La rayuela de la salud

Por: Diana M. Toro Pardo
julio 04, 2014
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La rayuela de la salud

Hace unos días, mientras esperaba con mi hermana y mi madre a que nos atendieran en un Centro de Salud para que nos dieran una orden médica, comencé a pensar en lo parecido que es este sistema al juego de la golosa que muchos jugamos cuando estábamos pequeños, o a la maravillosa obra que leímos en el fragmentario libro de Cortázar: Rayuela.

Hice esa unión entre el juego y la salud en el ocio de la espera, porque entendí por fin la burocracia que existe no solo en este medio, sino también en otros como las telecomunicaciones, los bancos o la justicia, en donde el usuario tiene que ir, casilla a casilla, ventanilla a ventanilla solicitando uno de sus muchos derechos como ciudadano. La primera casilla nunca es suficiente para ganar el juego, y cada casilla es más difícil que la anterior. Tienes que tener la suficiente pericia para saltar cada una de ellas, porque a la primera equivocación debes comenzar de nuevo. El juego es interesante porque esa dificultad en acertar al tirar la piedrita, y saltar sin pisar la raya es divertida; por el contrario, en las casillas de la salud, la idea es que nos cansemos en el proceso, que nos dé pereza volver a tirar la piedrita, que nos rindamos al ver el camino a sortear para que finalmente se cumplan nuestros derechos.

Pensé entonces que lo que nos enseña este sistema, y todos los que funcionan como una rayuela, es que el jugador, o en este caso el pueblo, se rinda ante las dificultades, dificultades que no deberían existir, pero que en la triste realidad colombiana son del diario vivir. Pensé entonces que nos es indiferente si nos rendimos ante un juego, sin embargo, no estamos hablando de un juego sino de nuestra propia vida, y la capacidad para vivirla sanamente. Sabemos que nuestro gobierno no está avanzando en este tema, por eso, la única solución que tenemos es seguir peleando, tirando la piedrita y saltando una y otra vez, por un lado para que ese montón de ventanillas y casillas se conviertan en una sola, y por otro, para que los colombianos aprendamos a luchar por nuestros derechos.

Mientras reflexiono todas estas cosas seguiré esperando con mi madre por la orden. Llevamos cuatro horitas, y de doce taquillas que deberían estar atendiendo solo hay tres haciéndolo. Ahora pienso que lo que quizás quieren los dueños de la salud es hacer una apología al ocio. Seguramente algún físico de esta sala, mientras espera por su orden médica, pueda reflexionar sobre la materia oscura. O el preocupado matemático que espera por su cirugía a corazón abierto, y que está justo al lado de nosotras, pueda encontrarle solución al Teorema de Fermat.

Por fin nos toca el turno, mi hermana y yo aplaudimos y se nos une toda la sala sonriendo con complicidad y sintiendo a la vez la misma desazón. Mientras tanto, las tres mujeres que atienden nos miran inquisitivas tratando de encontrarle el chiste al aplauso.

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