Los líderes carismáticos brillan tanto que terminan quemando cuanto crece bajo su sombra. Se proclaman irremplazables y dejan una procesión de dirigentes opacos

 - Esterilidad de los líderes carismáticos

Como el nogal en su alelopatía biológica —capacidad de producir una sustancia para impedir el crecimiento de otras plantas a su alrededor—, los líderes carismáticos practican una alelopatía política para impedir el surgimiento de nuevos liderazgos bajo su sombra. Casi nadie se eleva bajo el poder de su carisma; solo él existe y es irremplazable, por lo menos, para su comunidad política. Se siente con el compromiso de brillar permanentemente hasta convertirse en un artefacto brillante.

Su carisma da vida a su movimiento, pero se la quita tan pronto se muere. Se lleva su propia construcción al cementerio; solo deja detrás de sí una estela de dirigentes opacos, políticos menores que solo brillaban con su resplandor. Desde una perspectiva humana, suele suceder con alguna regularidad: un líder carismático no es más que otro fraude histórico, alabado y temido a la vez por su astucia y el temor que infunde.

Abundan los ejemplos en la historia política de Colombia. Muchos liderazgos personalistas han movilizado multitudes de colombianos sin construir jamás una patria respetable en el concierto internacional. Sus esplendores crearon feligresía política, pero nunca un Estado sólido con sentido humano para el desarrollo material y mental de sus habitantes.

Líder carismático con aspiraciones caudillistas fue el general liberal Tomás Cipriano de Mosquera. Dominó parte de la política colombiana del siglo XIX, pero su liderazgo no implementó el liberalismo de la época. Por el contrario, se consolidó el espíritu conservador de terratenientes en connivencia con la Iglesia católica tradicional.

Tampoco sobrevivió el liberalismo de Rafael Uribe Uribe, figura influyente en los comienzos del siglo XX; su asesinato no dejó ningún liderazgo excepcional. Ni Gaitán creó un discípulo memorable, el movimiento se disolvió con su asesinato; no hubo gaitanista brillante ni siquiera en el mismo Partido Liberal. La ANAPO perdió cohesión tras la desaparición del general Gustavo Rojas Pinilla. Como lo registra el refranero popular: “Muerto el perro, se acabaron las pulgas”.

Por su parte, Álvaro Uribe Vélez inventó una bandera política, pero en su visible decadencia ya no se vislumbra un dirigente brillante en el Centro Democrático; simplemente se percibe una aglomeración de políticos opacos. Similar situación para Gustavo Petro. Si se retirara como “mueble viejo” o expresidente pensionado, sería el final del Pacto Histórico. Ninguna figura descollante a la vista en la iglesia petrista. Consciente de un legado vacío, el actual presidente aspira a ser el director del partido y jefe real de la oposición. Tanto él como los otros solo empobrecen la democracia, pues el enorme delirio de importancia personal no favorece ni el diálogo ni el liderazgo colectivo. Exactamente como sucede con el nogal en su alelopatía biológica.

Brillante Hannah Arendt, también su trabajo Los orígenes del totalitarismo. Sostiene la filósofa e historiadora norteamericana que los líderes totalitarios parten de una “correcta suposición psicológica”: sus seguidores, ante sus evidentes mentiras, terminan por creerlas, defenderlas y admirándolo por su “superior astucia táctica”. Porque, diría yo, todo líder carismático con aspiraciones caudillistas es un genio en astucia, pero un incompetente en sabiduría, el fundamento esencial para dirigir correctamente un pueblo.

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