¿Es usted multiculturalista?

Adoptar una postura positiva y favorable en defensa de los derechos culturales debe impedirnos caer en esencialismos precolombinos y eurocéntricos

Por: Mateo Malahora
abril 11, 2019
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¿Es usted multiculturalista?

"Hay que hablar de solidaridad igual que antes hablábamos de libertad, igualdad y fraternidad" Ricardo Petrella.

Levantada la protesta indígena y de los movimientos sociales en el Cauca nos preguntamos si podemos caer en la honda reivindicativa antropológica, vale decir, aceptar con todo su alcance teórico y sociopolítico el multiculturalismo que proclama la Constitución de 1991, que obliga al Estado a garantizar su respeto y utilizar para ello los instrumentos jurídicos adecuados.

Ya Canadá, de origen británico y francés, fue el primer país en hacer este reconocimiento, declarado en La Carta Canadiense de los Derechos y las Libertades, en la que se estipula que todas las normas constitucionales deben interpretarse de manera coherente con el espíritu del multiculturalismo, por tratarse de un país donde existen culturas nativas, como los inuit, pueblos indígenas que viven en las zonas heladas del norte del país, y, además, asentamientos de inmigrantes de todos los pueblos del mundo en su territorio.

Adoptar una postura positiva y favorable en defensa de los derechos culturales que pregona la carta es lo que debe impedirnos a los colombianos caer en esencialismos precolombinos y eurocéntricos.

Expirada la modernidad, que creó formas de pensar foráneas y dejó secuelas que no han podido suprimirse en Iberoamérica, se aprecian en el continente mudanzas culturales y movilidades raciales que, en el crisol de la formación del hombre latino, enorgullecen la hibridez de las comunidades nacionales.

Fusión y mestizaje que no se salvan de caer en la violencia simbólica que se asoma con brutal enajenación en los estamentos sociales que presumen gozar de supremacía y superioridad por su cultura o color de piel, intentando abrir paradigmas fascistas y mesiánicos que la humanidad cerró en Ruanda, degolladero que levantó banderas en nombre de creencias religiosas de origen y superioridades raciales para justificar políticamente la carnicería realizada entre los meses de abril y julio de 1994.

Como se recordará, fue en Holanda, que ocupa el puesto quince en el desarrollo humano mundial, donde se fraguó y alentó la matanza, utilizando machetes y armas no convencionales que, en tres meses, dejó de ochocientos mil víctimas mortales de la comunidad de los tutsi, genocidio planificado, sistemático y metódico, para vergüenza de la humanidad, por el silencio y desprecio deliberado de la ONU y su Consejo de Seguridad, así como el silencio de Estados Unidos, Francia y Alemania, como le escuchamos en estremecedor relato al Comandante que fuera del Cuerpo de Paz en Ruanda, General Roméo Dallaire de la misma ONU, en Vancouver, en compañía de mis amigos Frances MacQueen, Directora VAST (Vancouver Asociación para los Sobrevivientes de la Tortura) y Peter Johnson, ONG a la cual estuve vinculado.

La mortandad, “firme y con criterio social”, fue financiada criminalmente con dineros del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, IFI.

Causa, sí, preocupación que el surgimiento de conductas basadas en gregarismos primarios que apelan compulsivamente al nosotros, consideran que existen culturas que sobran.

Impedir su desarrollo, mediante políticas públicas pedagógicas, es una obligación moral del Estado, máxime que nuestros pueblos, que viven peligrosamente en la época “de la información y el conocimiento”, están contaminados por ideas totalitarias.

Tiempos de ambigüedades que inducen a pensar que existen religiones sin divinidades, capitalismo sin proletariado y Estado sin ciudadanos, para que el mercado se imponga omnímodamente.

Formas de pensamiento impulsadas por la globalización, que ha hecho de la mercancía una religión sin precedentes, que está por encima de las barreras políticas, nacionales y lingüísticas, que tiene como rito universal el dinero y filtra desencantos y quimeras envolventes en los estamentos pobres, la clase media y en la estrecha desolación en que viven los vencidos por el posmodernismo.

Nos preguntábamos: ¿Era un mito y una fábula científica el trasplante del cerebro?

La hazaña, pueden tener plena seguridad y certeza, ya se realizó, salvo que la información no tuvo el despliegue mediático esperado.

Veamos sus alcances. El neoliberalismo logró, con sorprendente éxito, implantarle un segundo cerebro al sistema capitalista para salvar su cuerpo, pensando que con su proeza, de injertarle un segundo sistema neuronal, perteneciente al fallecido liberalismo económico, al cerebro vivo de la actual economía de mercado, a la que se le infiltró el mismo ADN del expolio, el saqueo y el despojo, podría proteger y salvar a la especie humana. Los resultados están a la vista. No hay ilusiones.

Salam aleikum.

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