Texto escrito por: Norman Alarcón Rodas
En el primer siglo del capitalismo de libre competencia consolidada, siglo XIX, no hubo ninguna conflagración mundial, aunque sí guerras locales, que nunca han faltado. Pero despuntaba el siglo XX, y ya estábamos en otro ciclo del capitalismo, el de monopolio, el de los trust, el del predominio del capital financiero. Todo cambió. Se vino la Primera Guerra Mundial en 1914, por el reparto del mundo, y en medio de ella, justo en octubre de 1917, estalló la revolución bolchevique en Rusia y Lenin tomó el poder.
Uno de los perdedores de esta conflagración mundial, Alemania, se levantó de sus cenizas, y bajo la égida de Adolf Hitler, con sus teorías de superioridad racial y una ideología fascista, más una pujante industria armamentista respaldada por el capital financiero, preparó el terreno para desatar la Segunda Guerra Mundial. Alemania empezó anexándose a Austria y a Polonia y conformó el Eje Berlín-Roma-Tokio, finalmente aplastado por el Frente Aliado que conformaran la Unión Soviética, Estados Unidos, Inglaterra y los demás países de la resistencia, incluida Colombia.
De la Segunda Guerra Mundial surgió Estados Unidos como principal superpotencia capitalista, la que menos sufrió en la conflagración por estar tan lejos de los principales centros de combate. Washington creó el FMI y el Banco Mundial, claves para su supremacía económica, e impuso el dólar como moneda básica mundial. Pero también emergió en esas calendas el llamado Campo Socialista, capitaneado por la Unión Soviética, que había puesto la mayor cuota de sacrificio, veinte millones de muertos, y con la poderosa República Popular China, a la sazón con más de 600 millones de habitantes, que con la revolución liderada por Mao sentó las bases para llegar a ser lo que es en la actualidad, una potencia económica sin apetitos imperiales.
Vino la época de la Guerra Fría, que enfrentó en todos los campos a Estados Unidos y a la Unión Soviética, la cual había abandonado el campo socialista y se había convertido en una potencia imperialista. Hasta que en 1989 se desmoronó la URSS cual castillo de naipes y quedó como única superpotencia Estados Unidos. Fue entonces cuando el capital financiero impuso la globalización neoliberal.
Varias décadas después, en las primeras décadas del siglo XXI, el sonido de los cañones no ha dejado de sonar, casi siempre accionado por el poderoso complejo militar-industrial de Estados Unidos, con sus 800 bases militares en los cinco continentes y que trata de someter al mundo a sus designios económicos y militares. La economía norteamericana está ahora tan militarizada, que la industria armamentística copa buena parte del PIB.
La Doctrina Monroe 3.0
Trump ha resucitado la Doctrina Monroe con el Corolario Trump. La original fue impulsada en 1823 por el presidente James Monroe y su secretario de Estado John Adams con la consigna de “América para los americanos”, una política que les sirvió a los países de Suramérica recién independizados, cuando los imperios europeos estaban organizando la Santa Alianza para reconquistar las colonias perdidas. En aquella época la Doctrina Monroe 1.0 constituía un instrumento valioso para mantener la independencia de las naciones y fue respaldada por Francisco de Paula Santander. Cambió radicalmente de naturaleza casi un siglo después, en 1904, año en que aparece el Corolario Roosevelt o Doctrina Monroe 2.0, ya en la época en que Estados Unidos se había convertido en una potencia imperialista y le había arrebatado Panamá a Colombia, iniciándose la horrible noche para nuestro país como una neocolonia de Estados Unidos hasta nuestros días.
Pero faltaba la Doctrina Monroe 3.0 o el Corolario Trump. Con el actual presidente, Washington resucitó la política de las cañoneras, la de la imposición de aranceles que violan hasta los TLC, la de exigir que se le entregue Groenlandia, la isla más grande del mundo, perteneciente al reino de Dinamarca, y pretende que Venezuela sea el Estado 51 de Estados Unidos para quedarse con sus 300.000 millones de barriles de petróleo, contando con la aquiescencia del chavismo supérstite después de la intervención ilegal para llevarse a Maduro. Pero Trump no las tiene todas consigo. No le ha ido nada bien en la guerra contra Irán, un país que jamás se les ha rendido a los sojuzgamientos imperiales. También se ha enemistado con los países aliados de la Unión Europea, a los que pretende pisotear. Se ha lucrado de la guerra de Rusia con Ucrania, obligando a los europeos a comprar el armamento norteamericano.
En medio de la Guerra Fría de antaño, el presidente chino Mao Tsetung acuñó una frase: “Hay un gran desorden bajo los cielos”. Hoy podemos decir que otra vez hay un gran desorden internacional, con un imperio desmoronado, al que no le interesa la legalidad, ni las normas, y que ataca aquí y allá. Pero se ha levantado una gran contracorriente que pugna por un sistema mundial multipolar y numerosos países están reivindicando la lucha por la soberanía. No cabe duda de que el sistema multipolar termina imponiéndose.
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