Opinión

La máquina de escribir

Por:
enero 10, 2014
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Santiago, 2 de enero de 2014

Querido Horacio,

Ya está bueno de vacaciones. Volvamos a las cartas y a las conversaciones sobre nada. ¿Leíste los dos enlaces que te envié? Uno era el de la columna de Héctor Abad Faciolince del domingo 29 de diciembre de 2013, El espantoso mundo en que vivimos, y el otro era el de la columna de William Ospina del domingo 5 de enero de 2014, Ciego toda la vida a todo eso. Héctor Abad, en resumen, plantea una idea con la que estoy completamente de acuerdo: «El mundo en que vivimos es espantoso, pero es el menos espantoso que haya habido». William Ospina le responde a Abad, entre otras cosas, que las cosas no son así y la realidad es que «La industria quiere hacernos creer que toda novedad comporta un progreso: pero aunque lo pregona todo el día, nuestra edad no parece estar trabajando para la felicidad humana y para la protección del planeta».

Tú, que tan bien me conoces, sabes que soy pesimista redomada. En el cliché del «vaso medio lleno medio vacío» yo siempre lo veo «medio vacío», y aun siendo así, las ideas que plantea Ospina en su columna son el lugar común preferido del intelectual apocalíptico e inconforme, ese que predica que el mundo, tal y como lo conocemos hoy, está abandonado, en decadencia, es el infierno mismo.

Por supuesto que hablar de «el mundo que nos tocó vivir» a los 28 años, seguramente te sonará pedante de mi parte, porque me dirás que yo no es que haya visto mucho mundo. Pero vamos a suponer que la imaginación cuenta. Vamos a suponer que la imaginación afiebrada de una niña cuenta. ¿Jugamos a que cuenta?

Cuando yo era niña, vivía en una casa muy vieja llena de cosas muy viejas y estuve siempre rodeada también de gente vieja: mis abuelos y sus parientes. Muchas cosas de las que ellos hablaban no las puedo recordar con tanta claridad, sin embargo, otras cosas sí las recuerdo muy claramente y perviven en mí porque además marcaron mi vida de una manera profunda. Por ejemplo, cuando mis abuelos me enseñaron a escribir a máquina. Mi abuelo había sido notario y mi abuela había estudiado con el famoso “método Remington”. Y mi aprendizaje sucedió cuando yo tenía nueve años y no fue fácil, porque mientras me llegaba una máquina de escribir más “moderna”, tuve que aprender en la vieja máquina de mi abuelo, que era un mamotreto enorme, con las filas de las teclas tan separadas, que los dedos meñiques se enganchaban en la «ñ» y la «a». Recuerda, Horacio, que la gracia era escribir muy rápido, usando todos los dedos en sus posiciones respectivas, y siempre mirando el papel, nunca las teclas.  Como en todo oficio manual, la práctica constante y disciplinada son las que te dan la habilidad. Yo aprendí, pero para cuando me llegó la máquina de escribir «ultraportátil de Brother», ya tenía los dedos destruidos. Hacer los documentos en máquina de escribir era toda una proeza y esos dos grandes inventos que son el computador y la impresora, todavía estaban lejos del lugar donde vivíamos y, sobre todo, de nuestros bolsillos.

La misma semana en que yo vi un computador, lo toqué y lo manipulé, gracias a una dotación de equipos que llegó de regalo al colegio en donde estudiaba, mi abuelo tuvo que viajar a Cali, si la memoria no me engaña, y ver cómo una secretaria trabajaba eficientemente en un computador, redactando cosas, imprimiéndolas. Nada de ensuciarse con tinta los dedos, o de llenárselos de callos. Ambos quedamos fascinados. Mi abuelo repetía, obnubilado, que el futuro verdadero estaba ahí, «Las tales computadoras esas son el futuro, sumercé. Yo estoy seguro que ahí uno puede llevar un negocio completo sin problema, sin tanto papel». Hoy, que trabajo con casi cero uso de papel, no puedo más que recordar eso que él me repetía. «Lo que más me gusta es que cuando sumercé estudie una carrera», me decía también, «no va a tener que sufrir tanto haciendo los trabajos porque le van a salir limpiecitos».

Mi abuelo, que había nacido en 1914, que hablaba con dolor de esos tiempos en que la gente se moría porque no había luz eléctrica, alcantarillado o medicamentos más eficaces, veía el progreso con un optimismo tan bonito y contagioso, que quizás es el único optimismo que conozco. Aunque muchas veces añoró cosas del pasado, su visión del futuro era tan generosa, tan limpia y bella que no puedo menos que conmoverme cuando la recuerdo: sentado frente al televisor —de esos viejos y enormes—, cuando salían noticias sobre novedades científicas o técnicas, repetía: «Me conformo con que la ciencia avance mucho, lo suficiente para que mis nietos no sufran».

Por eso cuando Ospina dice que «la industria quiere hacernos creer que toda novedad comporta un progreso», olvida olímpicamente que su columna probablemente fue escrita en un computador —a menos que él venga y me corrija y me diga que escribe a máquina—, una de esas “novedades” que más progreso le ha entregado a la humanidad, y no hablemos ya de Internet, una herramienta lo suficientemente poderosa como para conseguir que su columna no se restrinja a la distribución de El Espectador impreso.

No te voy a decir, Horacio, que estos recuerdos —más movidos por la emoción que por la razón—, sean un gran argumento para defender el mundo que nos tocó vivir, porque estoy consciente de que algo tan particular no va a sostener una teoría más compleja, pero tampoco está de más acordarse, de vez en cuando, de que no existe ni existirá ese mundo perfecto en donde todos sin excepción somos conscientes de cuidar el planeta, en donde no hay guerras, ni se matan niños, ni se mueren de hambre. Tener claro esto no me hace, no nos hace, ni conformistas ni tibios. La actual no es la peor versión del mundo, pero, por supuesto, cada quien puede añorar a la máquina de escribir cuando y cuanto quiera.

¡Besos, Horacio!

Y feliz año (¡Horreur, 2014!)

www.lauragarcia.cl

@LaZapaquilda

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