Opinión

Las pasiones alrededor de Álvaro Uribe

Por:
noviembre 06, 2013
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Pocas personas —o quizá nadie— han polarizado tanto a la opinión pública en Colombia como Álvaro Uribe. Y en todo caso, nunca con tanta vehemencia.

Pero si creemos en la frase de Alberto Lleras según la cual “en un país mal informado no hay opinión sino pasiones”, si eso pasa con el ‘grueso público’, se debe sobre todo a quienes pretendemos ser analistas o comentaristas.

Como algunos de mis  lectores consideran que en mi caso pareciera que tengo un ‘odio desbordado’ por el expresidente, procedo a explicar mi posición.

Parto de la base que la inmensa mayoría de los conflictos o enfrentamientos no nace de que una parte tiene la razón y la otra no —y mucho  menos que porque hay ‘buenos’  y ‘malos’—, sino que existen intereses y en consecuencia razones diferentes. La divergencia en las formas de pensar es natural, y se debe buscar entender sus causas para dar soluciones que no sean la confrontación de fuerzas. Es lo que busca la civilización al crear el Estado de Derecho tal como lo conocemos. Los diferentes poderes públicos con diferentes funciones suponen evitar que la apelación a la violencia sea la que determina al final quien ‘tiene la razón’.

Respecto al Dr. Uribe hay dos dimensiones donde se formulan opiniones. Una su ideología y visión política, y otra la forma de adelantarla.

Respecto a la primera, sin ser fanático ni dedicado a los temas económicos el Dr. Uribe ha aceptado, respaldado e implementado el modelo neoliberal. El desarrollo económico como única meta, los indicadores macroeconómicos como único guía; y como instrumentos la sabiduría del mercado, la globalización, el ajuste fiscal, las privatizaciones, etc. Quienes comparten ese credo y se sienten a gusto con sus resultados encuentran en el expresidente un buen exponente y defensor del mismo.

Como muchos, por razones de sensibilidad o solidaridad social no compartí las premisas —la competencia por encima de la solidaridad, la selección darwiniana que descarta a los ‘ineficientes’—. Como estudioso nunca supe de la existencia de un análisis que predijera buenos resultados, y por el contrario tanto a nivel de la teoría como de la experiencia empírica ese modelo ha fracasado.

En lo político el Dr. Uribe ha sido partidario de la autocracia, donde las decisiones y el poder se concentran en una persona y el orden social no nace del consenso ciudadano sino de la autoridad, y esta se materializa más en un individuo que en unas instituciones dispersas. Quienes creemos en el gobierno de instituciones y de leyes y no de individuos providenciales, difícilmente podemos simpatizar con esa visión.

Sin embargo esas diferencias no me motivan emocionalmente, y por el contrario, como analista y amigo del debate creo que enriquecen el pensamiento de cada cual. Con el Dr. Uribe me sentí incluso algo cercano cuando compartí varios foros en los que como directivo del Instituto de Pensamiento Liberal me correspondió hacer la divulgación de los nuevos Estatutos del Partido y él comenzaba su campaña electoral.

No sucede lo mismo respecto a la forma de adelantar sus propuestas, la cual es que para lograr los objetivos que se buscan todo se vale; que el fin justifica los medios. Ejemplos debidos e indebidos sobran. Está su apoyo a las Convivir que a pesar de ser legales eran tan objetables que primero se reformaron y después desaparecieron, pero dejando su sucesoría natural como fue el paramilitarismo. La negociación con los congresistas para sacar adelante una ley podía ser costumbre inveterada, pero no en la forma y para los propósitos que se hizo. Maquiavelo defendería no por su bondad sino como necesidad el que el príncipe esté tan enterado como posible de lo que sucede en su reino; pero el que sus directores de seguridad y de inteligencia estén encausados o sentenciados por la justicia quiere decir que él fue bastante más allá. Estimular las fuerzas oficiales para obtener mejores resultados ante la guerrilla es función del gobernante, pero hay formas de hacerlo y el body count era suficientemente conocida y rechazada como para presagiar los 'falsos positivos'.

En fin, el conjunto de lo que lo rodea no implica que sea él quien promovió todo. Pero el que  quienes  en el Primer pacto de Santa Fe de Ralito se comprometieron a crear una 'nueva Colombia' lo respaldaran, y que los congresistas y funcionarios cercanos terminaron en lo que están (aunque algunos injusta o exageradamente perseguidos) confirman una manera de pensar con la cual difícilmente se puede estar de acuerdo.

Y no solo por razones morales o de valores. El implantar o aceptar como principio del orden político que 'el fin justifica los medios' es volver a la ley de la selva; si cada cual lo asume, desaparece cualquier posibilidad de convivencia, y por supuesto de existencia de un Estado.

Por eso mi rechazo a lo que el Dr. Uribe representa y propone. Lo sorprendente es que ante la misma disyuntiva, personas con suficiente claridad e información para ver la misma condición en él, en vez de tener la misma reacción opten por continuar siendo sus seguidores, sin importarles que al hacerlo respaldan lo mismo que a él se cuestiona.

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