Entidades Oscuras (continuación)

—¡Lucifer, lo que haces es una traición y de ninguna manera tendrás el paso al solio! Prorrumpió Miguel —¿Cómo osas pararte aquí e injuriar contra el Padre?

Por: Nery Galué Leal
marzo 09, 2022
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Entidades Oscuras (continuación)
Foto: Pixabay

Capítulo I
LA GRAN CONSPIRACIÓN

(continuación)

—¡Lucifer, lo que haces es una traición y de ninguna manera tendrás el paso al solio! —prorrumpió Miguel con voz tonante— ¿Cómo osas pararte aquí e injuriar contra el Padre? —inquirió a la vez que dirigía la punta de su hoja al rostro perfecto de Lucifer— Aunque tú seas el más poderoso de entre nosotros debes recordar que también fuiste creado por Él.

—¡Miguel, Gabriel, Rafael, Uriel, Samuel y Zadkiel, ustedes seis son hermosos! —dijo el renegado removiendo con su dedo blanquecino el filo de la espada—. Ustedes están llenos del más puro de los milagros; de todas las creaciones celestiales, ustedes seis son mi más grande gozo. Pero sus ojos han sido cegados por la maldad —alegó mientras daba la espalda al arcángel—.

—¡Sí, es verdad! —expresó Lucifer con ironía— Yo también soy hijo del Padre, pero ¿debe un hijo cometer los mismos errores de su progenitor?

Tras haber formulado la pregunta, doce poderosos serafines ataviados con hermosas túnicas rojas en forma de albas, ceñidas a las cinturas por cíngulos dorados y cubiertas desde el cuello por largas capas blancas, llegaron a los seis arcángeles desde la retaguardia aferrando cada uno sus respectivas espadas y dirigiéndolas hacia el peto de aquellos.

—¡Miguel! —llamó Irián, el máximo serafín— No es necesaria la violencia. Por favor, haz que bajen las armas y dejen que Lucifer se haga con el trono

—¡Nunca! —rebatió el arcángel con voz resonante—. Ninguno de nosotros cederá a la intención de Lucifer —dijo mientras apartaba las hojas irisadas de su armadura y retrocedía dócilmente para alcanzar las batientes níveas del recinto sagrado y salir a la Plaza Mayor de Jubileo. Y mientras lo hacía, indicaba con su mirada a los otros arcángeles que le siguieran.

—Él habla de mentira y de maldad, palabras horrendas que me han sido desconocidas hasta ahora y que jamás aceptaré sean asociadas a mi Padre —expresó con furia—. ¿Cómo pueden ustedes creer tales atrocidades?

Lucifer salió entonces del Gran Magistrado y, posándose frente a Miguel, le habló con ironía:

—Yo soy ahora tu Padre—. Y diciendo aquellas palabras, levantó su mano, la dirigió hacia ellos, los despojó de sus espadas y los arrojó contra el suelo.

Miguel, aunado de sentimientos profundos y ahogados, miró hacia su alrededor y observó desasosegadamente al mundo que debía proteger. A lo lejos y hacia el occidente se extendía el hermoso Campo de las Virtudes y el lago de la Eterna Misericordia. Hacia el sur, el gran Castillo Sagrado del Todopoderoso. Hacia el este, cada uno de los nueve firmamentos propios de cada mundo y al norte, el Gran Magistrado Celestial, iluminado eternamente por el solemne astro blanco que nunca dormía. Y sobre el arcángel, la mirada abatida y desesperada de miles de ángeles que lloraban al verlo tendido en el suelo e indefenso.

Miguel, aún lleno de esperanzas, se levantó, expandió sus alas, las volvió a plegar y se dirigió nuevamente a Irián, tratando de que aquel, de alguna manera, reaccionara.

—Irián —llamó con voz adormecida—, tú como supremo serafín, estás aún más cerca del Padre que cualquiera de nosotros, ¿cómo es posible que seas partícipe de esta sublevación?

Y, hastiado entonces de las palabrerías de Miguel, Lucifer, viéndose rodeado por miles de miles de ángeles y demás huestes celestiales, decidió, pues, dar comienzo a enjuiciamientos injustificados para poder deshacerse de todos aquellos que no le siguieran en su nueva doctrina.

