Opinión

La culpa es de Salud

Sí. La culpa es de Salud Hernández, y de los niños wayúu, y de la oposición, y de los habitantes de “este país” …

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junio 07, 2016
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Sí. La culpa es de Salud Hernández por meterse en esas zonas donde dominan personas pertenecientes a grupos que la odian por denunciarlos.

Sí. La culpa es de los niños wayúu, que se van a vivir a rancherías tan alejadas, a donde resulta muy difícil hacer llegar la ayuda del Estado.

Sí. La culpa es del sistema que no contempla la posibilidad de dejar detenidos a los asesinos, mientras no se capturen en flagrancia. También viene siendo culpa del agente de policía que lo detiene sin el correcto diligenciamiento de los memoriales, formatos y demás requisitos inventados para el efecto.

¿Culpa? La culpa es de mis asistentes que no me pasaron el texto de la ley y por eso tuve que firmarla sin leerla.

¿Culpa? Pero cómo le vamos a echar la culpa si es una figura joven y brillante de la nueva generación política. Si se equivocó, de lo que no estamos seguros, hay que pensar en que está adquiriendo la experiencia necesaria para tomar las riendas del país. No lo llamemos error, llamémoslo aprendizaje.

Obvio. La culpa es de la falta de clínicas y hospitales para atender a los pacientes de bajos recursos.

Pero claro. La culpa la tiene la oposición, que se retiró del recinto para desbaratar el cuórum necesario para aprobar el proyecto.

No faltaría más. La culpa la tienen los habitantes de “este país”, por su irremediable tendencia a pensar como subdesarrollados.

Y así podemos seguir hasta cansarnos. ¿Alguien recuerda cuándo fue la última vez que algún funcionario de cualquier orden, elegido popularmente o nombrado con un dedo untado de mermelada, asumiera la responsabilidad por algún error u omisión propios?

 

¿Alguien recuerda cuándo fue que algún funcionario elegido popularmente
o nombrado con un dedo untado de mermelada,
asumió la responsabilidad por algún error u omisión propios?

O peor aún, ¿alguien recuerda algún episodio en el cual un cacique político haya salido a dar la cara por los desafueros, desaciertos y crímenes cometidos por sus recomendados burocráticos, a los cuales impuso a fuerza de amenazas con desbaratar la “unidad nacional”, la “corriente renovadora de las fuerzas democráticas”; o cualquier otro nombre que se le dé a las componendas entre el ejecutivo y/o el legislativo y/o el judicial?

Admiro a los funcionarios, elegidos y nombrados; pero no por las razones correctas. Para optar a un cargo de elección popular o a un nombramiento en nuestro país, es preciso hacer gala de una serie de atributos que no todos tenemos. Para navegar por esas aguas procelosas, es indispensable tener espaldas fuertes para cargar ladrillos durante la etapa inicial de la carrera pública. También, hay que tener un olfato altamente desarrollado para “olerse” los cambios en la popularidad del gamonal de turno y cambiar de manera sincronizada de lealtades. Deben tenerse dotes de adivino, para identificar con la suficiente anticipación para dónde irá el poder nominativo y de contratación de la administración pública, a fin de no quedarse “seco” si ganan “los otros”. Hay que asentir, aplaudir, silbar, rabiar, acompañar, firmar manifiestos y declaraciones de apoyo o de rechazo, proyectos de ordenanza, de acuerdo, de ley; en fin, de lo que sea si el propósito es ingresar en la torcida cuenta corriente de favores hechos, debidos y por cobrar que hacen que en la administración del Estado nada se mueva si no obedece a un calculado interés futuro, o a la obligatoria cancelación de un favor del pasado.

¿Quiere que lo apoye en esta iniciativa? Recuerde que si lo hago quedamos en paz del favor que me hizo. O, recuerde que si lo apoyo me queda debiendo una. No importa el contenido de la iniciativa. Los llamados “acuerdos programáticos” son solo asientos y registros en la contabilidad del Funcionario; dependiendo si el balance es positivo o negativo, sus posibilidades de ascenso en el sistema mejorarán o decaerán.

Y por eso los admiro. El congresista o el funcionario nombrado trabajan mucho más que los empleados del sector privado. Es un error de apreciación el decir que un senador o representante es un vago, por el hecho de asistir solamente dos o tres días de la semana al recinto del Congreso. No. El resto del tiempo, sin día ni hora, lo dedican a mover su contabilidad personal de pueblo en pueblo, de ministerio en ministerio, de una entidad del Estado a otra, tratando de asegurar su re elección.

Lamentablemente, ese conjunto de habilidades necesarias para ser un congresista o un funcionario exitosos, no corresponde a las mismas que se necesitan para sacar adelante a nuestro país. Todo lo contrario. La primera mitad del término de uno de estos personajes debe ser utilizado para pagar los favores, políticos, financieros y demás; que se contrajeron para acceder al cargo. Y la segunda mitad del término, para asegurarse de hacer las alianzas necesarias para ser re elegido o promovido dentro de esta pirámide, que no tiene nada que envidiarle a las creadas por los señores, Ponzi, Murcia, Madoff o Jaramillo.

¿Qué tiempo van a tener para dedicarle a estudiar y solucionar los graves problemas de nuestro país, si ellos mismos tienen que vivir corriendo para tratar de salvar su propio pellejo político y burocrático?

 

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