Opinión

Encuestas, brujas y credibilidad

No hay que creer en las encuestas, ni en brujas, pero que las hay las hay, y para todos los gustos

Por:
octubre 12, 2015
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La descalificación y la denuncia de las encuestas, o el aprovechamiento para cautivar al electorado, forman parte de ritual electoral colombiano. Es parte de sainete de cada cuatrienio electoral. Las encuestas no son un instrumento para informar e ilustrar desinteresadamente al electorado, su propósito es formar y deformar la opinión. Las encuestas orientan y desorientan de manera interesada. Son una forma perversa de incidir en la lucha y los resultados electorales.

Las encuestas son un fenómeno esencialmente urbano, de las grandes ciudades. Con excepción de las 32 capitales de departamento donde se realizan, en el resto de los 1102 municipios los ciudadanos no disponen de encuestas que les permitan orientar sus preferencias políticas, ni los políticos pueden hacer uso perverso de esta herramienta electoral.

Las encuestas se han convertido en una suerte de droga adictiva para los candidatos, formadores de opinión y el ínfimo número de gomosos que se interesan de manera asidua por la “cosa política”.

Al igual que los lectores de horóscopos que se aferran o rechazan el mensaje según sea de su conveniencia, las campañas políticas acogen y divulgan las encuestas a los cuatro vientos cuando son notoriamente favorables y las denuncian como falsas o parte de una campaña de desprestigio y manipulación de sus rivales electorales. El caso de Bogotá ilustra de manera patética esta situación. La candidata Clara López, que durante todo el año 2014 encabezó las encuestas a la Alcaldía de Bogotá, entusiasta las acogía y divulgaba. En octubre de este año, cuando las encuestas la colocan en un segundo o tercer lugar de las preferencias, decide denunciar y desconocer las mismas encuestas que otrora la daban como la posible alcaldesa. Los candidatos favorecidos, Peñalosa y Pardo, agradecieron “el respaldo ciudadano”, expresado en la encuesta denunciado por López.

Los grandes medios son los encargados e interesados en hacer visibles y creíbles las encuestas, de acuerdo a su leal saber y entender, a sus particulares intereses. Las propias encuestadoras terminan asombradas de los usos, abusos y lecturas que de ellas se hacen. Pero de eso se trata, para eso se contratan. No hay leyes ni reglamentación que valga en esta batalla desleal por incidir en la opinión a nombre de la libertad de información. Se trata de un mutuo acuerdo entre políticos e informadores para convertir la información y las cifras de las encuestas en manipulación política y electoral.

Las firmas encuestadoras, todas debidamente reconocidas por la autoridad electoral y su correspondiente ficha técnica, venden completas o fraccionadas, por encargo de un gran medio o a motu proprio. El medio decide qué parte de la encuesta compra y qué parte de ella divulga. La ficha técnica en letra menuda es la hoja de parra que encubre el entuerto. La lectura que se hace de la encuestas, sus énfasis, sus comentarios y chascarrillos, los analistas invitados, dependen de los intereses, de los compromisos, de las empatías o antipatías del director del medio, de los anunciantes. Las firmas encuestadoras tampoco son ángeles incontaminados, no son extraterrestres o profesionales estadísticos neutros, también tienen sus intereses, su corazoncito, sus simpatías y empatías, sus odios heredados, sus cuentas por cobrar.

Las encuestas como la basura son reciclables, reutilizables, todo es cuestión de conveniencia. En las redes se publican sin precisar su fecha de vencimiento.

La divulgación de las encuestas siempre es interesada, selectiva, parcializada, subjetiva. Para los candidatos su publicación periódica se convierte en una pócima esperanzadora de que las cosas han mejorado para los gobiernos, los egos públicos y para los aspirantes a cargos de elección popular. Tras el humo y la alharaca de unos días, todos esperan la próxima o la otra, la “más seria y creíble”, “la que no es por teléfono”, con la esperanza de ver mejorados los porcentajes de respaldo, disminuir la imagen negativa, en últimas, ver convertidas en cifra sus ilusiones, sus baratijas políticas, su esfuerzo en favor de los demás, sus simulaciones.

Las encuestas y su interpretación son una fotografía desechable, un periódico de ayer, un mal necesario, un instrumento perverso de la lucha política, una manera de crear percepciones y ocultar realidades. Una forma de lucha, una batalla por conquistar la opinión a cualquier precio, cuyas únicas víctimas son la verdad y el derecho ciudadano a elegir en libertad, informado y en conciencia. Manías de todas las democracias, a lo cual no escapa la nuestra, tan menguada, tan poco creíble y aún tan distante.

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