—Lamentable es el hecho de tener que alejarlos a ustedes de mi presencia y apartarlos de todos los otros que han reconocido la verdad en mis palabras —dijo caminando pausadamente por entre la multitud de ángeles—; con gran desánimo no me queda de otra que condenarlos a ustedes seis a los calabozos hasta que aprendan a aceptarme y alabarme como a su verdadero y adorado padre—. Y aquí hubo un largo silencio. Luego prosiguió. —Y en cuanto a los ancianos sabios de la creación, como nada tengo que oír de ellos, más que lamentos y alabanzas incesantes a un Padre que nunca se ha preocupado, más que por Él mismo, también los sentencio a la eternidad en los calabozos, al menos que se inclinen ante mí y reconozcan la verdad —dictaminó.

Lucifer se apartó entonces de las miradas atisbantes de los millares de ángeles y, dirigiéndose nuevamente hacia las batientes níveas del Gran Magistrado Celestial, cruzó el pasillo pavimentado de mármol, se sentó en el solio y, desde allí, ordenó entonces llevar a cabo el encarcelamiento.

No obstante, Miguel y sus hermanos no pretendían ser abatidos con facilidad. Los seis arcángeles aprovecharon el momento en que el sacrílego se hacía con el solio del Padre para levantar sus armas del suelo y, sin pensarlo dos veces, iniciaron la lucha contra los serafines y los ángeles que le seguían. Sin embargo, la cantidad de acólitos luciferinos era enorme y, a pesar de que lograban derrotar a muchos, siempre seguían llegando más y más.

Miguel llamó entonces a su ejército de ángeles, y asimismo hicieron los demás.

Lucifer, sin embargo, solo observaba la perfección de sus manos; aquello le era insignificante.

Uno de los sabios del Gran Magistrado Celestial se acercó entonces hasta él sosteniendo el libro sagrado entre sus manos para pedirle que detuviera aquella matanza, pero Lucifer no respondió. No obstante, reparó en el libro de los manuscritos y demandó le fuera entregado inmediatamente.

—El libro que cargas ya no necesita de tus cuidados —dijo mientras se levantaba del trono presentándole el brazo muy extendido y con la palma abierta.

Uno de los ángeles de Miguel se percató de aquello y volando más raudo que los vientos, tomó al anciano por la cintura y se lo llevó lejos del pérfido hacia la guarida secreta de Dimosterius. Y ante aquella osadía, el traidor se encolerizó y ordenó a sus hordas destruirlos a ambos. No obstante, Miguel impidió el ataque, logrando que aquellos alcanzaran las grandes puertas doradas del Castillo Sagrado y se refugiaran dentro de aquel.

—En ese libro se encuentra la clave de la conquista de todos los universos existentes —indicó Lucifer a sus ejércitos—. Vayan y consíganlo a toda costa —ordenó con voz imperiosa y se sentó.

Y entonces el cielo se oscureció ante el súbito arribo de cientos de miles de ángeles más que llegaron prestos a asistir a su líder. Los serafines, querubines y ángeles que aún seguían firmes en su devoción hacia el Padre Universal, volaban en formaciones cerradas tratando de detener los ataques aéreos, pero la cantidad de seguidores luciferinos era mucho mayor.

No obstante, Miguel divisó por encima de la nube de ángeles renegados a su ejército y, levantando su mano, les ordenó detenerse.

—¡Lucifer! —llamó Miguel— Esta es tu última oportunidad para que desistas de esta insurrección.

El insurgente levantó la mirada, mas no la cabeza. Luego, tomó una gran bocanada de aire y siguió contemplando sus manos.

—Muy bien. Así será —dijo Miguel.

El poderoso arcángel bajó entonces caer su mano con gran fuerza y rapidez y, con ello, indicó comenzara el ataque.

Los seguidores de Lucifer arremetían contra la ciudad llevando sus alas bien hacia al frente y arrojando sus plumas como saetas enardecidas; con fuerzas devastadoras capaces de levantar olas terrestres que barrían la ciudad, destruyendo los hogares de muchos ángeles y de otros seres que allí habitaban. Miguel levantó nuevamente su mano blandiendo con fuerza su espada e indicó a sus súbditos frenar a toda costa la acentuada falange aérea. Miles de ángeles caían atravesados por las plumas alesnadas y rígidas de los arqueros; otros, por las espadas dentadas de los guerreros.

