Opinión

La amnesia colectiva

Erika Diettes encapsula todo el horror del conflicto armado colombiano, en un trabajo conmovedor

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agosto 04, 2018
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La amnesia colectiva
Erika Diettes, prepara la instalción de Los relicarios en el Museo de Artes visuales. Foto: Cortesía Museo Artes Visuales

No te rindas, por favor no cedas,
aunque el frío queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se esconda y se calle el viento,
aún hay fuego en tu alma,
aún hay vida en tus sueños

Mario Benedetti

 

 

El próximo jueves 9 de agosto se inaugura en el Museo de Artes Visuales la exposición Relicarios de Erika Diettes, donde la artista muestra un trabajo conmovedor sobre la muerte violenta del conflicto en Colombia.  Este trabajo tiene una larga trayectoria.  Empezó con  la Serie Río Abajo (2009), y sobre ella la artista anota: “Con la ropa que los dolientes guardan de sus seres queridos, hago una representación de una de las modalidades más comunes relacionadas con este atroz crimen: despojar los cuerpos a los ríos. Además, en muchos casos, después de infinitas torturas a la que fueron sometidos en vida, son descuartizados y desfigurados post mortem de tal forma que, en caso de salir a flote, su identificación fuera prácticamente imposible. Esto nos convierte en un país lleno de cadáveres insepultos y de dolientes sumergidos en el horror de no poder enterrar a sus muertos”. Una cosa es morir otra distinta es desaparecer, porque la muerte no acaba, porque la llama de la esperanza está prendida en un quizás y en ese tal vez queda congelada la incertidumbre sin final.

Después vino otro compromiso ético en su trabajo con Sudarios (2011), una serie de retratos de veinte mujeres del departamento de Antioquia que fueron obligadas a presenciar la tortura y el asesinato de sus seres queridos. “Con mi cámara he sido testigo muchas veces del instante en que la persona necesita cerrar los ojos porque se hace presente, de nuevo, el dolor del momento que dividió su vida en dos”, anota Erika Diettes. Acá, en retratos sobre seda, queda congelada la temporalidad entre la vida y la muerte, el sufrimiento del suceso, la imposibilidad de ayuda, la incapacidad de evitar el dolor de la muerte.

 

 

La instalación Relicarios (2011-2016) tiene una lectura trasversal de un país diverso sin condición social ni edad ni sexo. Ellos representan a seres humanos que han muerto en esta guerra sin nombre y han sido víctimas del conflicto armando que nos deja la certeza de que sufrimos de amnesia colectiva. No podemos recordar los nombres ni podemos asegurar los hechos de la guerra, y menos de dónde vienen.

Debemos recalcar que el tema de la violencia sexual es un hecho permanente entre las muchas violaciones de los derechos humanos que ocurren en esta sincronía de abusos.

Reliquia, dice el diccionario, es: “objeto que guarda los restos de alguien que ha desaparecido” de la vida. El que sufrió todos los vejámenes de la crueldad, que sintió el terror de lo inminente, que fue víctima de la venganza anónima. A todos estos muertos, Erika Diettes da sepultura a través de los objetos y recuerdos más significativos que entregan los dolientes y que la artista convierte  una narrativa de vida. Ahí están sus restos que dignifican la memoria de cada cual. Es una lápida que en su trasparencia une el significante con el significado de lo que alguien con nombre propio fue.

 

 

En estas obras los objetos tienen un sentimiento: el desprendimiento del recuerdo de ese ser que se ha perdido. Como lo es el retrato que muestra un rostro y el momento específico que ha quedado extraviado en la nostalgia, el zapato a su medida y tamaño, la camiseta con su afición, los pergaminos de su oficio, el dolor en una camisa, el amor de una carta, el olor de una almohada, el sudor del miedo.

A cada muerte, la artista interpreta las circunstancias mientras  realiza la composición de los hechos. Y queda inerte la fría ausencia muda en la memoria en donde suceden las risas de un festejo o las lágrimas de un recuerdo, la dulzura de una mirada, el desafío de un gesto, la sonoridad de una voz, el calor de una mano, la presencia de un ausente.

En estas instancias tan graves, Erika Diettes da consuelo al dolor de la pérdida mientras encapsula los objetos en capas de tripolímetro de caucho, moldeando bloques cuadrados que simulan el ámbar. La artista busca en la tumba el resplandor de la piedra. Estas “lápidas” amarillas son hechas con una delicada cautela porque se trata de un material sagrado que lleva consigo el respeto y entrega el derecho de una memoria digna; al recuerdo vivo del ausente.

 

Erika Diettes y la curadora de la exposición, Ana Marúa Escallón

 

Por eso la instalación tiene una iluminación poderosa y puntual porque se trata de valiosos tesoros que, en sus urnas respiran eternidad y buscan perdón.

También se encuentra un cubo negro que es la suma de pedazos de tripolímetro de caucho que sobraron de todos los otros Relicarios. Ese tiene la fuerza y la energía de todos los vivos y los muertos.

 

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