La cárcel: señal de venganza en un metro cuadrado

"La sola existencia de la cárcel como lugar de castigo para invalidar al ser humano y someterlo tendría que producir vergüenza colectiva"

Por: Manuel Humberto Restrepo Dominguez
julio 07, 2017
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La cárcel: señal de venganza en un metro cuadrado

 

En Colombia las huellas de dolor de cinco décadas de guerra que atravesaron el millón de kilómetros cuadrados de territorio terminan convertidas en historias que siempre ocurren en menos de un metro cuadrado. Algunas pueden meterse en el marco de la economía y la desigualdad, cuyos protagonistas son mafias que se adueñan de calles, andenes, pasillos, patios, parques, senderos y espacios colectivos que cuadriculan y controlan en las ciudades y las instituciones para producir rentas, obtener información y controlar su uso. No todo lo que se expone y vende en ese metro cuadrado de calle es de iniciativa y usufructuó de informales, la mayoría corresponde a negocios fragmentados, que obedecen a una directriz, hay jefe, patrón, chulo, matón y trama de poder.  El espacio usurpado es ocupado por particulares apéndices de la maquina mafiosa, de manera similar han controlado y usado el servicio de transporte publico como herramienta de espionaje y comunicaciones. En el marco de política clientelar y antidemocrática pero legitimada en un discurso democrático, el modelo empieza en el Congreso donde cada parlamentario parece tener asignado a perpetuidad su metro cuadrado de curul usado para negociar dividendos de poder para sí mismos y obtener inmunidad (impunidad) a cambio de mantener la estabilidad del régimen de turno y de no poner en riesgo privilegios. Ese metro cuadrado se ha transferido de padres a hijos, esposas, primos, hermanos, parientes, socios o allegados, desde allí justifican lo injustificable, incitan al odio, absuelven o condenan, allí unos duermen, otros debaten o gritan, otros ni siquiera van.

Como lugar síntesis de decisiones y modos de acción y estrategias que en un metro cuadrado provocan violaciones masivas a derechos, la cárcel ocupa el primer lugar. Lo que ocurre al interior de las 142 prisiones responde a la lógica contraria de resocialización y rehabilitación pregonada, el discurso de los derechos y la dignidad es usurpado y el castigo es lo que se impone. Los presos son convertidos en victimas y violentados ante la aceptación social que ha naturalizado el horror y asume que lo que ocurre debe ser así, cruel, despiadado, inhumano. La cárcel políticamente es un territorio en crisis humanitaria, social, sanitaria, ética y económica, donde lo que se dice es contrario a lo que se expresa, pero sirve para esconder el horror padecido en cada metro cuadrado. Su interior responde perfectamente a la imagen del vientre de una bestia, hay discriminación, exclusión, negación, olvido, persecución, corrupción, maltrato, hostigamiento, acoso, y resulta patético que también ocurran hoy situaciones similares en otras instituciones inclusive educativas, arrastradas a actuar como en el modelo de la cárcel, donde las reglas son interpretadas al arbitrio del mas autoritario.

En Colombia en el vientre de la bestia (Obra de Henri Miller) hay varios miles de perseguidos y encerrados por ejercer el derecho de rebelión, lo que José María Arguedas llamó en su obra el sexto, los compas, distanciados de los ñeros, con los que entra en alianza temporal para tolerarse y sobrevivir a tanto horror institucional, legal, mafioso, autoritario, arbitrario que tiene asignado el papel de absolver a quienes le sirvan y condenar la voz critica del que se niega a ser convertido en instrumento.

Mejor que la ciencia y la retórica, los hechos de la cárcel le dicen a la historia lo que una sociedad entiende y acepta como sentido de ser humano. La cárcel se replica en las calles y las calles se sintetizan en la cárcel, se impone lo que aprueba el Congreso, se ejecuta lo que deciden los jueces y se realiza lo que indique la venganza. La sola existencia de la cárcel como lugar de castigo para invalidar al ser humano y someterlo tendría que producir vergüenza colectiva en cualquier democracia. De la tragedia dan cuenta en  Colombia alrededor de 175000 personas, con una tendencia creciente de presos, a pesar del populismo punitivo, el aumento sucesivo de penas y los llamados de ultraderecha a la castración, la pena de muerte, la cadena perpetua y seguramente la mutilación. Todos los presos (salvo los detenidos exfuncionarios y militares del régimen Uribe) son tratadas como desechos en un deposito de humanos puestos a descomponer, en virtud del arbitrio de las mismas élites ya descompuestas institucional, moral y materialmente que deciden, ejecutan y vengan.

