Entre la compra de votos y el "realismo mágico", Colombia vivió una jornada electoral donde las viejas prácticas volvieron a ser las protagonistas del sistema

 - La elección del nuevo Congreso dejó claro que Colombia seguirá siendo potencia mundial del olvido y la pobreza

En esta contienda electoral se puede evidenciar un relato que para muchos intenta presentarse como realidad política, pero que en numerosas regiones del país no es más que una ficción cuidadosamente construida. Los resultados y el proceso electoral vivido parecen escritos por los más ilustres exponentes del realismo mágico. Colombia, una vez más, no decepcionó en sus viejas prácticas: compra de votos, sabotajes, propaganda engañosa y jurados ideologizados intentando favorecer a los candidatos de su preferencia.

Todo esto obliga a enfrentar nuevamente la presencia de candidatos que parecen pertenecer a una oscura fábula política, figuras que han hecho carrera entre escándalos, investigaciones y cuestionamientos, pero que aun así logran mantenerse vigentes dentro del escenario electoral mientras el país continúa desangrándose entre corrupción y abandono institucional.

Gracias a la compra de votos incluso se movilizó la economía local. En muchos lugares el tamal volvió a ser la moneda política de la temporada electoral. Las ventas aumentaron y con ellas se fortaleció la convicción de algunos votantes que, con el estómago lleno y la promesa de un favor futuro, salieron a las urnas convencidos de estar votando por un mejor destino.

La presencia constante de candidatos tradicionales, muchos de ellos investigados o vinculados a escándalos de corrupción, permite anticipar un panorama político poco esperanzador. Las consecuencias no solo serán políticas, sino también sociales, económicas y culturales. Y como suele ocurrir en estas historias que parecen ficción, algunos “quemados” logran cerrar brechas y reaparecer, mientras otros cuestionados continúan ocupando espacios que debieron abandonar hace mucho tiempo.

El país de las “mariposas amarillas” tendrá que seguir acomodándose a la pobreza, la desigualdad y a una representación política cada vez más distante de la ciudadanía. Aunque algunos pocos lograron llegar con una genuina vocación de servicio, la mayoría representa una continuidad de prácticas que han mantenido al país atrapado en un círculo de atraso institucional.

Así, paradójicamente, se podrá decir que “triunfó la democracia”. Las urnas hablaron y muchos ciudadanos, atrapados entre necesidades urgentes y promesas efímeras, terminaron reafirmando un sistema político que rara vez les devuelve lo que les promete.

Mis mejores deseos para quienes hoy celebran con un tamal comprado a costa de la necesidad de otros. Ojalá esa comida alcance para saciar el hambre durante los próximos cuatro años, porque cuando llegue la siguiente elección, el país volverá a recordar que la memoria política suele ser tan corta como la promesa que la compra.

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