de asombro, o lástima, o pena, o admiración. Era como si con su simple presencia se tragara todos los sentimientos porque él ya los había comprendido y dominado todos. Era él, el mismísimo autor de los Silogismos de la amargura y Breviario de podredumbre.

Espinosa y yo lo reconocimos al instante. En nada nos sorprendió verlo allí sentado. Para ambos fue natural darnos cuenta que lo de 1995 en París había sido una mentira. Es posible que se le viera un poco más viejo que en sus últimas fotos que se hicieron públicas, pero definitivamente no tan viejo como para aparentar los más de cien años que ya tenía.

Cioran nos volteó a ver con la mirada un poco indiferente. Nosotros lo saludamos solemnemente y él asintió con la cabeza. Pero en medio de nuestra estupidez, los nervios y la borrachera, solo atinamos a preguntarle sobre política. Quiero decir, le pregunté yo, porque Espinosa ahora no decía nada.

—Señor Cioran, así que quisiera preguntarle, ¿por quién hay que votar en las próximas elecciones?

Pero Cioran no dijo nada. Así que continué:

—El asunto es que no sé si esto valga la pena, si deba preocuparme en lo absoluto. Porque por un lado está la vida, que vale cada vez menos la pena vivirla, con sus influencers del Instagram, sus modelos webcam y sus blockbusters de Avengers que valen mierda. Pero por otro lado, uno no se termina de convencer de dejar todo a la suerte de los fanáticos uribistas y petristas. Quiero decir que es muy maluco querer salir a la calle y tener que encontrarse con un mundo aún más vuelto mierda, más insoportable de lo que ya es… Insoportable en la forma del fanatismo imbécil y violento, y del caudillismo. Uno quisiera poder salir y que las cosas fueran un poco más amables y ojalá estéticamente más poéticas, más líricas como usted tan hermosamente lo ha dicho. Y nada de eso sucede cuando el presidente de un país, que de alguna manera es el representante de ese país, es un caudillo megalómano, como Uribe o como Petro…

Ante mis palabras Cioran se mantenía impasible, con la mirada en el andén, aunque haciendo un ligero movimiento de piernas que transmitía cierta incomodidad.

— … o cuando se es un cínico que tan descaradamente ha pasado por alto la corrupción de su partido, como Vargas Lleras. De De La Calle no puedo pensar mayor cosa mala, quizás más allá de haber participado en todos los gobiernos de los últimos 30 años. Puede que se pueda votar por él, pero es seguro que no pasará a segunda vuelta, así que solo queda Fajardo, que es bien pendejo, hay que aceptarlo, poco inteligente y bastante cursi, pero que es el que menos peor equipo tiene, y sus pecados son los menos graves. Porque un títere de Uribe, que por lo demás parece muy claramente criminal y hasta con ciertos tintes genocidas, y que solo sabe hacer campaña metiendo miedo, pues eso no, no es viable. Y un Petro que solo sabe hacer campaña a punta de resentimiento y adoración mesiánica a sí mismo, pues eso tampoco (además que su alcaldía en Bogotá fue pésima, y también eso hay que aceptarlo). Pero de un mancito como Fajardo, que es como buena onda, pero poco inteligente, pero que tiene a Mockus, Claudia López y Robledo, pues puede ser la opción, ¿no?, así sus propuestas no sean particularmente las más brillantes, ¿no?

En ese momento Cioran, por primera vez subió la mirada y me vio directamente a la cara, pues todo ese tiempo había estado mirándome a los pies. Así que yo insistí:

—¿Entonces señor Cioran?, necesito alguna respuesta, algo… ¿hay que votar por De la Calle?, ¿o en blanco?, ¿no votar y suicidarse?… ¿hay que votar por Fajardo?

Y fue en ese instante que me pareció ver un leve gesto de aprobación inclinando levemente su cabeza. Y casi de inmediato agarró la botellita de cristal que estaba sobre los ladrillos, se puso de pie y con delicadeza abrió la reja del edificio abandonado y se perdió adentro. Nosotros nos quedamos un rato ahí, de pie, viendo la oscuridad que se lo había tragado. Entonces volteé a ver a Espinosa que hasta ese momento se mantuvo completamente callado y con los ojos bien abiertos y rojos de la borrachera, y le pregunté si no le parecía increíble todo eso. Él asintió suavemente con la cabeza.

—Y todos estos años y aun sigue vivo, marica…

—A lo mejor en Rumania tienen la fórmula de la inmortalidad, ¿no?… ¿que acaso de allá no es que es Drácula?, fue lo único que dijo Espinosa en toda la noche.

Luego de eso bajamos a la Caracas y ahí cogimos un taxi. No estábamos ya de ánimo para ir a la 22. El encuentro con Cioran había sido místico y de ninguna manera queríamos matar esa magia.

Por mi parte, iba seguro de que Cioran había aprobado que votara por Fajardo, antes de no votar, o de votar en blanco, o suicidarme. Así que eso haría. Además que los únicos verdaderos mesías son los poetas como él, y de ninguna manera los políticos. Creo que Espinosa también estaba convencido que habría que votar por Fajardo; era un argumento simplemente inapelable.

Y solamente cuando íbamos ya por la 80 fue que me di cuenta que Cioran había estado mirando todo el tiempo la caja a mis pies con los libros. Entonces me pegué un palmadón en la frente. ¿Cómo era posible haber desaprovechado la oportunidad de dejarle un ejemplar y que me hubiera firmado otro? Y todo eso por estar hablando sobre la maldita y cochina política. Definitivamente yo era un imbécil, en un país de imbéciles y con políticos incluso peor de imbéciles y no había nada que hacer al respecto. Quizás, solo, tratar de votar por el menos malo.

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