Opinión

¿De qué mueren los compositores?

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enero 10, 2014
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Este es un tema secundario muy interesante en la sinfonía de la historia de la Medicina, con variaciones y anécdotas muy significativas.  Por ejemplo la muerte de Bach y el hallazgo de sus restos dos siglos después. Bach tenía 65 años al morir en 1750.  Handel tenía su misma edad aunque murió nueve años después.  Con ellos termina la música barroca y curiosamente  la misma persona causó la muerte de ambos: el Caballero John Taylor, el mejor ejemplo de médico “culebrero” durante el siglo XVIII según Albert y Henkind en Men of Vision (1993) su historia de la oftalmología. Aquel cirujano al llegar a una ciudad nueva se anunciaba con carteles y volantes, operaba en público y tenía un slogan que proclamaba “Quien da vista da vida”. Notemos entonces que hace tres siglos existía ya la común y peligrosa publicidad médica.

Los dos compositores sufrían de cataratas. El procedimiento clásico para esta condición era la luxación hacia atrás del cristalino opaco con la punta de un instrumento seguramente no esterilizado en aquella época. Como la probabilidad de un resultado afortunado estaba alrededor de un treinta por ciento era preferible esperar que la visión hubiera disminuido lo suficiente para justificar el riesgo. Por eso se recomendaba aguardar que la catarata “madurara” y aun con limitación severa de la visión muchas personas no se sometían al procedimiento. Bach y Handel sí se pusieron en manos de John Taylor con pésimos resultados pues murieron sin recuperar la visión. Handel tuvo la osadía de acudir al mismo médico varias veces tras su progresivo aumento de ceguera. Se dice que las palabras de su oratorio Sansón “Eclipse total, no sol, no luna, oscuridad total” retratan esa experiencia.

Bach tuvo una severa infección del globo ocular que probablemente avanzó a un absceso cerebral con septicemia.  Trabajaba en su obra inconclusa El arte de la fuga y dejó en esta composición un motivo melódico cuyas notas en nomenclatura alemana deletrean su nombre. Además, ciego ya en su última semana de vida corrigió su coral antes llamada Cuando estamos en graves tribulaciones y la tituló Ante tu trono ahora llego, Señor.

Después de morir su obra fue menospreciada por casi un siglo hasta cuando Mendelsshon dirigió para el público berlinés La Pasión según San Mateo en 1829. Para entonces nadie sabía donde estaban los restos de Bach pues había sido enterrado en una tumba sin marcar. En 1894 Wilhelm His estudió cuidadosamente varios ataúdes en el viejo cementerio de la iglesia de San Juan y descubrió uno con las iniciales JSB grabadas en su tapa de madera. Los estudios de los huesos allí encontrados confirmaron que se trataba de los restos del compositor. Se pasaron a una bóveda de esa iglesia, destruida durante la II Guerra Mundial, y luego se trasladaron a la iglesia donde Bach ocupó su más famosa posición laboral Cantor de Santo Tomás de Leipzig. Lo interesante de esta historia es que His, médico suizo doctorado en Leipzig, había descrito un año antes (1893) el grupo de células musculares especializadas del corazón llamado actualmente Haz de His que todos los médicos conocen bien pues transmite y regula el impulso eléctrico que produce la contracción del músculo cardíaco. Es el sistema conductor del corazón con el que todos nacemos que evita peligrosas arritmias cardíacas. En otras palabras es como el “basso continuo” del corazón. Emociona saber que quien descubrió ese corazón del corazón encontró también los restos de ese corazón de la música clásica, Johann Sebastian Bach.

Eso no hubiera sido posible sin la acuciosa investigación de His, gran médico internista apasionado por la música. Todos sabemos que la relación de la música con la medicina ha sido profunda.  Podríamos seguir hablando de la causa de muerte de grandes compositores como Mozart quien murió de glomerulonefritis posestreptocócica tras una epidemia de erisipela en Viena, Schubert con obras inconclusas por su trastorno bipolar y posterior sífilis, el cólera de Tchaikovsky tras beber quizás por propia voluntad agua contaminada, el tumor cerebral de Gershwin que se diagnosticó primero como cacosmia neurótica al percibir aromas extraños, etc.

Pero quisiéramos terminar rindiendo homenaje a un gran compositor y médico dedicado a la química, Aleksandr Borodín, quien murió por infarto del miocardio (probablemente con problemas en el entonces desconocido haz de His) durante una fiesta en 1887. Se debe este recuerdo a que en el momento que usted lea esta “columna-divertimento” debo estar gozando la interpretación de su música por el Cuarteto Borodín en el Festival Internacional de Música de Cartagena. Y al escuchar el Notturno de su Cuarteto No. 2 confirmaré mi respuesta a la pregunta: ¿De qué mueren los compositores? De dicha. A pesar de tribulaciones y enfermedades pues en la música, como dijo Debussy, “le plaisirest la règle”.

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