Opinión

La inflación de expectativas y sus consecuencias

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mayo 05, 2014
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Cuando las lealtades partidarias son débiles, móviles, fragmentadas, como hoy en Colombia, el estilo populista de hacer política madura. La clase política no sale a cazar votos en los márgenes del universo de electores, lo que hacían populistas como Gaitán o Rojas Pinilla. Esto podría ser costoso, incierto. Ahora la pelea se da dentro del coto establecido, es decir, en el 35 % al 50 % de cedulados que acude a las urnas. Es una pelea dura, de todos contra todos; ahora el factor decisivo estriba más en las técnicas de mercadotecnia, con una adecuada retórica, maquillaje y relaciones públicas, que en las viejas consignas de adscripción de la época de rojos contra azules. Como antes, los políticos deben arremangarse e ir a pelar votico por votico; pero la base es distinta ahora: el número probable de votos ganados baja y hay que pescarlos por otros medios; sean estos los que llaman de “votos de opinión” o los que llaman “votos de estructura”. Estas estructuras incluyen la compra al por mayor o al detal; la componenda entre facciones locales; el fraude profesionalmente bien hecho en que, por ejemplo, se hace votar a los muertos electorales, es decir, a los abstencionistas contumaces.

Todo esto viene al caso por dos acontecimientos electorales recientes: la puesta en escena del “tema educativo” y los bochornos pasados por Vargas Lleras a raíz del incidente araucano en torno a las regalías petroleras. Bien miradas las cosas, los dos temas, disímiles a primera vista, están ligados en sus orígenes en la época de la Constituyente de 1990-1991 y, en general, en la administración del presidente Gaviria. Y los dos temas ayudan a entender en qué consiste eso de crear expectativas y cuáles sus costos. Veamos.

De un modo genérico puede decirse que el saber es fuente de poder. Puede ser la mera información o un conjunto de paradigmas cognitivos que una comunidad de expertos considera la ciencia del momento. Como información es, por ejemplo, susurrar en petit comité: encontramos un campo petrolero que pondrá al país en la liga de Arabia Saudita; por ahora debemos dejarlo en secreto mientras hacemos un buen plan nacional de desarrollo de modo que podamos invertir sabiamente esa riqueza con que Dios nos bendijo. Desde los hallazgos de Caño Limón, Cusiana y Cupiagua se oyen esos tópicos. Por la época de la Constituyente el tema era cómo distribuir la renta petrolera (municipios, departamentos fuesen productores, puertos y lugares de transporte del petróleo) y de allí salió la expectativa araucana que puso en aprietos a Vargas Lleras. El episodio gira en torno a eso: “Respéteme que soy araucano” decía el ciudadano (luego se supo que era un político uribista y hasta podría pensarse que lo plantaron como un agente provocador) preguntando “por qué se robaron las regalías de Arauca” en alusión a la reforma constitucional y legal santista a la distribución de regalías que venía de 1991.

No es el momento de elaborar, pero la experiencia de casi dos décadas demostró fehacientemente el mal diseño de la distribución de regalías que salió de los artículos 360 y 361 de la Constitución y sus desarrollos legales. Se ve, por ejemplo, en el dispendio. Dicho tecnocráticamente, los gobiernos subnacionales tienen una propensión del gasto superior a 1. Es decir, si las transferencias aumentan 1 %, el gasto sube más de 1. De allí el acto legislativo de 2011 que reformó y creó otro sistema más equitativo si se piensa que el recurso es nacional. La regalía petrolera que le habían “robado” a Arauca era, medida por habitante, cientos de veces la de Antioquia, por ejemplo.

Al comenzar última década del siglo pasado se arrastraba la leyenda de Cusiana. El asunto era, cómo evitar la “enfermedad holandesa”. No se pudo como lo comprueba la revaluación que todavía afecta la economía. Pero tampoco se hicieron las inversiones en capital humano que, se suponía, era uno de esos rubros para invertir sabiamente. Ahora conocemos el lamentable lugar internacional de Colombia en educación si nos atenemos a los resultados de PISA o si vemos la participación internacional en “ciencia y tecnología” en los últimos 20 años.

Para este último rubro, valga decir que la negociación en el Congreso de 2010-2011, implicó una transferencia de poder en Colciencias. Pasó de la administración de recursos que, aparte de su burocracia enraizada, estaba en manos de los grandes caciques de las ciencias naturales, a manos de la clase política departamental, en cabeza de los gobernadores. Desde un punto de vista de la representación política es probable que el sistema haya mejorado. Los caciques científicos, algo neutralizados por sus pugnas internas de dominio y prestigio, tienen ahora que vérselas con la clase política tal y como es. ¿Mejorará el sistema propiamente dicho? No sabemos. Pero cuando se ojean las estadísticas mundiales de patentes, o se busca información sobre liderazgo en los campos disciplinarios (entiendo que “guglear” es hábito en los jóvenes universitarios) esas eminencias colombianas, nuestros caciques, son como un cero a la izquierda.

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