¿Puede una democracia cambiar simplemente porque cambió el lugar donde se realiza una ceremonia? A primera vista parecería una discusión menor. Sin embargo, la historia demuestra que los grandes cambios políticos casi nunca comienzan con un golpe espectacular, sino empiezan con gestos, símbolos y decisiones que muchos consideran irrelevantes hasta que, con el paso del tiempo, adquieren un significado mucho más profundo.
En los últimos días, Colombia ha debatido intensamente sobre el escenario elegido para la posesión presidencial. Para algunos se trata apenas de una cuestión protocolaria; para otros, de un mensaje político de enorme trascendencia. Pero quizá ambos enfoques se quedan cortos, pues la verdadera discusión no gira alrededor de un edificio, una plaza o una guarnición militar. Lo que realmente está en juego es la forma como una democracia representa el poder frente a sus ciudadanos.
Hoy quiero invitarlos a ir más allá de la coyuntura y de las pasiones partidistas. Quiero que conversemos sobre algo que pocas veces aparece en el debate público: el enorme poder de los símbolos políticos. Porque las democracias no solo se sostienen con constituciones, elecciones o tribunales; también sobreviven gracias a rituales que recuerdan quién manda realmente en una República. Y cuando esos símbolos cambian, vale la pena detenerse a pensar qué nos están diciendo. Parece que está en riesgo el camino de hacer de nuestro país una verdadera República democrática
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