Opinión

La buena educación

Por:
diciembre 06, 2013
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Santiago, 25 de noviembre de 2013

Querido Horacio,

Tengo en lista de espera ―y es larga mi lista de espera― la lectura del informe sobre los resultados de las pruebas PISA 2012. Estas pruebas son realizadas en los 34 países miembros de la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico) y en 31 países asociados a este organismo. Colombia quedó en el puesto 62 y, por supuesto, a nivel de medios se llegó a muchas conclusiones. Estuve leyendo también algunos de los análisis que se hicieron al respecto y me gustaron mucho los planteamientos de dos profesores: Richard Tamayo en su columna Jugando a leer PISA y Andrés Sánchez en su texto 62 en PISA, modelo para armar. Coincido con lo que ambos plantean. Lo de Tamayo es algo importantísimo, a mi juicio, y es que el cubrimiento mismo de la noticia es un indicador ―como la luz del motor en los automóviles, pero encendida―de lo mal que los medios interpretan este tipo de informes. También coincido con Tamayo en que una lectura juiciosa de los resultados de este informe para cada ciudad de Colombia, debería plantear preguntas rigurosas. Dice Tamayo: «me gustaría saber qué hizo Manizales —en silencio, sin campañas mediáticas, sin mayores retóricas— para ganar 20 puntos en ciencias en 3 años. Algo deben estar haciendo bien y algo deberían estarnos enseñando los manizalitas a los demás colombianos.» Creo que no estoy muy equivocada si digo que la tendencia es pensar la educación ―y en general cualquier tema de interés público― desde la capital, sin mirar hacia las demás regiones.

Sánchez, por su parte plantea un análisis desde varias perspectivas y me quiero colgar de una de ellas: la de los profesores. ¿Cómo se justifican unas pruebas tan pobres si el porcentaje de PIB que se invierte en docentes es uno de los más altos de la región? A lo mejor no es el ideal, tal vez, pero el cuestionamiento no es solo válido sino preocupante. No creo ofender a la lógica y el sentido común si digo que los niños no tienen una buena educación, en gran medida porque los profesores quizás están peor. Recuerda, Horacio, que PISA no hace una evaluación para medir genios, no, es la medición de los conocimientos básicos que deben tener niños de 15 años en matemática, lenguaje y ciencias, es decir, su conocimiento ―y aplicación de ese conocimiento― sobre lo básico, es malísimo.

Sánchez propone, por ejemplo, revisar cuál es el verdadero criterio de selección de los profesores, y aquí me permito complementar lo que él dice con algunas cosas propias: ¿basta tener saber inglés para enseñar inglés? ¿Eso es garantía de que la transmisión del conocimiento será efectiva? Yo no soy profesora de colegio, pero una buena parte de la vida ―digamos que la mitad de la vida― me la gano dictando talleres y haciendo capacitaciones. No trabajo con niños en formación sino con adultos que ya tienen una formación profesional previa. Sin embargo, al igual que todo profesor, mi objetivo ―y también mi obligación― es que esas personas lleguen a dominar lo básico de algo que desconocen por completo o que conocen parcialmente. No estoy echando por el suelo, con esto, a los muchos profesores que ejercen su oficio en Colombia con gusto, con profesionalismo y con mucha pasión, a veces en condiciones muy malas, pero personalmente siempre he tenido el regusto amargo de que la pedagogía es vista como una carrera de la menor importancia. Preparar a las personas que tienen uno o más conocimientos específicos para que los puedan enseñar a otros con éxito, no es precisamente la prioridad del sistema educativo. Me entero, incluso, de que Fecode, el sindicato de los educadores, se opone a que los evalúen. ¿Por qué? ¿Acaso en Fecode tienen mayor claridad de la realidad docente?

Hace muchos años ya, pero muchos, cuando estaba en el colegio, a unas cuantas compañeras y a mí nos dieron la opción de hacer la alfabetización por adelantado. Como era algo obligatorio y, por lo que nos habían dicho, muy demandante, decidimos que sí. No sé si alfabetizar es algo aún obligatorio para alumnos de décimo grado, querido Horacio, pero en mis tiempos sí lo era, solo que yo lo hice en noveno grado y con 14 años. Te preguntarás en qué consistía alfabetizar. Pues bien, consistía en cumplir una determinada cantidad de horas enseñándole a un grupo mixto ―podían ser niños, adultos, ancianos― cosas básicas del colegio. Recuerdo que todos los sábados, desde las ocho de la mañana y hasta las 5 de la tarde, trabajábamos en las aulas de una corporación universitaria que quedaba muy cerca de donde yo vivía. Lo que parecía un mero trámite, resultó ser una experiencia encantadora como nunca voy a tener otra, Horacio. Tuve que enseñarles cosas que para mí eran pan comido, como leer o sumar, a gente que en su vida había tenido un contacto con un cuaderno. Enseñé a mujeres que se escapaban de sus maridos para poder aprender yque si el tipo las llegaba a pillar, las mataba. Enseñé a niños hiperactivos y a señores muy mayores. Bueno, yo digo que les enseñaba, eso digo, pero no era exactamente así. Aunque parecía para todos una relación jerárquica y vertical, se trataba en realidad de un intercambio. Aprendieron ellos tanto como aprendí yo. Lo primero que aprendí es que ser profesor significa ser altamente generoso y teniendo eso, que es básico, hay que hacer una labor de relojero experimentando, animando, atrayendo, llamando la atención del que estudia sobre cosas básicas como el gusto por la lectura, abrir el apetito de aprender: estimular la curiosidad. Eso, que dicho así suena muy bonito, no es un trabajo fácil y por eso considero que en esas tantas horas de alfabetización, aprendí muchísimo sobre el oficio de educar y lo más importante, aprendí pronto que en esa palabra, educación, se concentran las soluciones a los grandes problemas de la humanidad. Aprendí que la educación es el tema que debe anteceder a todos los otros que actualmente se encuentran de primeros en la agenda política del país y que, como ya sabes, comienzan por otra palabra, esta sí nefasta: “guerra”.

 

Abrazos,

Laura

www.lauragarcia.cl
@LaZapaquilda

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