La guerra en Europa está a la orden del día. Las conclusiones de la cumbre de la OTAN celebrada en Ankara el 7 y el 8 de julio son inequívocas: todos los países miembros decidieron mantener su apoyo irrestricto al esfuerzo bélico del régimen de Kiev en defensa de la independencia y la integridad territorial del país. Y lo que es aún más significativo: han tomado la decisión, contando con el apoyo explícito del presidente Donald Trump, plenamente satisfecho con el hecho de que los países de la alianza no solo hayan cumplido con su exigencia de elevar el gasto militar hasta el 2% de sus respectivos PIB, sino que se hayan comprometido además a elevar dicho gasto hasta el 5% de los PIB en los próximos cinco años. Estos datos escuetos demuestran sin lugar a dudas que la actual dirigencia política europea ya tomó la decisión de hacerse cargo de una guerra que Washington inició en su propio beneficio y que ahora deja en manos de dirigentes europeos convencidos de que esa guerra es su guerra.
Lo hacen a pesar de que la guerra de Ucrania ha entrado en una fase verdaderamente crítica. Al serio deterioro de las capacidades, los medios y los recursos de las fuerzas armadas ucranianas, el comando de la OTAN ha respondido con la ampliación e intensificación de los ataques con drones y misiles en la profundidad del territorio ruso. Los ataques a Moscú y a San Petersburgo han sido los más llamativos, pero desde luego no han sido los únicos. Drones lanzados desde territorio ucraniano han impactado en una refinería de petróleo rusa situada a 2.500 kilómetros de distancia de su frontera con Ucrania. Y esta clase de ataques han puesto en riesgo los suministros de alimentos y carburantes en la península de Crimea y dañado o inutilizado 32 barcos mercantes rusos operativos en el mar de Azov. Las tropas rusas avanzan a paso de tortuga en la muy fortificada línea del frente, mientras por encima de sus cabezas vuelan drones y misiles que golpean muy adentro de su propio país.
Cierto, estos ataques son peccata minuta si se los compara con los abrumadores bombardeos aéreos que padecieron en su día Afganistán e Iraq y antes Vietnam y Corea. Ni remotamente parecidos a los que convirtieron a Gaza en un árido paisaje de ruinas. Pero están haciendo mella en el liderazgo político y en la opinión pública rusa. Hay quienes se quejan por la duración de un conflicto que ya dura cuatro años y 5 meses, mientras que la Gran Guerra Patria, librada contra la Europa continental unida bajo el liderazgo de la Alemania nazi, duró dos meses menos. Y se preguntan ¿hasta cuándo? ¿Hasta cuándo subirá por “la escalera de la escalada” —como dice John Mearsheimer— un conflicto en el que la intervención militar de la OTAN en el mismo no ha hecho sino crecer, hasta hacerse indispensable? Si hasta la fecha se han realizado un centenar de ataques aéreos y acciones terroristas en los territorios históricos de Rusia, ¿qué impide que en adelante dichos ataques se multipliquen exponencialmente hasta convertirse en un gravísimo problema? ¿Hasta que produzcan la misma clase de desgaste que produjo la intervención soviética en Afganistán, la cual, a su vez, precipitó el desplome de la Unión Soviética? Es la estrategia de los mil cortes elaborada por los estrategas militares de la China imperial.
Las conclusiones beligerantes de la Cumbre de Ankara no han hecho más que alimentar estas dudas y preguntas. Y a fortalecer la posición política de quienes piensan que ya es hora de poner fin a la ficción de que la guerra es una guerra entre Ucrania y Rusia, reconocer abiertamente que es una guerra de la OTAN encabezada por Estados Unidos contra Rusia y actuar en consecuencia. O restableciendo la capacidad de disuasión de la potencia euroasiática mediante un ataque con armas nucleares tácticas en Ucrania o en algún otro país de la alianza. O utilizar los misiles hipersónicos para atacar en Alemania, Francia o Gran Bretaña las fábricas donde se diseñan y producen los drones y misiles de largo alcance, que el régimen de Kiev utiliza para atacar en profundidad a Rusia. El comentario con el que Dmitri Peskov —asesor del presidente Vladimir Putin— respondió a la publicación de las conclusiones de la Cumbre de Ankara, abrieron la puerta a estas opciones. Él vino a decir que los tiempos de la “Operación militar especial” en Ucrania están terminando y que empieza “el tiempo de la guerra”.
Quienes se han tomado muy en serio las palabras de Peskov han sido dos destacados analistas geopolíticos de la guerra en Ucrania. Douglas McGregor, coronel retirado de las fuerzas armadas estadounidenses, y el exoficial británico Alexander Raskin, director del podcast Hy News. Ambos han traído a cuento un episodio crucial de la Segunda Guerra Mundial: la Conferencia de Casablanca de enero de 1943, en la que el presidente Roosevelt declaró, para sorpresa de Churchill e irritación de Stalin, que el objetivo de la guerra era “la rendición incondicional” de la Alemania nazi. Para McGregor y Raskin, esta decisión iba en contravía de la tesis defendida por el Estado Mayor Imperial británico de que la Unión Soviética era un adversario de los anglosajones más peligroso y temible que la Alemania nazi. Por lo que nunca debía descartarse completamente la posibilidad de negociar con Hitler un final de la guerra que permitiera a la Alemania nazi sobrevivir como contrapeso de la Unión Soviética. La declaración inconsulta de Roosevelt en Casablanca cerraba completamente la puerta a dicha posibilidad.
