Opinión

Horacio Serpa, el hombre de las mil batallas

Mil batallas por la paz, mil batallas por la democracia, mil batallas en el liberalismo, mil batallas por la verdad

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noviembre 04, 2020
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Horacio Serpa, el hombre de las mil batallas
En sus mil batallas, Serpa nunca dejó de ser un caballero de modales impecables y gran serenidad sin que se mellara su reciedumbre innata.

Tuve el placer de compartir época y banderas con Horacio Serpa Uribe. Lo conocí personalmente al ser elegida a la Cámara de Representantes en 1991, justamente gracias a que la Asamblea Nacional Constituyente que él copresidió, decidiera revocar el viejo Congreso de la República que respondía a las reglas de la ya extinta carta de 1886. Gran batalla de la que salía avante Serpa con la esperanza de la apertura democrática de la Constitución de 1991, que luego fue truncada por las sucesivas reformas y el ascenso de las opciones autoritarias en nuestro país. Ambos veníamos de hacer política desde abajo, desde la calle y los barrios populares, y no desde los clubes y los cocteles capitalinos. Desde su participación en el movimiento estudiantil de la Universidad del Atlántico y la creación del Frente de Izquierda Liberal Auténtico, FILA, en el Magdalena Medio, Horacio Serpa buscó que fueran los no representados en la política colombiana los que tuvieran más voz.

Por ello, coincidimos en luchar porque el liberalismo colombiano retornara a las raíces populares de Uribe Uribe y Gaitán, encontrándonos prontamente en la construcción del proyecto del Salto Social que lideraba el presidente Ernesto Samper, que se distanciaba del neoliberalismo imperante y que abogaba por cerrar la desigualdad que éste modelo había agudizado. Otra dura batalla en la que pesó más el capital que las personas, y el conservador miedo a los cambios que prefirió sumergir al país entero en una profunda crisis política antes que permitir el desarrollo de un programa de gobierno que se saliera de los parámetros definidos por las elites nacionales y la embajada norteamericana.

Hombre de plaza pública y verbo inflamado, lo acompañé en muchas regiones en sus tres campañas presidenciales, cuando de manera oportunista muchos lo traicionaron. A su lealtad a la causa por la paz y los sectores populares, le respondí con mi lealtad en sus quijotescas batallas en medio de un país donde el narcoparamilitarismo se apoderaba progresivamente de las elecciones y de importantes renglones del Estado colombiano. Lamentablemente pude ver en estas campañas cómo la falta de convicción de muchos dirigentes y de la llamada clase política, terminaba acomodándose al mejor postor y tranzando ideales por futuras prebendas. En 1998, 2002 y 2006, contó conmigo hasta la última hora, junto a Rosita, Horacio José y su círculo más cercano, con quienes nunca cejamos en la campaña. Fue tal mi compromiso que varias veces estuve opcionada para acompañarlo como fórmula vicepresidencial, pero pesó más la mezquindad, el racismo y el sectarismo de quienes luego le dieron la espalda. Aun así, en la Colombia hipnotizada por el uribismo en 2006 tuve el gusto de dirigir dentro de su candidatura presidencial una iniciativa muy bonita que se llamaba Mujeres Mayorías promoviendo la participación y la equidad de género.

Compartimos también el debate interno del Partido Liberal, la lucha contra la corriente neoliberal y por la real democratización del partido y sus estatutos. Serpa estuvo del lado de la modernización y la inclusión de los sectores sociales en la estructura del partido, así como por la elección por voto directo de sus directivas. Dura pugna en la que logramos vencer inicialmente en contra de muchos linajudos dirigentes del liberalismo que ya iniciaban su vertiginoso tránsito hacia el uribismo. Lamentablemente -y con todo el respeto por sus bases-el actual Partido Liberal es una afrenta a lo que fue Horacio Serpa, a lo que fueron sus estandartes políticos y a lo que fueron sus batallas, convertido en un grupo adocenado a los gobernantes de turno, sin buscar representar a las amplias mayorías del país, y con su democracia interna hipotecada al bolígrafo de un expresidente.

En sus mil batallas, Serpa nunca dejó de ser un caballero en todas las acepciones del término. De modales impecables y gran serenidad sin que se mellara su reciedumbre innata. Tal vez nunca lo vi fuera de sus casillas. Recuerdo que cuando algo no le gustaba hundía el estómago como tragándose cuanto le molestaba. Hombre afable y familiar, de amor irrefrenable por sus hijas y por Rosita, con quien formaba la pareja ideal y en quien se soportaban buena parte de sus relaciones públicas. Jamás vi a Horacio Serpa ebrio, jamás supe de que se involucrara en ilícito alguno y jamás conocí de queja alguna en su contra por acosar o abusar de una mujer.

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Serpa fue de esos caudillos liberales que les cabía el país en la cabeza. Pero dentro del maremágnum de temas sin duda el de la paz fue su principal bandera

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Serpa fue de esos caudillos liberales que les cabía el país en la cabeza. Pero dentro del maremágnum de temas sin duda el de la paz fue su principal bandera. Excomisionado de paz, como político siempre buscó acercamientos con las guerrillas revolucionarias. Yo misma lo acompañé en sus viajes en pos de ponerle fin al conflicto. Desde el proceso de La Uribe hasta su papel como senador ponente de la JEP durante el fast track, denotaron su compromiso inclaudicable con la paz y la reconciliación

Tras un cuarto de siglo el país debe saber que detrás del Proceso 8000 estaba en buena medida la mezquindad política del establecimiento que saboteaba las -quizás modestas pero no por ellos menos esenciales- apuestas de cambio social y apertura democrática recogidas por el gobierno del Salto Social. Tras ese cuarto de siglo el liberalismo y los políticos le deben un homenaje a Serpa como símbolo de lealtad y firmeza, por su defensa enhiesta de Ernesto Samper. Lealtad y firmeza que le reconocieron sus enemigos  -los enemigos de la paz y la democracia- para conspirar en contra de su llegada a la Presidencia de la República, e incluso para intentar llevarlo a la cárcel en medio de una gran celada judicial que apenas pudo ser destruida estos últimos meses.

Aunque estuviésemos alejados por diferencias propias del debate democrático, cuando me enteré de la verdad sobre el asesinato de Álvaro Gómez Hurtado, no dudé un instante en buscar llevar el caso a la instancia pertinente que es el Sistema Integral de Verdad, Justicia, Reparación y No Repetición, ante el plan en marcha para mancillar calumniosamente la dignidad de Horacio Serpa Uribe, Ernesto Samper y Ramiro Bejarano. Me siento feliz que antes de su dolorosa partida hayan podido esclarecerse los hechos con los que injustamente se les buscó vincular, porque aunque entre quienes lo conocimos no cabía la menor duda de su inocencia, él tenía el derecho en vida a que el país entero conociera la verdad. La demostración palmaria de su inocencia fue la última batalla victoriosa de esta caballero barranqueño de la paz.

Mil batallas por la paz, mil batallas por la democracia, mil batallas en el liberalismo, mil batallas por la verdad.

Honor y gloria a Horacio Serpa Uribe, honor y gloria a su aporte por la paz de Colombia

 

 

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