Mientras los ejércitos de Gabriel, Zadkiel y Uriel protegían el norte, los ejércitos de Miguel y Rafael protegían el sur.

—¿Dónde está Samuel? —preguntó Rafael con aire dubitativo.

No obstante, el atroz embiste de las plumas de los arqueros le hizo olvidarse de aquel.

Miguel llamó entonces a Gabriel para que se concentrara en los lanzaplumas. Y aquel obedeció:

—Ángeles a mi mando —llamó con tono imperioso—, eleven sus escudos y bloqueen a los arqueros —ordenó.

Mas los lanzaplumas, habiendo escuchado la orden de Gabriel, procedieron a resguardarse detrás de los escuderos. Miguel intervino de una vez.

—Ángeles a mi mando —llamó—, quiebren los escudos para abrir paso a los ángeles de Gabriel.

Y entonces cientos de miles de ángeles volaron velozmente, lanzando mandobles a diestra y siniestra, rompiendo los escudos de muchos guerreros y abriéndoles paso a los ángeles de Gabriel para que se hicieran con los arqueros. Empero, la miríada de vasallos luciferinos parecía impenetrable, aun cuando derrotaban a muchos, seguían llegando más y más.

La sangre azul de los ángeles abatidos caía en forma de lluvia entintando los suelos de alabastro en la Plaza Mayor de Jubileo y los céspedes níveos del Campo de las Virtudes, mientras que los cuerpos inanimados se estrellaban violentamente contra las estructuras de la ciudad.

Gabriel llamó entonces a Miguel para advertirle que el peligro se incrementaba: Una inmensa formación cerrada de serafines al mando de Lucifer se dirigía velozmente hacia ellos desde los flancos derechos e izquierdos, los cuales se encontraban desprotegidos y, ante aquello, Miguel giró en torno buscando a los otros.

—¡Rafael! ¡Zadkiel! —llamó Miguel desde el sur—. Convoquen a sus ejércitos a formación y contengan el embiste de los serafines contra los muros del Castillo Sagrado;  ¡Que no caiga una sola piedra! —ordenó.

Pero por mucho que Rafael y Zadkiel intentaban cumplir con lo que su líder les ordenaba, los ejércitos de Lucifer seguían llegando desde todos los confines del universo como si fueran las mismas estrellas precipitándose contra aquel suelo. Miguel supo entonces que el traidor había comprado con sus ideas a las huestes celestiales de otros mundos desde hacía largo tiempo ya; que aquella era una batalla planificada durante eternidades,  mas ¿cómo lo había logrado? o ¿en qué momento el primer hijo del Padre Universal había podido burlar al Creador de tal manera? Eran preguntas que repercutían una y otra vez dentro de su cabeza.

Miguel abandonó entonces la batalla por un momento y se dirigió raudamente hacia el recinto del Gran Magistrado Celestial para pedir a los serafines, aún fieles al Padre, que unieran sus fuerzas y que junto a los querubines se enfilaran a detener el ataque de las hordas de Lucifer.

—Contra ellos será muy difícil pelear —dijo con voz mustia—, pertenecen al primer coro y solo ustedes pueden enfrentarlos.

Lucifer, sentado en el solio, ignoraba descaradamente la presencia del arcángel. Irián llegó entonces desde la retaguardia, levantó su mano y ordenó a todos permanecer inmóviles. Y en respuesta, los ojos azules de Miguel relampaguearon y sus alas se desplegaron y plegaron rápidamente.

—¡Irián! No sé qué te propones —dijo con voz tonante mientras daba pasos firmes hacia él—, pero ¿has pensado que una vez que el Padre regrese, ni tú ni Lucifer, ni ningún ejército podrán contra Él?

Irián permaneció mudo buscando los ojos negros e inexpresivos de Lucifer, mas no consiguió verlos. Su amado líder contemplaba sus manos y no levantaba la mirada. Todo le era indiferente.

—¡Él no es nadie en comparación con el Padre Universal! —señaló Miguel con su dedo hacia el trono.

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