Hugo Aguilar, un hombre formado para matar y no para hacer política

El ex teniente de la Policía, quien mató a Pablo Escobar, acaba de ser recapturado por Parapolítica

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marzo 21, 2017
Hugo Aguilar, un hombre formado para matar y no para hacer política

Los últimos tres balazos que disparó Pablo Escobar los hizo contra el Capitán Hugo Aguilar Naranjo, miembro del Bloque de búsqueda. El militar sintió como el chaleco antibalas se inflaba, le oprimía el pecho, lo dejaba sin aire. Tardó unos quince segundos en recuperarse y, alcanzó a ver como el capo de capos intentaba forzar una puerta para saltar el tejado de la casa cerca al Estadio de Medellín que terminó siendo su última caleta. Antes de hacerlo, desde la escalera, Aguilar tomó su fusil Sig Sauer liviano – uno de los dos que habían en el país en diciembre de 1993- apuntó sobre Escobar y disparó. Al escuchar el chasquido que hizo la bala al perforar el cuerpo del narcotraficante más buscado del mundo, supo que estaba muerto.

Dos años atrás, en 1991, el propio ministro de defensa del Gobierno de César Gaviria,  Rafael Pardo lo había escogido junto con el coronel Hugo Martínez Poveda, para conformar el cuerpo élite que perseguiría al capo que tenía en jaque al Estado colombiana. Aguilar Naranjo venía de entrenar, durante seis años, al lado de la Guardia Civil Española y los subgrupos antiterroristas GAR y GEOS. Entrenando con dureza en el monte Escorial, en el País Vasco, en la Costa del Sol, en Valencia y Navacerrada, aprendió todo lo que necesitaba saber para combatir a una organización con métodos tan crueles como el Cartel de Medellín: preparación para manipular y crear bombas, rescate de secuestrados, seguimientos, proceso y manejo de inteligencia electrónica, operaciones helicoportadas, paracaidismo y buceo de guerra. Pero en lo que en realidad era un experto era en tiro.

Famoso por su puntería desde escuela de cadetes a comienzos de la década del 70. Le disparaba a aquello que se moviera. La práctica lo pulió: Aguilar era el primero en llegar al polígono y el último en irse. Gatillo fácil, no había un solo día en que no disparase, acompañado siempre de una gran frialdad. En el examen final en España, antes de su regreso a Colombia, demostró que era el mejor.

A veinticinco metros de su fusil, bajo un sol calcinante, una persona se ponía en medio de dos globos. La prueba consistía en disparar sobre los dos globos – en un lapso de doce segundos- que representaban a los secuestradores y liberar al rehén. A esa distancia, y por cuenta del sol, se formaba un espejismo y daba la impresión de que el objetivo era una inmensa cabeza. Aguilar, en apenas ocho segundos, acababa con los globos. Nadie lo había hecho. Tardaron 15 años para que otro tirador volviera a repetir la hazaña.

Le mostró su destreza al Ministro Pardo en la propia Escuela de la policía Carlos Holguín cuando en el polígono y en una corta distancia, el capitán lograba meter quince tiros en un mismo hueco. Desde allí se dirigiría la guerra contra Escobar en la que Aguilar se convirtió en una pieza clave.

Hugo Aguilar y sus hijos apoyando al vicepresidente en una reunión en Bucaramanga en diciembre de 2016

Temerario incluso frete a las amenazas de Escobar contra toda su familia cuando prometía telefónicamente: “le desentierro a la abuelita y se la vuelvo a matar también hp.” Al terror respondía con más terror. John Jairo Velásquez Vásquez, alias Popeye, recuerda el sótano que conocían como el sauna que operaba vecino de la Escuela Carlos Holguín, donde se torturaban con la sangre fría de uno llamado El Tirapollos que desmembraba a los sicarios de Escobar que capturaban intentándolos hacerlos delatar a su jefe. Así cayeron bandas tan temidas socias del Cartel de Medellín como La Ramada y los Priscos. Carlos Castaño, con quien se asoció como parte de los Pepes a la guerra irregular, terminó admirando a Aguilar porque “tiene más cojones que yo”.

El disparo definitivo contra Escobar le significó un viaje a Estados unidos a especializarse en Comando Estado Mayor y Problemas Latinoamericanos. Llegó como teniente coronel hinchado de prestigio dentro los uniformados pero con un pecado mortal: su alianza con ilegales como Don Berna, los hermanos Castaño y los Rodríguez Orejuela –los llamados Pepes –Perseguidos por Pablo Escobar-. Una decisión que pagó caro con la destitución de la policía pero que fue la señal clara que Aguilar no tenía límites a la hora de obtener resultados. Una máxima que se vio luego en la política, donde de nuevo primaron las alianzas non-sactas para lograr votos.

En Santander, su tierra, le perdonaron su pasado oscuro y premiaron su buena puntería. Fue nombrado presidente regional de Fenalco y miembro de la Junta Directiva de la Corporación Autónoma Regional de Santander. El partido Convergencia Ciudadana, a través de Luis Alberto Gil y todo el combo de parapolíticos que lo conformaron, le abrieron las puertas para aspirar a la Asamblea Departamental. En el 2001 fue elegido diputados y tres años después, con 300.000 votos, derrotó al más tradicional de los dirigentes liberales, Horacio Serpa y logró la Gobernación de Santander.

Soñó con la Casa de Nariño. Pero sus malos pasos lo traicionaron.  El Coronel Julio César Prieto, quién comandaba las tropas del ejército en la álgida zona de San Vicente del Chucuri, fue testigo de cómo los propios paramilitares custodiaban a Aguilar, en su campaña electoral, cuando visitaba los municipios controlados por las Autodefensas en el 2003. Y habló. Su valor pudo más que la presión de gobernador que le hizo saber a través de su jefe de seguridad, el Mayor Freddy Gómez, que de no callarse su vida corría peligro. Siguió adelante y su declaración, junto a  la de Salvatore Mancuso, quien confesó el apoyo financiero de su organización a la campaña de Aguilar, fueron la prueba  para que en junio del 2011, al final de una reunión política en el Hotel Dann en favor de su hijo Richard para la Gobernación de Santander, la Fiscalía lo detuviera. Terminó condenado a nueve años de prisión por su participación en el delito de concierto para delinquir y organización de grupos paramilitares.

Pasó cuatro años en la cárcel de San Gil; cultivó papa y perejil, recordó su infancia campesina en Suatá mientras su hijo Richard se hacía a la gobernación. Salió libre en agosto del 2015 y en Bucaramanga 3000 personas, muchas trasladadas desde las veredas por la gobernación de su hijo Richard, lo recibieron como el valiente policía que había liquidado a Pablo Escobar. El sacerdote Néstor Navarro ofició la misa y lo bendijo. Aguilar demostró su puntería de francotirador a la hora de liquidar contendores y que el balazo en la frente de Escobar era su mejor pasaporte, tal como lo demostró en diciembre del 2016 cuando en un acto presidido por el vicepresidente Germán Vargas Lleras, subió junto a sus dos sus hijos Mauricio –actual Senador de Cambio Radical- y el ex gobernador Richard, a ofrecerle su apoyo electoral en Santander. Una sonrisa que se deshizo un año después con su recaptura el 21 de febrero del 2018

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