Opinión

La isla sin techo

Cuando sabemos que el paraíso de Providencia se debe reconstruir casa por casa, techo por techo, aspiro que no nombren otro gerente como el del Covid

Por:
noviembre 19, 2020
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La isla sin techo
Si hay una de cada 10 casas que aún tenga techo, es exageración. Foto: Archipielago Press

Cuando hace muchos años cargué en la ceremonia bautismal a Mathew, quedé para siempre unido a la isla de Providencia. La generosa acogida que desde mucho antes me brindaron sus playas y sus cangrejos, sus orquídeas chomburkias amarillas y blancas y sus aves quejumbrosas fue apenas comparable con el cariño que me hicieron expreso los Robinson, unidos férreamente alrededor del viejo Uálas.

De eso hace mucho tiempo y aunque han pasado decenas de festivales de la Luna Verde y los cangrejos negros han vuelto a bajar desde el bosque de la isla hasta las playas, esquivando con muy poca suerte la barrera suicida de la perimetral pavimentada donde la civilización de las llantas los aplasta, no he podido, no podré olvidar hasta el fin de mis días los felices momentos vividos en Providencia.

Yo no soy de agua. No gozo entonces, como si lo han hecho miles y miles de colombianos, con el buceo que la isla permite para enganchar turistas. Pero todavía tengo el sabor dulzón de un wiski a pico de botella mientras caminábamos enamorados por el puentecito que lleva a Santa Catalina. Y no se borra de mi memoria de vieja cámara Kodak el azul de Cayo Cangrejo mientras amanecía en el hotelito de Deep Blue que con tanto trabajo levantaron Edgar, el publicista que abjuró a la civilización y Nilsa, la hija del viejo Uálas Robinson.

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Los de la Armada que evacuaron a tiempo a los infantes de marina de Serranilla y Roncador no le contaron al director del magazín de tv de las seis de la tarde lo que podía pasar

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Mathew ya es un odontólogo y, sin abandonar la sobriedad de sus antepasados pero visibilizando la emoción en sus ojos, me cuenta que de todo ese recuerdo no quedó nada. Si hay una de cada 10 casas que aún tenga techo, es exageración. El huracán Iota se lo llevó todo y los dejó a la intemperie. Los de la Armada que evacuaron a tiempo a los infantes de marina de los minicayos de Serranilla y Roncador no le contaron al director del magazín de tv de las seis de la tarde lo que podía pasar y él, ni previó ni le dedicó ni un minuto de advertencia en toda la semana pese a que el Centro Nacional de Huracanes repetía tres veces al día, desde el domingo anterior, que Providencia estaba en la ruta del desastre.

Ahora, cuando él y todos los colombianos hemos visto la magnitud de la tragedia y sabemos que lo único que hay que hacer es reconstruir casa por casa, techo por techo, aspiro que no nombren otro gerente  como el del Covid, sino que encargue a Rudolff Hommes y a Juan Guillermo Ángel para que retomen sus cargos de capitanes de las islas que ayudaron a salir del abandono y garanticen con su presencia que los caimanes politiqueros no se queden con la plata que entre todos recojamos y de esa manera impidamos que  el éxodo  masivo y desesperado  vaya y reemplace la esperanza.

 

 

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