¡James nuestro ídolo!

Y así como en las grandes epopeyas, el destino orientó a su héroe

Por: Guillermo Quimbayo Valderrama
julio 04, 2014
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¡James nuestro ídolo!
Bogota - Cundinamarca (Colombia) Octubre 13 de 2012. James Rodriguez, mediocampista de la Selección Colombia de futbol y conductor del Porto de Portugal. Foto: Milton Diaz / EL TIEMPO

Conocí a Jorge Barón en mis años juveniles y hasta un poco antes, cuando el hoy famoso presentador y empresario de la televisión (televisora se decía, cuando emitía la señal nacional un solo canal, el siete) estudiaba en el Colegio San Luis. Con el ilustre de marras, compartíamos breves charlas, sentados uno al lado del otro en los emblemáticos busesitos de la ruta Brisas-Belén, en las épocas en que Las Brisas era el barrio más bello, paisajístico, pintoresco y además turístico de la Villa de San Bonifacio. Allí me crié. Jorge abordaba el vehículo en el Barrio Posada Cuellar, donde creció y yo era el primero en subirme, media cuadrita arriba del inicio del recorrido.

En el barrio de Barón vivió por poco tiempo la cantante neolera Vicky, cuando ya era una estrella, sólo que ella no utilizaba el bus, prefería el taxi. Detrás de la casa del hoy animador moraban los Macías y a esa vivienda llegaba con frecuencia el ya legendario arquero del Deportes Tolima, Raúl Macías a visitar a sus primas, con una de las cuales contrajo nupcias. En Las Brisas se radicó por un tiempo Ramiro Padua, back central tulueño, también de las huestes pijao. Vivía con su esposa en un apartamento pequeño en la casa esquinera de la viuda de Beltrán. Justo a la vuelta estaba la residencia de don Ramón Correa, un hombre sereno, serio, respetuoso y con voz de trueno que prestaba sus servicios como peluquero en el cuartel de la policía nacional y los fines de semana nos peluqueaba, a los “chinos” de Las Brisas.

A unos los traté pero a todos los conocí y los admiraré por siempre. A veces, cuando engolosinado por los recuerdos, refiero estas experiencias, mis interlocutores tratan de desvirtuarlas, llamándome “chicanero” y “visajoso”. Dios sabe que lo hago sin jactancia.

Y tanto lo sabe, que siento ahora su proverbial respaldo para relatar un hecho que yo considero absolutamente trascendental. En el sendero del caminante, y vaya si habré caminado, hay muchas curvas, desde luego, muchas esquinas. Al voltear una de ellas, me encontré con una gloriosa parte de mi destino: la de ser maestro. A este oficio grato, espléndido, reconfortante y maravilloso, le debo grandes emociones. Cualquier tarde de todas las espléndidas del Liceo Nacional, hace casi un cuarto de siglo, me encontré de repente en una de las aulas con una niña de mejillas sonrosadas, voz sonora, manos bellas y ojos con ese color indefinible entre el verde y el azul. Su temperamento era fuerte, enfático y puntual. Era en todo caso, una adolescente al estilo de las de la época: discreta, elegante y sobria, sin perder el virtuosísimo de sus años frescos y felices.

Al poco tiempo me percaté que también era mi vecina. A Valparaíso, el barrio en el que yo vivía por aquel entonces, obviamente después de Las Brisas”, lo separaba una calle de Arkaparaíso, en el que habitaba Pilar Rubio, que así se llamaba la fragante niña a la que me estoy refiriendo. Eso de ser dos barrios significaba poco, puesto que en muchas cosas éramos una comunidad; entre otras, para concurrir a la única tienda del sector, la de doña Sofía, donde episódicamente coincidíamos con Pilar.

Compartíamos en el Liceo Nacional en el plano lógico de una relación convencional entre el profesor y su estudiante. Manteníamos eventuales charlas sobre temas diversos, pero nunca convergimos en la órbita de un gusto que cada cual tenía por su cuenta: el fútbol. Ella como fanática ferviente del Deportes Tolima, yo como comentarista de ese deporte profesional en algunas emisoras de Ibagué.

Un discurso apoteósicamente reconocido, pronunciado y escrito por éste relator, despidió el primero de diciembre a una de las promociones más importantes y reconocidas del Liceo Nacional- Jornada de la Tarde, la promoción de 1.989. Pilar recibía su proclamación como Bachiller Académica. De ahí en adelante la veía muy poco a pesar de la evidente proximidad vecinal.

