Opinión

La ciencia que no le gusta a las petroleras (ni a la ministra)

Esa ciencia incómoda evidencia las mentirosas promesas del fracking que compromete finanzas públicas y ecosistemas estratégicos a cambio de hidrocarburos que casi se esfuman en 3 años

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enero 02, 2020
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La ciencia que no le gusta a las petroleras (ni a la ministra)
La ciencia se contrapone a las “sensiblerías” o “lugares comunes” que, según la ministra de Minas y las petroleras prevalecen en el discurso de los ambientalistas

La ministra de Minas pide que el debate sobre fracking se limite al tema científico y no se vea afectado por opiniones en redes sociales. Una ciencia que, según las petroleras y la ministra de Minas, se contrapone a “sensiblerías” o “lugares comunes” que, según ellos, prevalecen en el discurso de los ambientalistas. Al establecimiento le gusta la ciencia acomodada, la que es válida si favorece sus intereses. Y gradúan de “ciencia” argumentos como el de la misma ministra al decir que “sin fracking podríamos decir que pasaríamos a tener un dólar a 5.000 pesos”; o el de Brigitte Baptiste “matar la ciencia no es buena idea nunca, así crean que se justifique en aras de un propósito superior. Por eso, bienvenido el espacio para las pruebas piloto de aprovechamiento de yacimientos no convencionales”; o este otro, en medio de la recordada tragedia ambiental en el Magdalena Medio del pozo Lisama 158, donde el vicepresidente de sostenibilidad ambiental de Ecopetrol declaró que “la extracción de petróleo es tan segura como montar en avión”. Seguramente estas declaraciones “científicas” son producto de estudios en la misma universidad de la senadora Paloma Valencia, donde se hacen “muchos doctorados juntos”.

Pero hablemos de esa ciencia incómoda, la que señala a la industria de los combustibles fósiles como responsable del calentamiento global: desde 1977, el científico principal de Exxon, James Black, advirtió que por la quema de hidrocarburos el planeta se calentaría dos grados, lo que no impidió que dedicaran décadas a promover la desinformación sobre el cambio climático, un enfoque comparable con el promovido por la industria tabacalera con respecto al peligro de fumar. O la ciencia del “Climate Accountability Institute” que demuestra que solamente 100 compañías extractoras de combustibles fósiles están vinculadas al 71 % de las emisiones desde 1988. Cifras que contrastan las del discurso del lunes pasado en Naciones Unidas, donde el presidente Duque dijo: “mi país, Colombia, representa tan sólo el 0,4 % de todas las emisiones globales de gases efecto invernadero”. Para dicho instituto, tan solo las emisiones de Ecopetrol son casi 10 veces mayores a las oficiales, y ubican a la empresa en el puesto 59 de las más contaminadoras a nivel global.

 

En Estados Unidos se gastaron hasta 151 millones de litros por pozo
y su tasa de declinación fue en promedio
de 78 % en los primeros 3 años

 

El panel científico más importante reunido en la historia de la humanidad, el IPCC, advierte que la única posibilidad de limitar a 1.5°C el aumento de la temperatura es invirtiendo suficientes recursos económicos para acelerar la eliminación de los combustibles fósiles. Lo escribe también la comisión de expertos sobre fracking, nombrada por el gobierno. Sin embargo, un hecho irrefutable de esa ciencia irritante deja en evidencia las mentirosas promesas sobre los no convencionales: la baja energía neta obtenida de los hidrocarburos de estos yacimientos parte de la dificultad para extraerlos, lo que implica un uso de mucha más energía y materiales, y un enorme riesgo ambiental. Esta realidad física se manifiesta directamente en condiciones como el uso de agua (en Estados Unidos se gastaron en promedio 46.1 millones de litros por pozo, con casos extremos que excedieron los 151 millones de litros) y la tasa de declinación por pozo, que fue en promedio de 78 % en los primeros 3 años. Esta condición hace necesaria la perforación y el fracturamiento de un sinnúmero de nuevos pozos solo para mantener la tasa de extracción del campo; y la única manera de compensar estas abruptas caídas de producción es con altísimos niveles de gasto anual, hecho que ilustra la analista del New York Times Bethany McLean cuando se refiere a la deuda neta de la industria del fracking, que en 2015 era de USD 200.000 millones, con un incremento del 300 % desde 2005.

Mientras del campo la Cira Infantas se extrae petróleo hace más de 100 años, los pozos de fracking implican una alta inversión económica y desproporcionados riesgos ambientales, que compromete finanzas públicas y ecosistemas estratégicos, a cambio de hidrocarburos que casi se esfuman en 3 años.  El fracking es un anacronismo que debimos superar hace años puesto que nos distrae de lo fundamental: la discusión sobre una transición energética justa a sociedades pospetroleras. Más de esa ciencia insufrible que gobierno y empresas de hidrocarburos continuarán difamando en voces como las de Flora Martínez o Pirry o Claudia Bahamón –ciudadanos legítimamente interesados en la conservación del patrimonio natural– mientras considerarán fundadas las amenazas de personajes que hablan de “la tecnología de fraccionamiento” y usan su inmenso poder para desacreditar a politólogos, antropólogos y organizaciones sociales, como si habláramos de pilotos de fracking en territorios sin gente, sin perspectiva política, sin una historia de más de 100 años de actividad extractiva que ha acentuado las desigualdades y la pobreza. Como si no supiera usted, señor Vargas Lleras, que estamos en un país que mata a quienes nos oponemos.

Andrés Gómez, El Cause Climático

Publicada originalmente el 26 de septiembre de 2019

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