Opinión

El posconflicto como coyuntura crítica

Tenemos la oportunidad histórica de instaurar diseños institucionales inclusivos que permitan mover al país hacia mayores niveles de bienestar social para todos

Por:
octubre 12, 2015
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El posconflicto será el momento en el cual, tras la firma de un acuerdo de paz con las Farc que silencie esos nefastos fusiles, el país en pleno tendrá que asumir la responsabilidad de concentrarse por fin en la tarea de reconocer la existencia de los profundos y agudos conflictos políticos y sociales que históricamente desataron tanta violencia, y que aún hoy siguen peligrosamente vigentes. Solo si reconocemos y buscamos maneras realmente justas y creativas de resolver esos conflictos primordiales e imperantes, podrá el posconflicto ser un verdadero momento de construcción de paz.

Una comprensión medianamente realista e históricamente informada de las guerrillas colombianas no se compadece con las tontas, pero ampliamente difundidas, simplificaciones mediante las cuales se ha buscado caracterizarlas ante la opinión pública: “bandidos comunistas” (como me enseñaban a decir cuando estaba en el servicio militar), o “amenaza narcoterrorista” (como me informaban que debía decir cuando trabajaba en el gobierno).

No: las guerrillas como las Farc han sido, ante todo, las expresiones más radicales, violentas, crueles, oportunistas y contraproducentes que han emanado de la incapacidad y el desinterés del régimen político para reconocer y resolver esos profundos y agudos conflictos políticos y sociales enraizados en la historia de la construcción del Estado colombiano, así como de la imposición unilateral de un modelo de desarrollo para toda la nación, principalmente en sus periferias urbanas y, sobre todo, rurales.

Tenemos que aprovechar la oportunidad del posconflicto para hacer visibles y para transformar las trágicas, injustas y complejas realidades que han permanecido ocultas tras el oscuro telón del —más mediático y tristemente conveniente— teatro de operaciones de los actores violentos.

Para cualquier país, transformar una pertinaz senda histórica de conflicto y subdesarrollo en un sendero de construcción de paz y progreso económico y social es una tarea tremendamente difícil. En teoría, dado lo que las ciencias sociales han podido observar en la práctica, ello solo es posible cuando una nación se encuentra ante una coyuntura crítica: un momento histórico en el que las derivas del azar, las coaliciones políticas y la situación económica e internacional resulta favorable para darle impulso y concreción a la implantación de reformas institucionales verdaderamente inclusivas.

Hoy tenemos en Colombia la oportunidad histórica de anticiparnos al surgimiento de una coyuntura crítica que muy probablemente nos puede abrir campo para instaurar nuevos diseños institucionales inclusivos que permitan mover al país hacia una nueva senda de desarrollo económico que signifique, por fin, mayores niveles de bienestar social y humano para todos sus habitantes, y no solo para unos cuantos. Dicha coyuntura crítica es el posconflicto que, muy seguramente, se avecina.

Una lectura juiciosa y desapasionada del borrador conjunto sobre el Punto 2, sobre participación política, del acuerdo de paz entre el gobierno y las Farc, da buenas pistas sobre la importancia y la magnitud de los cambios institucionales que podríamos proponer e impulsar.

Dicho acuerdo abre la posibilidad de constituir instituciones políticas —nuevas reglas de juego— que permitan fortalecer las capacidades de organización, voz e incidencia política de las organizaciones y los movimientos sociales en los territorios, así como fomentar el surgimiento y la consolidación de partidos y movimientos políticos de índole local y regional que, mediante el aseguramiento de garantías reales para el libre y eficaz ejercicio de la crítica y la oposición, puedan florecer como alternativas de representación y de poder político en las regiones.

Cuando vislumbramos estas interesantes posibilidades de cambio político que se abrirían con un posconflicto eficiente y exitoso, podemos ver con mayor claridad el verdadero talante de los enemigos del proceso de paz; tanto de los más visibles, como de los menos visibles. Claro, si firmar y construir la paz en gran medida va a significar transformar las instituciones excluyentes y extractivas características del status quo en el que Colombia ha estado anclada durante décadas, la estrategia de aquellos a quienes dicho status quo beneficia será la de atacar, a como dé lugar, el proceso de paz; tanto por sus fallas previsibles y naturales, como por sus arduos y esperanzadores logros.

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