Opinión

La fiesta gringa

No era un hombre inteligente, era un hombre sin escrúpulos e irresponsable. Era el indicado.

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julio 28, 2019
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La fiesta gringa
Imagen: Brochazo marillo, Roy Lichtenstein

La fiesta había sido la misma por mucho tiempo. Los mismos invitados, la misma comida, los mismos tragos. Los chistes se contaban una y otra vez. Los bailes seguían compases predecibles y prudentes. Las sonoras carcajadas escapaban por las ventanas, motivadas por bromas que no lo eran. Llegada la hora, minutos antes de que despuntara la mañana, todos partían medio borrachos e indigestos agradeciendo a Dios por el festejo y la sudorosa amistad. El desorden y la basura quedaban ahí, a la espera de que los habitantes de los pisos de abajo -con resignación- organizaran y limpiaran la desfachatez e indiscreción ajenas. Por meses, la fiesta era el tema preferido del barrio en todas sus esquinas y solo era superado por los planes que se urdían -con la suficiente antesala- para la siguiente ocasión.

Pero ese otoño sería diferente, temiendo o sospechando la llegada del aburrimiento por ser considerados anticuados, decidieron incluir nuevos invitados: vecinos que llevaban mucho tiempo en el barrio -ocupando sus confines y sectores más oscuros- pero que jamás habían sido hechos parte de la algarabía de la fiesta. Ellos, deseándolo desde hacía décadas, aceptaron gustosos y prepararon sus mejores ropas para el evento. Por fin participarían.

Por supuesto, no todos de los invitados originales estuvieron de acuerdo. “demasiado pronto”, “puede ser peligroso” y “ellos tienen sus propias fiestas”, fueron los argumentos más comunes -aunque insuficientes- ante ese ímpetu liberal y tolerante que se pensó llegaba para quedarse. Los más escépticos fueron convencidos -a medias- con razones que apelaban a su estómago (corrían rumores sobre la exquisitez de los platillos preparados por los vecinos inobservados) o a su propio hedonismo (el barrio había sido testigo de varias percusiones alegres que estremecieron sus almas). Era una decisión tomada: la fiesta sería para todos. Una fiesta a la moda.

A su llegada puntual, los inéditos invitados, con sonrisas nerviosas, atravesaron la sala del amplio apartamento, acompañados de miradas vigilantes y condescendientes. Algunos de los asistentes, los más tradicionales, decidieron obviarlos y hacer de cuenta que la fiesta seguiría siendo la misma. Sin embargo, con el paso de los minutos, “los nuevos” -ahora cobijados de cierta confianza- ofrecieron los manjares que amablemente habían preparado y con respeto subieron el volumen del tocadiscos que empezaba a repicar melodías disparatadas pero envolventes. Fueron el espíritu de la noche. La fiesta terminó entre abrazos de la mayoría; antes de partir las recientes celebridades agradecieron la generosidad de sus anfitriones y como respuesta recibieron una invitación inmediata para la siguiente fiesta; la cual aceptaron sin dudar.

La vida continuó para el barrio; el sol parecía iluminar a la comunidad con más empeño y las noches se llenaban de suspiros jubilosos al imaginar el porvenir. No obstante, algunas casas, habitadas por los más desconfiados y nostálgicos, empezaron a asegurar sus puertas y así resguardar sus conversaciones que empezaron a hacerse más privadas y mezquinas. Los chistes hirientes continuaron -aunque solo se hacían en la intimidad-. Los chismes de las supuestas costumbres inmorales de los vecinos empezaron a pulular. “Salvajes en el lugar equivocado”, afirmaba una anciana ciega que tardó en morirse demasiado. Incluso algunos llegaron a inventar que “los nuevos”  eran portadores de enfermedades terribles y escandalosas. Para muchos los diferentes aún repugnaban, pero con los aires de progreso del barrio (repleto de nuevos y pequeños avisos de libertad e igualdad y mareado de tantos discursos fraternos y tolerantes) era mejor callar dicha repugnancia y asumir con esperanza mordaz que algún día los tiempos volverían a ser como antes.

Semanas antes de la fiesta, y hastiados de tener que tragarse su verdad a diario, un grupo de vecinos que vivían en la colina más alta y elegante del barrio, decidieron reunirse secretamente para tenderles una trampa a los nuevos invitados. No se quedarían con los brazos cruzados ante el inminente e indeseable progreso. Sabotearían la fiesta a la antigua. Invitarían al pesado señor D., conocido por su lenguaje procaz y su forma torpe de insultar siempre con una macabra y cínica sonrisa. No era un hombre inteligente, era un hombre sin escrúpulos e irresponsable. Era el indicado.

 

Luego del segundo trago el señor D, empezó a contar chistes de grueso calibre
en los que desnudaba prejuicios incómodos contra los “nuevos”
y contra aquellos que los habían invitado

 

El resultado no pudo ser más desastroso para la fiesta. Luego del segundo trago el señor D, empezó a contar chistes de grueso calibre en los que desnudaba prejuicios incómodos contra los “nuevos” y contra aquellos que los habían invitado. Al comienzo muy pocos celebraron su audacia, no obstante al entrar la noche un corrillo completo y numeroso aplaudía y carcajeaba sin cesar. La incomodidad de algunos los hizo partir mientras que otros -indignados- se decidieron enfrentar al señor D, quien seguía hablando y hablando sin detenerse. No les prestó atención. Un payaso de verdad es inmune a la moderación.

Al fin y al cabo, nada había cambiado en el barrio. Todo permanecía igual. El progreso fue una ilusión pasajera. Los letreros y sus mensajes empezaron a ser cubiertos por la maleza; los discursos e himnos de libertad languidecían ante los chistes populares y repetidos del señor D, ahora nombrado alcalde de toda la ciudad. Las fiestas dejaron de organizarse por miedo a que acabaran de forma violenta o con la huida definitiva de los nuevos vecinos que cada vez se sentían más acorralados. Muchos se fueron. La promesa se había roto.

El barrio empezó a quedarse en silencio y a detener su andar en el tiempo. Las almas se anquilosaron y la gente dejó de morirse: simplemente envejecía entre frondosas arrugas. Las noches de luna llena los aullidos de los perros eran acompañados del sonido del viento que al chocar contra las ventanas producía un sonido similar al de una breve carcajada. Un fatal recordatorio de un chiste que no se detuvo cuando aún era posible.

 

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