Opinión

Guillermo Valencia Hernández, los inicios (I)

Lo conocí guitarra en mano. Un juglar, que hacía del humor, su fuerza; y de la palabra, su mejor virtud. Como un Facundo Cabral, sin oraciones ni ceremonias

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Marzo 20, 2019
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Guillermo Valencia Hernández, los inicios (I)
Guillermo Valencia, Guillo, “es un echador de cuentos natural”. Foto: David Lara Ramos

Guillermo Valencia Hernández es un echador de cuentos natural, de los que no se tienen reservas ni en la lengua ni en el pensamiento. De los que preguntan con el afán de completar un relato que sospecha inconcluso o guarda silencio mientras su memoria configura esa historia que encuentra más fascinante en su ser que en la realidad.

Guillo, como lo llaman sus más cercanos, cruza sin reparos las líneas de la intimidad para encontrar el detalle que hacía falta, la verdad oculta, esa que produce vergüenza al protagonista y fascinación morbosa al oyente. Indaga con el mismo ímpetu tanto en las razones de una infidelidad como en los orígenes de un odio; en las razones de un pesar como en la pérdida súbita del deseo de un galán de provincia.

Nació en Cartagena en Blas de Lezo en 1963, en ese entonces un barrio de aguajeros peloteros, de vecinos tomadores de cerveza y bailadores de salsa antillana, con pases que parecían flotar en el aire y de una energía sospechosa.

En su adolescencia, se trasladó al barrio La Candelaria, un barrio que ardía en azares. Un niño huérfano que, luego de la muerte de su madre, Yolanda Hernández, en 1977, y el abandono de su padre,  el “Compae Goyo” (Guillermo Valencia Salgado) llegó a vivir con unos tíos que no conocían ni de responsabilidad ni de límites. Bebedores de ron barato y amantes fieles de las prostitutas. Relatos que Guillermo Valencia reveló en su novela La familia de Felipe, un texto lleno de extremos humanos, que nos aproxima a las perturbaciones que se originan en el seno del hogar. Uno de esos tíos, que trabajaba en el puerto, llevaba a la casa cajas de mercancías que se robaba en el terminal. Una noche se apareció con tres cajas, que por el peso, él suponía que guardaban licuadoras, televisores o equipos de sonido. En su interior, colecciones completas de literatura, en especial, traducciones de cuentos y novelas de autores rusos como Pushkin, Korolenko, Garshin y Chejov, los cuales Guillermo Valencia leyó sin parar hasta que tuvo 17 años. Fue un castigo impuesto por unas de sus tías, para evitar que saliera a la calle y se perdiera en los meandros que conducían a los burdeles y cabarets de Tesca. Él obedeció, allí aprendió amar la lectura y a pensarse en el echador de cuentos y escritor que es hoy.

 

Guillermo Valencia. Foto: David Lara Ramos

 

Luego de ese pasaje y formado, de mala manera, literariamente, se mudó al barrio La Central, muy cerca a Blas de Lezo, donde nació. Allí hizo contacto con grupos folclóricos, en especial el que era dirigido por la chocoana Lourdes Murillo. Comenzó a bailar, estuvo en varias ocasiones en desfiles de las Fiestas de Noviembre. Se relacionó con los escritores Pedro Blas, Jorge García, Freddy Badrán, y el maestro Santiago Colorado, que dirigía el taller El candil en la Universidad de Cartagena. Jamás pronunció palabra, ni presentó algún texto, lo de él era escuchar y escuchar.

Pasó una corta y fascinante temporada en Barranquilla, lugar donde vivían sus hermanos Eduardo Valencia Padilla y Victoriano Valencia Rincón, todos músicos, quienes recibían clases de guitarra, piano y percusión en la Escuela de Bellas Artes. Guillo se iba con sus hermanos a recibir clases de música y armonía, bajo la tutela de Antonio María Peñalosa. Genio de todas las músicas. Con sus hermanos y bajo la dirección del maestro Peñalosa, armaron un grupo folclórico con el que recorrió la Depresión Momposina y parte del sur de Bolívar,  enriqueciendo sus conocimientos sobre música, folclor y tradición.

Volvió a Cartagena en los tiempos en que el teatro era una fuerza comprometida, actividad en la que se metió de cabeza y alma para hacer de manera profesional lo que más le gustaba: echar cuentos. A finales de los años ochenta, la profesora Emérita Madera, docente de la Institución Educativa Agroindustrial de San Marcos de Malagana, lo invitó a que se presentara en el colegio. La profesora Emérita, encantada con la forma como Guillermo Valencia cantaba, tocaba la guitarra y echaba sus cuentos, lo invitó a que hiciera parte de la institución como profesor de teatro. Así, todos los fines de semana, volvía a Malagana a dar clases de música y teatro.

En eso ires y venires, se enamoró de una chica de la región, de cintura angosta, bien entallada,  de nombre Yamile Abello Herrera. Se quedó a vivir con ella en una finquita en Palenquito, entrada del palenque de San Basilio.

Ahí, en Palenquito, a finales de los años 90, lo conocí. Una guitarra en la mano, con la que representaba a un trovador que contaba historias en prosa o verso. Un juglar, que hacía del humor, su fuerza; y de la palabra, su mejor virtud. Era como un Facundo Cabral, sin oraciones ni ceremonias; como un Pablo Milanés que inventaba versos y clamores; como un Silvio Rodríguez, que siempre creyó en la locura, en la garganta del sinsonte, en el delirio y en la esperanza.

Guillermo Valencia jamás volvió a vivir en Cartagena, se quedó viviendo con Yamile Abello en una fresca y tranquila casa, a orillas del arroyo de Malagana. Allí escribía con una maquina Underwood 310, en su empeño por llevar al papel esas historias que escuchaba de boca de sus amigos y vecinos con un verbo inteligente y ligero. Con las serenidades de la cotidianidad en medio de los afanes propios de la carencia. En esas orillas del arroyo, Guillermo Valencia conoció a Petrona Martínez. La misma que cantaba La vida vale la pena, mientras sacaba arena del arroyo. Ese es Guillermo Valencia, un hombre al que el folclor del Caribe colombiano le debe la promoción, incluso el descubrimiento de grandes músicos populares como Santiago Ospino o Marceliano Orozco, entre muchos otros.    Continuará…

***

CODA: Lo escuché en un supermercado de la ciudad. “Hay que pedir algo al nuevo alcalde de Cartagena, el que sea, quién sea, la que sea, puede sonar conformista, falto de ambición o miserable… Ni si quiera vamos a pedirle la mejor gestión, lo único que le pedimos es que por favor, termine su período”. Tiene toda la razón.

 

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