Opinión

Un gesto y un balazo

Descubro la sonrisa de mi pequeña Elena, y que mi familia estuvo muy cerca de una tragedia: ¿cómo es que la policía dispara en un lugar abierto, con tantas personas?

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julio 28, 2019
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Un gesto y un balazo
¿Valía la pena recuperar unas joyas y correr el riesgo de haber matado al señor que cuida los carros?

Un gesto. Elena, mi hija, cumplió tres meses hace unos días. Su vida es un homenaje al presente porque cada momento en el que uno está consciente y atendiendo la realidad, observa algún cambio. Un quiebre emocionante fue el de la sonrisa. Los médicos le llaman “sonrisa social”, pero cuando los ojos se encuentran con los de ella se siente como la más íntima de las conexiones. Elena es un conjunto de gestos, movimientos y ruiditos. No es fácil saber qué piensa y qué siente. La racionalización resulta en pensar que la inmensa ternura es un artefacto de la evolución, conmueve las fibras más profundas para proteger de los depredadores. No dura mucho esa racionalización fría, solo hasta la siguiente sonrisa. Desde que nació, al verla crecer cada segundo, tengo una pregunta: ¿en dónde estaba Elena antes de nacer?

En sus primeras semanas, Elena tenía un gesto en particular que nos hacía reír mucho. Levantaba las cejas, hacía un círculo con la boca y movía la cabeza de lado a lado, que en un adulto sería como una burla, y en ella, cualquier cosa. Elena dejó de hacer ese gesto. ¿Por qué? ¿A dónde se fue el gesto? Tengo la idea de que en la novela La Inmortalidad de Milan Kundera, Agnes, la protagonista, decía que la humanidad tenía un conjunto finito de gestos que repite. Siempre me atrajo esa idea, somos gestos repetidos. La Biblioteca de Babel de Borges. El gesto de Elena era de alguien más, me gustaría pensar que venía de su mamá, y ya que ella lo dejó, irá para otro lugar, otra persona.

Un balazo. Mi esposa, Paulina, y mi mamá, María Clara, fueron a conseguir una madera para hacer una mesa, un sábado por la mañana. “Hacer una vuelta” que es lo que hacen las familias en Colombia, los sábados por la mañana. Yo me quedaba con Elena, con Boban, mi perro, viendo un partido de tenis, de Federer contra Djokovic. Muy feliz de no tener que ir a conseguir madera. Elena estuvo necia, no quiso dormir ni tomar tetero y solamente se relajó cuando la cargué. Vi el partido parado, cambiando de posiciones de ella entre mis brazos. Boban intentaba calmarla con cada grito. Al final, la pasamos bien. Ya después de algunas horas, se acercaba el almuerzo, y Paulina me llamó a sugerir lo de las familias en Colombia, los sábados: ¿qué tal si pedimos un pollo para almorzar? Le dije que sí, que porqué no lo traían de una vez. Me dijo que mejor no, que llegaba y lo pedíamos, para ayudarme con Elena. Le dije que no, que estaba tranquila y que era más rápido traerlo.

Paulina y mi mamá parquearon el carro para comprar el pollo. Luego me enteré que decidieron, al último momento, ir a ese restaurante en particular, después de pensar en ir a otro en dónde es más difícil parquear. Al regresar al carro, escuchan fuertes ruidos, y piensan, en un momento, Pólvora, no podía ser, la hora, el lugar, el tipo de ruido, y entonces, Un tiroteo. Bajan las cabezas y nada más que hacer. Ven por el lado, una moto disparando atrás a otra moto, una de policía. A un par de metros del carro. Pasan segundos eternos. La medida del tiempo, al fin y al cabo, es relativa. A un metro del carro, queda un ladrón apresado. Se resbaló en la huida. Es un señor mayor, bien vestido. Lo llevan a un CAI. En el camino una señora le pega con un celular en la cabeza, debe trabajar en el lugar que fue robado. Otra persona la graba en ese gesto, y lo comparte en Twitter. Ya lo deben haber soltado.

El evento llega a los titulares de prensa y observo, con impresión, que mi familia fue parte de ese evento. Siempre estamos a un paso de ser protagonistas de las tragedias. Lo olvidamos con facilidad, puede ser por eso tanta falta de empatía. No cuenta la prensa que solo un ladrón fue capturado, otros dos se volaron en la moto. Una mujer fue herida en el tiroteo, tampoco lo cuentan.

Paulina y mi mamá, están paralizadas. El señor que cuidaba el carro, les muestra que un balazo lo rozó, le abrió el pantalón. Paulina, médica, me explica: Estuvo cerca de atravesarle la arteria femoral, probablemente, habría muerto.

Ese balazo salió del arma de la policía. Queda la duda: ¿cómo es que la policía dispara de esa manera en un lugar abierto, al medio día, con tantas personas? ¿valía la pena recuperar unas joyas y correr el riesgo de haber matado al señor que cuida los carros? Con algo de indignación, esas preguntas. Sin embargo, la realidad vuelve rápido, a los policía también los matan, todos los días: “Muerte de policías en Bogotá: ¿por qué los están matando?”. Dan su vida en las calles. La mayoría, hombres y mujeres honestos. Solo pedir que tengan el mejor entrenamiento para el manejo de sus armas en medio la ciudadanía.

Llegan entonces a la casa. Durante todo este tiempo yo he conversado con Elena que ya había decidido que ella también iba a ver la final de Wimbledon. Pensaba que lo más grave que podía pasar en mi vida era que Federer perdiera esa final. Traen sonrisas nerviosas y me empiezan a contar. Yo escucho el comienzo de la historia ansioso por el pollo. No entiendo bien de qué hablan, no entiendo que las sonrisas son para disimular los nervios. Poco a poco, empiezo a entender todo lo que acaba de pasar. No tengo mucho que decir. Imagino lo cerca que estuve de quedar viudo, y Elena y yo huérfanos. Federer perdió.

Después de un rato, bajamos a inspeccionar el carro, al fin y al cabo, una bala rozó al señor que cuida carros. Alivio, no vimos nada. No toca llevar el carro al taller el próximo sábado por la mañana. La vida sigue y el tiroteo de la familia empieza a pasar a ser una anécdota maluca, nada más. Hasta que unos días después, Paulina regresa a la casa y me dice: malas noticias, un balazo sí perforó el carro. El primer día, buscamos el balazo por donde ella pensaba que pudo haber entrado. Por ahí no entró, pero sí por la parte delantera, por el lado de la puerta del conductor.

Queda ahí el rastro de la decisión de un momento, del policía que apretó el gatillo, del señor que cuida carros que no debe saber de la arteria femoral, de Paulina que frenó un segundo más temprano de la tragedia, un momento que fue el de decidir el pollo comprado en la tienda, en esa tienda, y no en la otra y no a domicilio. Tantos momentos, tantos segundos, todo tan improbable. La vida y la muerte, la vida de Elena, en especial, que ve a su mamá cuando llega, la mira a los ojos y le sonríe, tranquila. No sé dónde estaba antes de nacer, disfruto, y le digo, de que esté aquí y ahora. Quiero descubrir que gesto seguirá.

@afajardoa

 

 

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