El tren amarillo de Macondo en el nuevo Magdalena

A partir de enero nuevos mandatarios regirán los destinos del departamento. Hay esperanzas de transformación

Por: RICARDO VILLA SÁNCHEZ
diciembre 06, 2019
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El tren amarillo de Macondo en el nuevo Magdalena
Foto: Public Domain Pictures

"Y vieron a Aureliano triste saludando con la mano desde la locomotora, y vieron hechizados el tren adornado de flores que por primera vez llegaba con ocho meses de retraso. El inocente tren amarillo que tantas incertidumbres y evidencias, y tantos halagos y desventuras, y tantos cambios, calamidades y nostalgias había de llevar a Macondo" (Cien años de soledad, Gabriel García Márquez).

El Magdalena es un departamento sin capital y Santa Marta una capital sin departamento. De vieja data han repetido esta frase que le adjudican a Alfonso López Michelsen, desde cuando se desprendió el departamento del Cesar del Magdalena Grande, antes también La Guajira, una parte del Atlántico y hasta de Bolívar.

En la historia republicana se ha desmembrado al Magdalena, casi como a nuestro país, de pasar de ser un territorio fronterizo de gran proyección, con amplia salida y contacto con el mar caribe, con las mayores tierras fértiles de la región, el comercio y navegabilidad por el río Magdalena, sus caños y ciénagas, la producción agrícola, los artistas, entre ellos, los más recordados compositores musicales como José Barros y Rafael Escalona, escritores como el gran Gabriel García Márquez, artistas de la fotografía como Leo Matiz, entre otros, que enriquecen nuestro gran acervo cultural, en fin a lo que es hoy, el cuarto departamento más pobre de Colombia (46.6% en pobreza monetaria y el 38% en pobreza multidimensional).

El asunto de la pobreza en el departamento es preocupante, no solo por las más alarmantes cifras oficiales en los indicadores, sino por la falta de oportunidades para un acceso a un trabajo digno a sus habitantes o a la ruta del emprendimiento y el empresarismo, a la ciencia, la tecnología y la innovación, a las iniciativas y desarrollos culturales, sino que el trabajo desprotegido en las grandes haciendas de terratenientes, que son dueños de estos pueblos, o la vinculación con contratos basuras en sus alcaldías o en la red hospitalaria, cooptadas por el clientelismo, se convierten en las únicas fuentes de empleo, más allá de la informalidad y el rebusque diario, el poco acceso a la educación pública de calidad, el conformismo, la indiferencia, la división, la falta de solidaridad, y de cohesión social y cultural.

Además de esto, por la precariedad de las vías de acceso, los altos costos de transporte y la distancia, la historia, las relaciones sociales y culturales, y demás particularidades del entorno, los principales municipios han optado por establecer redes funcionales de conexión con otras capitales de departamento, distintas a la capital. La que sistemáticamente se ha ido aislando de las dinámicas del departamento hasta el punto de convertirse en una reina sin reino que además ha crecido de espaldas al mar, pero que ha avanzado en los últimos gobiernos en mejorar las condiciones de vida de su población y su modelo de gestión pública.

Partiendo de la idea de la subdivisión política administrativa en subregiones para la provincia del Magdalena, uno se encuentra con este fenómeno que es pertinente analizar. La subregión norte gira en dos ejes, uno alrededor de Ciénaga y el otro de Fundación. La primera con más contacto de la población con Barranquilla y la segunda, además con Valledupar. La de la subregión del río, que gira en torno a Pivijay, con más contacto con Barranquilla. La del centro, con epicentro en Plato, con contacto con Valledupar, y la del sur que se centra en el municipio de El Banco, con tradición de conexión con Cartagena y Mompox. Provincias con historia, cultura, tierras productivas y amplias posibilidades, pero con altos índices de pobreza, exclusión y segregación. Las que, por estos diversos motivos, en vez de establecer interconexiones con Santa Marta, las generan con las capitales de los departamentos colindantes, a donde, su gente, van a comerciar sus productos y hacer sus compras, a estudiar muchas veces hasta el colegio y la universidad, y que paradójicamente sería a donde residen la mayoría de sus alcaldes y hasta tesoreros, desde donde desarrollan su mandato, aduciendo motivos de seguridad, de logística o de capacidad instalada, por lo que es un volado encontrarlos en sus despachos municipales.

Ante este fenómeno social, económico, político y cultural tan complejo no hay una sola receta. La nueva administración viene preparando un plan de desarrollo, que seguro su eje transversal y agenda estratégica tendrá como referencia la implementación de los acuerdos de paz, la profundización de la democracia y el desarrollo humano sostenible, en la lucha contra la pobreza. Como eje articulador de estos propósitos de cambio es clave construir de manera participativa un plan estratégico para el departamento, a dos décadas, que incluya un sistema de transporte multimodal para todo el Magdalena. En este mismo es necesario reencauchar una iniciativa pertinente regional, como sería la de recuperar la red férrea departamental, con un tren metropolitano y líneas de tren de cercanías, que conecten a la capital con la provincia, que sean amigables con el medio ambiente, que generen un desarrollo urbano y productivo en su trazado, movilidad social, empleo digno, formalización y asociatividad, comercialización de productos, transporte de pasajeros y demás infraestructuras sociales. El tren amarillo de Macondo que le traerá la riqueza redistribuida a la tierra del olvido.

Además, en este plan, más allá de los gobiernos de turno, concebir proyectos, planes, programas que se dirijan a un renovado proceso de transformación administrativa, financiera, política, económica, social y cultural, con voluntad política, acorde con los tiempos modernos, para el departamento; que posibilite avanzar en la garantía de derechos, el reordenamiento del territorio alrededor del agua y la justicia social; en generar un piso de protección social, que cierre las brechas entre el campo y la ciudad; una política pública de trabajo decente en la que primen las garantías de los derechos fundamentales del trabajo, la inclusión productiva, el empleo y la asociatividad; recuperar la red hospitalaria para la gente; reconstruir las vías principales y terciarias; establecer subsedes de la universidad pública y escuelas comunitarias, como puntos de encuentro de la comunidad para la jornada extendida, la articulación entre el nivel precedente y el superior, la construcción de redes de liderazgo social, el arte y la cultura, la recreación y el deporte, la seguridad alimentaria a los más vulnerables, la reparación colectiva a víctimas del conflicto y la formación para el trabajo.

Se ven con buenos ojos las actividades de preparación del nuevo gobierno departamental. Además, los apoyos recibidos que articulan las diversas instancias nación-región y actores claves hacia estos propósitos. Hay esperanza. Juntos podemos cambiar al departamento.

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