Texto escrito por: Camilo Ferreira
La historia tiene todos los ingredientes para una buena anécdota mundialista. Un espiritista ghanés llamado Nana Kwaku Bonsam, cuyo nombre real es Stephen Osei Mensah, nacido en la región de Ashanti en 1973, lleva años apareciendo en los estadios con polvos blancos, declarando que puede neutralizar a Harry Kane o a Cristiano Ronaldo con sus rituales. Durante este Mundial ya había reclamado el mérito del empate sin goles entre Ghana e Inglaterra, donde Kane desperdició una ocasión clara. Cuando Ghana quedó emparejada con Colombia en dieciseisavos, sus declaraciones se viralizaron en Colombia con una velocidad que mezcló el humor, la curiosidad y, en algunos casos, el miedo genuino.
La respuesta no se hizo esperar. Felipe Molina, un hincha bogotano, convocó el primero de julio a través de redes sociales una subida masiva al cerro de Monserrate. El mensaje lo resumía todo: “Ellos tienen al brujo, Lorenzo tiene a la Virgen de Luján, a los mamos de la Sierra y a todo un país que cree en la victoria”. Más de cien personas respondieron al llamado y madrugaron el jueves dos de julio para ascender el sendero. Hasta allí llegó también un chamán local conocido como Sparrow, que guió a los asistentes en tres momentos: apertura de chakras, oración de protección y una plegaria ante el Señor Caído de Monserrate para que los botines del equipo africano se confundieran. La noticia recorrió los medios nacionales e internacionales bajo títulos como “guerra espiritual en el Mundial” y “colombianos buscan contrarrestar la magia negra del brujo ghanés”.
Detengámonos aquí un momento, porque en esa cobertura está exactamente el problema. Los titulares no llamaron al ritual de Monserrate “magia” ni “hechicería”. Lo llamaron fe, devoción, folclor pintoresco. Al ritual de Bonsam lo llamaron magia negra, artes oscuras, brujería. El mismo acto, una persona o grupo realizando un ritual simbólico para influir en el resultado deportivo de su selección, recibe dos nombres completamente distintos dependiendo de si lo hace un ghanés o un colombiano. Esa asimetría no es inocente. Es la gramática del racismo disfrazada de crónica mundialista.
Vale la pena ser precisos, porque la lógica que separa ambos casos no resiste el menor escrutinio. Colombia respondió al chamán africano con un chamán propio, mezclando en la misma ceremonia catolicismo popular, chamanismo andino y chakras, una práctica de origen hinduista, sin que a nadie le resultara contradictorio ni exótico. Nadie cubrió la escena de Monserrate como una manifestación de sincretismo primitivo o de creencias irracionales peligrosas. Nadie sugirió que los hinchas colombianos estuvieran poniendo en riesgo la soberanía espiritual del país. El chamán Sparrow apareció en medios como un personaje simpático y pintoresco. Bonsam aparece como una amenaza.
El fútbol tiene una relación larga e ininterrumpida con lo sagrado en prácticamente todos los países del mundo. Los jugadores argentinos besan los escudos y señalan el cielo después de cada gol. El Brasil de 1994 levantó la Copa del Mundo cantando un himno cristiano. En Colombia, los mamos de la Sierra Nevada han sido convocados ritualmente antes de partidos importantes. Diego Maradona fue velado como un semidiós. Neymar lleva tatuajes religiosos en el cuerpo. Ninguno de estos rituales, prácticas o creencias ha sido cubierto por la prensa deportiva como “magia negra”, “hechicería” o “artes oscuras”. Esas palabras aparecen cuando el que reza es africano o negro.
El lenguaje importa porque construye realidad. Llamar “fe” a lo propio y “brujería” a lo ajeno no es solo una imprecisión periodística: es perpetuar una imagen de África como continente de lo oscuro, lo primitivo, lo que hay que contrarrestar. Es la misma lógica que durante siglos justificó el colonialismo como una misión civilizatoria. Y lo más curioso del caso es que Colombia, un país cuya religiosidad popular está llena de agua bendita, escapularios, promesas a santos, velas de colores, santería, curanderismo y rituales indígenas, sea precisamente quien señale con extrañeza el ritual del otro. Somos un país que consulta al tarot, que lleva sal gruesa en el bolsillo, que le prende velas al Divino Niño antes de un examen. No tenemos ninguna autoridad moral para llamarle brujería al rito ajeno. Lo que tenemos es el privilegio de nunca haber sido el otro.
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