En el Deportes Tolima de aquellas calendas actuaba James Rodríguez. Su nombre está ligado a grandes hazañas del balompié nacional, baste con recordar la famosa selección de Marroquín en el año de 1.985. En el Tolima su nombre retumbó y su gesta fue deslumbrante. Asumo que los lectores recuerdan las actuaciones de James, tanto o más que yo, lamentablemente no hay espacio para mencionarlas. Fue mi personaje en entrevistas de camerino y hoy evoco una charla tempranera en una cafetería muy cerca al Hotel Aristi en el centro de Cali, en la que compartimos con Heberto Carrillo, por entonces técnico del Tolima, Carlos Gregorio Pimiento que hacía parte de las huestes verdiblancas con James y Edgar Antonio Valderrama, connotado y reconocido narrador deportivo ibaguereño con quien había yo viajado para transmitir el partido Cali- Tolima esa tarde en el Pascual, para la radiodifusora La Voz del Tolima. Corría el año 89 y era una tibia mañana dominguera de abril.

Con el tiempo, y por versiones de esas que los maestros recibimos con frecuencia, noticiadas por adolescentes, supe que Pilar y James habían unido sus vidas. De los detalles no me ocupo. Recuerdo, eso sí, que el padre de Pilar era muy allegado al club y por ahí debieron haber pasado las cosas.

James había continuado su caravana itinerante: Cali, Cúcuta; Florencia con el Fiorentina, en Colombia, por supuesto, aunque estoy seguro de que si hubiera jugado en ésta época, habría fichado para cualquier club importante, de Italia incluso.

Y en una de esas estancias, la fronteriza, nació el HEREDERO, así con mayúsculas, porque gran parte del ese virtuosismo que el mundo hoy le reconoce al Junior se construyó en la genética del Senior. De golpe madre e hijo regresaron a Arkaparaíso. El pequeño infante empezó a crecer allí, a ir a la tienda llevado de la mano de su abuela, a pedir dulces de la vitrina y a reclamar- como cualquier niño- airado porque no se le complacía; a regresar a casa llorando a gritos, ya no de la mano, sino detrás de la abuela, reclamando su golosina. ¡Ah! y lo más importante, comenzó a darle los primeros puntapiés a un balón en una canchita asfaltada cruzada por una calle vehicular, donde los chicos a fuerza de riesgo jugaban “banquitas”. James junior era todavía un chiquilín de cinco o seis años. Imagino que los niños de Arakaparaíso con quienes compartió esas incipientes experiencias, hoy ya convertidos en hombres como James, han de sentirse casi como los rivales de los equipos europeos a los que el crack enfrenta.

Y así como en las grandes epopeyas, el destino orientó a su héroe. Vinieron otros caminos, con otros mojones sembrados y marcados por Dios para encumbrarlo en los más grandes altares del fútbol internacional: Envigado, su primera estación; Argentina con el Banfield, Portugal…Francia y quién ha de saber cuántos clubes del mundo pugnarán por tenerlo en sus filas; cuántos millones de Euros habrán de contar empresarios y directivos del fútbol para negociar su calidad y hacerse a sus servicios, mientras en la “cancha-calle” de Arkaparaíso, un camión destartalado y olvidado duerme su “sueño eterno”, justo donde James Rodríguez construyó los suyos del triunfo y exactamente en el mismo lugar donde estaba la pequeña portería de las “banquitas” a la que el chicuelo apuntaba sin fallar para convertir sus primeros y también gloriosos goles.

La tienda ya cambió de dueño, los niños siguen reclamando a sus abuelas de hoy con el mismo enojo, en tanto que James Rodríguez se sigue cotizando en la gloria futbolística de Europa con un mundial de por medio, más los que vendrán. De eso estoy seguro.

Al llegar a este punto casi culminante de mi escrito, sonó en la televisión la fanfarria de los deportes y me senté a observar, para encontrarme de pronto en la pantalla con la cara de niño de James, celebrando un gol en Europa. Entonces seguí rememorando los tiempos idos y me glorié de saber que yo lo conocí mucho antes de que naciera. Sé de madres que les hablan a los hijos sobre sus maestros, pero lo que ignoro es si yo esté en ese listado de preferencias de Pilar Rubio. ¡Qué más da! Lo más probable es que James nunca sepa quién soy yo. De hecho el mundo entero sabe quién es él y lo admira, pero ahora lo que más cuenta es que ¡yo lo vi primero!

GUILLERMO QUIMBAYO VALDERRAMA
Ibagué, Abril de 2014

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