Opinión

La agonía de una clínica

Se trataba de una operación en la clínica de Country. Y todo se convirtió en una pesadilla

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septiembre 11, 2021
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La agonía de una clínica
Estas situaciones tan inesperadas y confusas sorprenden. Pero no son el resultado del covid. La clínica se comunicó conmigo tres veces para agendar mi operación

Hemos estado acostumbrados a un servicio decente en la Clínica del County, pero la semana pasada recibí la peor atención. A los dueños chilenos se la compró un grupo gringo y la han convertido en un lugar que mantiene bajos los niveles de atención porque quieren hacer de la salud un negocio y donde el paciente, por supuesto, corre con todas las consecuencias. Para la muestra un botón.

La cirugía era el martes 31 a las 2 de la tarde y me tuvieron 9 largas horas en una sala de recuperación con otros pacientes que esperábamos nos adjudicaran habitación.

Entre tanto, mi único familiar, estuvo esperando desde el principio hasta un final incierto. Salió el médico a informarle que todo había salido bien. Esperó un poco para verme pero se dio por vencido sin saber nada. Nadie en tres horas pudo informarle de mi situación. Y, cuando trató de salir de la clínica todos los del primer piso se habían ido: las mujeres de información y las personas de las cajas habían desaparecido. Solo un guardia, encargado de todo el piso pudo abrirle la puerta después de un largo rato.

Estas situaciones tan inesperadas y confusas sorprenden. Pero no son el resultado del covid. La clínica se comunicó conmigo tres veces para agendar mi operación mientras yo le daba un compás de espera a la grave situación.

Me quedé sin remedio en la sala de recuperación. Escuchaba impaciente cómo se llevaban a los que estábamos a la espera de una habitación normal -sin covid- pero el tiempo, la entorno de interinidad se fue alargando. Estuve a la deriva del dolor en condiciones mínimas 9 horas para que me subieran a una habitación.

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Estuve a la deriva del dolor en condiciones mínimas 9 horas para que me subieran a una habitación

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Pero no sabía que me esperaban más vueltas: en la primera habitación no servía el aparato donde se conecta el oxígeno. Después de varios ensayos, continuamos en busca de otra habitación donde algo también fallaba. Yo estaba bajo los rezagos de la anestesia y mareada por el ir y venir de las circunstancias, me acuerdo de frases sueltas que descartaban el sitio hasta que encontraron una habitación donde todo funcionaba…

Una vez, bien arropada y segura en una cama, la enfermera jefe me preguntó cómo me sentía. Me quejé de mucho dolor. Pues bien, dos horas después… llegó el medicamento. Con el tiempo, me percaté que cualquier droga que se saliera de lo común y que no tuviera un correspondiente genérico iba a dejarme en una larga y dolorosa espera.  Para una aspirina, tuve que acudir a mi equipaje para sacar drogas que uno lleva cuando se va de viaje. Lo inaudito es que el médico solicitó una máquina que me iba a proporcionar morfina. Esa, por ejemplo, llegó al segundo día de la operación y a las 11 de la noche.

Es bien sabido que el sector alimenticio en el ámbito hospitalario no tiene la menor posibilidad de ser un rescate a la debilidad. Y que solían enviar a una nutricionista para definir cual menú se acomodaba a la cirugía que se hubiera practicado y a las circunstancias físicas del paciente.

Pues bien, no solamente nadie apareció a preguntar nada sobre mi dieta. Las bandejas llegaban a las horas indicadas, pero la dejaban en una mesa larga que se encontraba a la entrada del cuarto. Después de timbrar varias veces para que me acercaran lo poco lo que iba a desayunar todo estaba frio. En el primer intento descubrí que la mesa para comer estaba dañada.  Lo mismo que la cama: sola o con ayuda, traté de llegar a estar acostada en forma horizontal.  Siempre quedé con las piernas más abajo del resto del cuerpo después de una cirugía de rodilla….

Una joven y entusiasta enfermera llegaba a la mitad de la mañana a darme un baño pero solamente había toallas pequeñas que hacía más largo un simple proceso práctico. Y, para evitar una caída, la enfermera acudía a sabanas limpias para secar el baño mojado. La limpieza tampoco fue un proceso meticuloso en estos tiempos de peste.

En este punto, más que superar la cirugía, estaba en una carrera de resistencia: sin comer y con mucho dolor. Así como llegó el desayuno, llegó el almuerzo, los refrigerios y la comida. En mi cuarto de acumulaban las bandejas. Por la noche pensé que la televisión podía ayudarme, pero no servía. Intenté llamar a un técnico pero el teléfono tampoco funcionaba.

Y, empezaba la noche que fueron tiempos de horror. Sonaban todos los aparatos que tenía al lado y todos los timbres de las otras habitaciones, situación que aturdía sin que las cosas se solucionaran. Y después, todo quedó en silencio. Eran demasiada la demanda para el poco personal, así que acabaron apagando la consola que indicaba las solicitudes que un enfermo incómodo e inválido puede sentir o necesitar. Una almohada más o una cobija eran un imposible. Resulté mirando la luz que se colaba por la rendija bajo la puerta para gritarles por ayuda.

Solo llegaba la ronda de los signos vitales que no tenían tiempo de atenderme porque acababan de cambiar el turno. Pero, aseguraban que volverían más tarde. Nunca llegaron en 4 días.

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Se fue Antonio Caballero. Buen viaje a esa conciencia crítica que nos hará falta ver la realidad bajo el prisma de sus reflexiones críticas y únicas lejos de cualquier interferencia con la corrupción

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