En principio me sorprendió que ambos, hablando de la guerra en Ucrania, trajeran a cuento un episodio histórico del que apenas se acuerdan los especialistas. Pero comprendí por qué lo habían hecho cuando recordé el discurso de Xi Jinping en la cena que ofreció al presidente Trump durante su visita del pasado 14 y 15 de mayo a Beijing. En dicho discurso, el líder chino invitó públicamente a Trump a “evitar la trampa de Tucídides”. La trampa que se ha convertido en un lugar común para la mayoría de los analistas geopolíticos independientes, cuando se refieren al futuro de la rivalidad actualmente existente entre Estados Unidos y China. Tucídides —el historiador por excelencia de las Guerras del Peloponeso, libradas en el siglo V a.C. entre Atenas y Esparta— sentenció que la guerra entre ambas era inevitable, como es inevitable siempre la guerra entre una potencia dominante y una emergente. La primera hará todo lo posible, incluida la guerra, para impedir que la emergente la desplace y ocupe su lugar de privilegio en el orden político internacional. Es apoyándose en este argumento, que los analistas antes mencionados, pronostican que es inevitable la guerra entre la potencia dominante (USA) y la potencia emergente (China).
El discurso de Xi en la cena en Beijing fue una invitación a Trump a escapar de la Trampa de Tucídides, evitando la guerra y estableciendo relaciones de colaboración pacífica y mutuo beneficio. Pero la Trampa de Tucídides tiene un corolario que, por las razones que sea, no mencionó Xi, y que sin embargo creo que es el que tenían en mente McGregor y Raskin, cuando citaron la declaración de Roosevelt en la Conferencia de Casablanca. Me refiero al hecho de que las guerras del Peloponeso desgastaron a tal punto los recursos económicos, militares y diplomáticos de Atenas y Esparta, que al final la ganadora de dichas guerras fue Macedonia. La Macedonia que, bajo el reinado de Alejandro Magno no sólo conquistó a Atenas y a Esparta, sino que conquistó la totalidad del llamado Mundo Antiguo: Grecia, Egipto, Palestina, Fenicia, Babilonia y Persia. Solo la potencia de India le hizo retroceder.
Si establecemos un paralelismo entre aquella coyuntura histórica y la actual el resultado es el siguiente. La guerra en Ucrania está a punto de convertirse en una guerra abierta entre Europa y Rusia que, sea cual sea el resultado final, no hará más que agotar a ambos bandos. Como agotará también y de manera significativa los recursos de unos Estados Unidos, que no puede permitirse el lujo de una victoria inequívoca de Rusia en el continente europeo. Del mismo modo que Winston Churchill, enemigo mortal del comunismo, no podía permitirse el lujo de una derrota catastrófica de la Unión Soviética por la Alemania nazi. Él quería que ambas se debilitaran, no que una infringiera una derrota aplastante a la otra. En este escenario, se hace inevitable el cumplimiento del corolario de la Trampa de Tucídides. El ganador de la guerra en curso entre Estados Unidos y Europa con Rusia no va a ser ninguno de ambos bandos, aunque alguno de ellos lo sea, sino China. Que, manteniéndose al margen del conflicto, no hará más que fortalecerse mientras sus adversarios y competidores se debilitan hasta límites hoy inimaginables.
Por esta razón a China le beneficia objetivamente que la guerra de Ucrania se amplíe y eternice, tal y como lo proponen las exaltadas decisiones belicistas de la Cumbre de Ankara de la OTAN. Y por la misma razón es por la que McGregor y Raskin, se han convertido en intérpretes y voceros de quienes piensan que es mejor negociar de inmediato con Rusia un acuerdo mutuamente satisfactorio, que permitir que la continuidad de la guerra en Ucrania fortalezca aún más a China. Para ellos, el verdadero enemigo, el más temible.
Esta posición no es sin embargo nueva. La defendió consistentemente Henry Kissinger, desde cuando se dio cuenta de que los pactos políticos de Richard Nixon con Mao, tan beneficiosos en el corto plazo para los intereses de Estados Unidos, habían traído consecuencias muy negativas en el largo plazo. Esos pactos habían contribuido significativamente a la caída de la Unión Soviética, pero al precio intolerable de convertir a China en el gigante económico y político, capaz de desafiar con éxito la hegemonía mundial estadounidense. Kissinger, hasta la víspera de la invasión rusa de Ucrania en 2022, insistió en la necesidad de realizar una operación política inversa de la que él había sido artífice: aliarse con Rusia para aislar a China. Ya lo dijo Mao: dependiendo de los cambios en la coyuntura, lo bueno se convierte en malo y lo malo en bueno. Entonces no le escucharon. En Washington, demócratas y republicanos, estaban aún totalmente convencidos de que Estados Unidos seguía siendo tan omnipotente como lo fue cuando se desplomó la Unión Soviética y China no era más que un socio comercial fiable.
Espero que la patética incapacidad de Trump de arrebatar a Irán el control del Estrecho de Ormuz, le haga tomar conciencia de que los años de la omnipotencia imperial han terminado para siempre. Que ya es imposible hacer la guerra simultáneamente a Rusia y China, como propuso Zbigniew Brzezinski, en contra de la opinión de Kissinger. Y que lo más conveniente para los intereses que defiende es pactar con Rusia el final de la guerra en Ucrania. Quizá la muerte súbita del belicoso senador Lindsey Graham, al cabo de su última visita a Kiev, contribuya a este cambio decisivo de estrategia política y militar.
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