El poder no solo puede comprarse: también puede seducirse. Y cuando lo privado invade lo público, la factura termina pagándola toda la ciudadanía colombiana

 - Esther Vilar en Palacio

A propósito de los recientes debates sobre la influencia que ciertas relaciones personales pueden llegar a tener en las decisiones del poder, recordé un libro que hizo mucho ruido hace más de medio siglo.

Esther Vilar, una escritora argentino-alemana, publicó un libro que provocó gran controversia. El varón domado, aparecido en 1971, sostenía una tesis provocadora e incómoda en su momento: el hombre poderoso, ya fuera político o empresario, no siempre es quien domina; con frecuencia termina siendo conducido por quien ha aprendido a conocer sus debilidades.

La autora fue acusada de misógina, antifeminista y de caricaturizar las relaciones entre hombres y mujeres. A la luz de los inmensos avances alcanzados por las mujeres y por las comunidades LGTBQ+ durante más de medio siglo, muchas de sus afirmaciones resultan hoy discutibles y, en algunos casos, claramente desactualizadas.

Sin embargo, vale la pena rescatar un hilo de su obra. Interpreto a Vilar así:

La verdadera vulnerabilidad de quienes ostentan poder poco tiene que ver con su inteligencia analítica o con su capacidad de decisión. Radica, sobre todo, en sus necesidades emocionales.

Todo ser humano —incluidos quienes ocupan las más altas posiciones— desea ser admirado, sentirse especial. Quiere creer que alguien lo aprecia por lo que es y no únicamente por el cargo que ocupa. El problema aparece cuando tales necesidades íntimas dejan de pertenecer exclusivamente a la esfera personal y comienzan a tener alguna incidencia en el ejercicio del poder.

El proceso suele ser casi imperceptible. Quien advierte que tiene acceso privilegiado al poderoso descubre muy pronto que posee una influencia poco común. Si además comprende cuáles son las necesidades emocionales de quien manda, el resto del proceso puede desarrollarse casi sin que ninguno de los dos actores sea plenamente consciente del curso que pueda tomar.

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Primero aparecen la atención y el halago. Luego surge en el poderoso la convicción de que hay afecto y que es auténtico, de que alguien lo mira por quién es y no por el cargo que ocupa. Más tarde llegan pequeñas concesiones, favores aparentemente inofensivos. Finalmente, las fronteras entre la vida privada y el ejercicio del poder empiezan a desdibujarse.

No hay que imaginar conspiraciones ni pactos secretos. Basta con que quien ejerce autoridad empiece a proteger una relación personal por encima de las reglas impersonales que debería respetar en su cargo. La sensatez y la razón, para sorpresa de todos, se van al suelo.

En ese momento ocurre una inversión silenciosa del poder. Quien parecía tener toda la autoridad descubre —a menudo demasiado tarde— que sus decisiones ya no obedecen al interés institucional. El acceso emocional —una forma de fascinación, de enamoramiento o de dependencia afectiva— comienza a pesar más que el mérito, los procedimientos o la transparencia. Y no pocas veces, la posibilidad del chantaje juega un papel determinante.

La tesis de Vilar trasciende por completo el género. En realidad, no habla únicamente de hombres y mujeres. Habla de la condición humana. Una persona capaz de identificar y satisfacer una necesidad emocional de un gobernante, un empresario, un juez o un líder religioso puede adquirir, con algo de suerte, una influencia desproporcionada. Hablo de suerte porque, por supuesto, se requiere que el poderoso haya puesto el ojo en tal persona o personas.

De ahí que las democracias modernas insistan tanto en los controles, los conflictos de interés y la transparencia. No solo porque se desconfíe de entornos que hagan posible la corrupción económica. También porque saben que el ser humano rara vez es completamente objetivo cuando entran en juego el afecto, el deseo, la vanidad o la simple necesidad de reconocimiento. O el chantaje.

Quizá esa sea la verdadera vigencia de El varón domado. Más allá de sus exageraciones y de las objeciones que hoy suscita su mirada sobre hombres y mujeres, nos recuerda que el poder no solo puede comprarse; también puede seducirse. 

Sin embargo, el poderoso no es únicamente una víctima de sus debilidades. Precisamente por la autoridad, los recursos y las oportunidades que concentra, puede propiciar relaciones desiguales, sucesivas o simultáneas, en las que se mezclan el deseo, el acceso y las expectativas de beneficio. Por eso su responsabilidad es mayor. Cuando las emociones privadas terminan influyendo sobre nombramientos, contratos o decisiones públicas, no solo se deteriora la institución que representa: la factura de sus debilidades y de sus abusos termina siendo pagada por los ciudadanos.

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Por Rafael Orduz Medina

Bogotano, economista de la Universidad de los Andes y doctor en economía (Alemania). Ha trabajado en petroquímica y metalmecánica, ha sido director del ICBF, viceministro de Educación, senador por Visionarios, presidente ETB.