La cárcel permite entender el significado del tiempo y del espacio de los derechos humanos en su mas cruda realidad, está hecha para hacer sufrir, inhumanizar, negar, eliminar, dejarle al prisionero solo el derecho a respirar. En todas las cárceles el  número de presos triplica o duplica su capacidad, donde cabían 3000 hay hasta 9000, en unas un orinal y una taza de baño para doscientos presos, en otras las mujeres duermen encerradas con sus hijos y homosexuales, afro, indios son despreciados.

La cárcel modelo de Bogotá es un modelo visible de fábrica de horror, la Picota una maquina de exterminio, donde desaparecen, descuartizan y envilecen, la tramacua de Valledupar una fábrica de tortura y terror y así cada una suma su particularidad  hasta componer un universo de vejaciones, un todo organizado por el espíritu común de inhumanizar, descomponer al ser humano, afectar la dignidad humana bajo la tortura visible en el insomnio provocado, la inseguridad personal, el riesgo latente a ser violado, golpeado, maltratado, ofendido, presionado psicológicamente, acosado, intimidado o asesinado. Violadores, asesinos, drogadictos, rebeldes, ladrones, funcionarios corruptos, bandidos e inocentes son llevados a la condición de victimas, incluidos los guardianes siempre insuficientes, sobreexplotados laboralmente y expuestos al soborno, chantaje y oportunidad de compensación que ofrecen los pocos paramilitares o políticos que controlan la televisión, las drogas, el sexo, el licor, las fiestas y visitas y que cuadriculan y arriendan mas de un metro cuadrado a quien pueda pagar dos o mas millones de pesos (revista semana: el ahogo de una prisión, marzo, 2012) u ofrecer privilegios (en 2016 se descubrió que un político preso residía en el apartamento asignado al director del penal). Las cárceles de mujeres, cuya cifra es de una mujer presa por cada seis hombres presos, son centros de discriminación y misoginia en los que se pide sumisión y se refrenda la culpa.

Las élites históricamente han negado a sus presos de conciencia, el presidente Turbay con las cárceles llenas de rebeldes acuñó la frase de que el único preso político era él, los demás gobernantes repitieron la frase hasta que el régimen Uribe clausuró toda discusión negando la existencia del conflicto mismo con todo y sus componentes conceptuales, metodológicos, políticos e ideológicos. Sin embargo en virtud del proceso de negociación política del conflicto armado el estado no pudo seguir negando esta realidad y tuvo que poner al descubierto la existencia de varios miles de rebeldes y presos políticos. Después de este precedente de reconocimiento es necesario capacitar a los funcionarios de alto y medio mando para que comprendan e interioricen que el pacto político esta por encima del sistema de justicia ordinaria y que deben aplicarse con urgencia los acuerdos de la Justicia Especial de Paz y sin dilación cambiar su percepción y lógica frente a las cárceles y al sentido y eficacia de las penas. El Estado y el Gobierno están obligados a cumplir lo pactado en relación con la amnistía de quienes firmaron el acuerdo de paz y poner en publico conocimiento que la la amnistía no ha expirado ni como concepto ni como practica, y que la liberación de presos esta señalada por el DIH cuando termina una contienda y los enemigos se convierten y reconocen como adversarios.

El ejemplo a seguir para una paz con sentido de justicia y animo para entender los orígenes de los delitos, lo representa de entrada y si es cierto lo informado y no solo formalidad la cárcel distrital (informe oficial (bogota.gov.co, la mejor cárcel de Colombia, abril de 2016) de la que se dice es un lugar donde los derechos humanos son los protagonistas, que funciona para hombres y mujeres, con 10 talleres de trabajo, nutricionistas encargadas de ofrecer tres comidas, dos refrigerios y un tinto al día,  atención con dos médicos, dos odontólogos y cincuenta profesionales encargados de la salud física y mental, con presos que reciben uniforme, colchoneta, cobija y crema dental y la drogadicción es tratada con médicos, psicólogos y terapeutas. Un lugar donde no hay hacinamiento, hay circuito cerrado de televisión, 96 cámaras y monitoreo técnico y los cerca de 900 presos de 1200 que caben son tratados como humanos. La cárcel que diseñada para atender la venganza de la guerra, debe ser reformulada, repensada, transformada y esta es un buen ejemplo para empezar a pensarla y construirla de otra manera para épocas de paz con justicia social, democracia y respeto por el ser humano entendido como el mayor valor de una sociedad de derechos.

P.D. Con lo del Fiscal anticorrupción (Gustavo Moreno) el país de las víctimas y de los sectores populares incorruptible e insobornable, podrá entender y tomar nota de la existencia de un perverso modus operandi seguido por funcionarios corruptos y agazapados que se apropian, se roban o suplantan un discurso de defensa del interés colectivo como democracia, derechos humanos, paz, anticorrupción que usan en beneficio propio para sostener y ocultar sus practicas criminales. Esos son impostores, farsantes, los verdaderos agentes del horror, no son infieles, son delincuentes.

 

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