Texto escrito por: Fatima Andrea Silva Garcia
En la Costa tenemos una frase para casi todo, o simplemente utilizamos un “aja” para responder a la mitad de nuestras conversaciones diarias y cuando ya tenía mi tema para este artículo de opinión, sabía que necesitaba un título potente y vino a mi mente este dicho tan costeño: “Está bueno el cilantro, pero no tanto”. Se usa cuando algo gusta, sirve o incluso hace falta, pero cuando aparece demasiado, empieza a incomodar.
Y algo parecido ocurrió cuando Colombia comenzó a recibir a millones de venezolanos; fue entonces cuando esta idea, de que estaba bueno el cilantro, pero no tanto, se instaló en el imaginario nacional.
La crisis venezolana se profundizó tras la llegada de Nicolás Maduro a la Presidencia en 2013, en medio de una creciente confrontación política, protestas, denuncias de vulneraciones de derechos humanos y una fuerte polarización. A esto se sumó el deterioro de una economía altamente dependiente del petróleo: la caída de los precios internacionales, la disminución de la producción y otros problemas económicos provocaron una inflación descontrolada y una pérdida significativa del poder adquisitivo.
La situación también dificultó el acceso a alimentos, medicamentos y servicios básicos, convirtiendo la crisis política y económica en una crisis social que llevó a millones de venezolanos a abandonar el país. ACNUR la reconoce como una de las mayores crisis de desplazamiento de población del mundo, situación que yo misma pude experimentar, ya que en 2015 viví en Venezuela por el trabajo de mi padre. Allí pude conocer el país y, aunque ya existía toda esta situación, también pude conocer lo hermoso que era y la calidad de sus personas. Sin duda, me hubiera encantado poder seguir allí muchos años más; sin embargo, solamente pude estar un año.
La razón de mi partida, aunque pueda parecer muy “boba”, marcó un antes y un después, no solo para mí, sino también para millones de personas que no tuvieron la posibilidad de irse como yo lo hice. La panadería en Venezuela es muy famosa porque hacen unos panes exquisitos. Un día fui con mi mamá a comprar una “canilla” (así se le llama en Venezuela al pan tipo francés o baguette). Cuando llegamos, nos dijeron que solamente podíamos comprar una canilla por familia. En ese instante, mi mamá y yo tuvimos un intercambio de miradas y, segundos después, me dijo al oído: “Fatima, nos vamos”. Sabíamos que, después de eso, no estábamos viviendo una simple etapa; era el inicio de algo peor.
Mientras los políticos se enfrentaban, la gente buscaba sobrevivir. Para 2018, ACNUR y la OIM ya hablaban de 3 millones de venezolanos fuera del país, y estimaban que unas 5.500 personas estaban saliendo diariamente durante ese año. Hoy, la cifra se acerca a 7,9 millones de venezolanos fuera de Venezuela.
Para 2024, más de 2,8 millones de venezolanos se encontraban registrados en Colombia, lo que convirtió al país en el principal receptor de población venezolana en América Latina y supuso un proceso de adaptación para las instituciones colombianas.
Y fue entonces cuando apareció otra crisis: la de la memoria.
Porque mientras algunos colombianos hablaban de los venezolanos como si fueran responsables de todos nuestros problemas, parecíamos olvidar que alguna vez fueron los colombianos quienes cruzaron la frontera buscando una vida mejor en Venezuela.
Venezuela no siempre fue el país del que millones querían escapar. Durante buena parte del siglo XX fue, por el contrario, un destino para miles de colombianos que buscaban trabajo y mejores oportunidades.
La llegada masiva de migrantes generó desafíos para Colombia. Negarlo sería absurdo. Pero convertir esos desafíos en xenofobia es otra cosa. Es el momento y los chistes sobre los “venecos” (una forma que en lo personal me parece despreciable para referirnos a los venezolanos) se han vuelto parte del lenguaje cotidiano de muchos colombianos. Para escribir este artículo decidí ver algunos videos sobre el tema y leer sus comentarios. Uno tras otro, encontraba comentarios más crueles que el anterior. Y me dolió. Me dolió pensar en qué momento normalizamos odiar, despreciar y deshumanizar a otros sin el mínimo de culpa.

El migrante no escogió la crisis que lo obligó a salir. No escogió perder el poder adquisitivo de su familia, encontrar hospitales sin recursos o vivir en medio de una profunda confrontación política.
Y nosotros no deberíamos olvidar que alguna vez también fuimos quienes cruzamos una frontera buscando mejores oportunidades.
Está bueno el cilantro, pero no tanto como para olvidar de dónde venimos.
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