Opinión

Juan Antonio Roda y su síntesis inmemorial

Pintor, dibujante y grabador sin límites. Mil veces superior que Alejandro Obregón, con el transcurso del tiempo y la vida, se transformó en el mejor abstracto de su generación.

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Enero 12, 2019
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Juan Antonio Roda y su síntesis inmemorial
En los “autorretratos” nada que ver con el hombre común: él se contempla mientras se autodevora.

Juan Antonio Roda nació en Valencia España en 1921 y falleció en Bogotá de una neumonía  el 29 de mayo de 2003. Una autodidacta genial que quería ser escritor pero fue un pintor. Tenía la personalidad pictórica de un español que estudió la pincelada de Velázquez hasta que encontró  el  manejo de su  pincelada única que conjugó con la vivencia del trópico.  Fue pintor, un dibujante y grabador sin límites. Mil veces superior que Alejandro Obregón pero este le quitaba visibilidad social. De hecho, siempre fue un hombre reservado, preocupado por la literatura, las artes plásticas y la pedagogía. Llegó a vivir a Colombia en 1955 con su esposa María Fornaguera y acá construyó su hogar en un lejano rincón de Suba donde hoy, cada hijo tiene su casa.

Su estudio quedaba al lado de su casa. Varias ventanas dejaban entrar la luz de la sabana. Tenía tres escritorios donde trabajaba sus distintas técnicas y un escritorio lleno de libros por leer, el teléfono, el fax. La música clásica era su aliada. Las pocas sillas daban siempre la impresión de que uno ya era multitud que molestaba su ritmo interno.

Fue un hombre que sabía todos los vericuetos de la vida, a uno le daba la impresión de que era un fumador con nostalgia en los ojos que andaba en busca del sentido de la vida en un camino áspero donde no hay vencedores ni vencidos.

El tema para romper el hielo de un tímido acostumbrado a oírse durante horas, era su último libro. Si le había interesado, se aproximaba a esa lectura desde varios referentes y tenía una historia corta y muy preciso recuento  de los acontecimientos. Ahora, si la situación era la contraria, la rabia iba subiendo con su ronco tono de voz y aparecía un acalorado movimiento de su cuerpo. Sí uno no sabía nada sobre el libro, estaba en graves problemas. Siempre aparecía un momento de silencio mientras salía de su boca un fogonazo de humo. Y lo mismo sucedía con las ideas que discutíamos o con la situación colombiana. Yo miraba por la ventana las flores del jardín y comentaba sobre la nueva casa que venía en camino, la vida de sus hijos y preguntaba por María sin mírarlo a los ojos. Como el espacio parecía pequeño y él era el dueño de cada rincón, uno sobraba. Ahora, la solicitud de un café cambiaba un poco las circunstancias.

Sí la suerte lo acompañaba y era un día bueno, sonreía a carcajadas y era una persona más amble que he conocido. Por las orejas le salían comentarios de humor negro, preguntaba hasta el infinito pero en nunca fue fácil que mostrara su obra.

Desde siempre tuvo la vocación neta de ser pintor figurativo y realizaba retratos. Estudió la cara de Felipe IV en 1965, mientras lo pintaba hacia un paralelo entre Velázquez y Mozart. Un punto de refinamiento, entre la sutileza y la poesía. “Lo miraba con alguna tristeza porque ya era un viejo triste y decadente”. Después de una visita de una exposición del inglés Francis Bacon en 1968, su pintura cambió y se volvió claustrofóbica de donde salieron la serie de Cristos. Durante esta época hubo, como siempre, muchos autorretratos.

 

Escorial, 1961

Pero lo más importante, es cuando cambia de rumbo y cuando pinta El Escorial que trabaja sobre el tema del famoso edificio herreriano construido en 1562.  Esos cuadros dieron pistas seguras para la obra de Antonio Roda. Había llegado la abstracción para quedarse en su mundo de libertad racional y emocional donde la densidad del color era magia y en donde el manejo el manejo del color llegó a lo sublime.

Como consecuencia del Escorial, también vinieron en términos abstractos, la serie de las Tumbas. El dibujo y la pintura fueron su repertorio tan interesante como caótico.  En la pincelada, lo importante era la resonancia del color. No buscó el orden del ritmo, sino la su coherencia magnética con el trópico interior. Así también se fue liberando mientras pintaba flores, o montañas mientras miraba a través de las ventanas Suba. Con el transcurso del tiempo y la vida, se transformó en el mejor abstracto de su generación.

 

El delirio de las monjas muertas,  No. 9

 

Más conocemos sobre su obra gráfica cómo fue su comienzo de El retrato de un desconocido” donde él mismo se camufla en primera persona y donde las zonas de la imagen en el grabado se distribuyen  en rectángulos o cuadrados. La línea frágil en la pintura se convierte, en esta técnica en el argumento contundente. En los “autorretratos” nada que ver con el hombre común: él se contempla mientras se autodevora.

En 1972, viene la serie La sonrisa de Ana , en la que retoma a Leonardo con su Monalisa renacentista. Después – y que ahora están de moda porque el Banco de la República, cincuenta años después, resultó interesante el tema ahora existe una buena colección de los retratos de las Monjas coronadas. Así llegaron El delirio de las monjas muertas y Los amarra perros.  Siempre amenazados por la realidad. Tal y como lo estamos hoy.

Publicada originalmente el 5 de mayo de 2018

 

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