Opinión

¡El tirano...!

El pueblo soñado sin contratos fracturados, sin vehículos ni fábricas contaminantes, sin indisciplina ciudadana, cambiaría pronto su cara, aunque llame a su alcalde “el tirano”

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febrero 21, 2019
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¡El tirano...!
En el pueblo, con su alcalde comprometido hasta los tuétanos, se facilita la participación de la ciudadanía en las decisiones que la afecta

Es jueves y pasa otra semana; pero da tiempo para revisar un sueño: me acaban de nombrar alcalde por votación popular, de un municipio con un poco más de 100.000 habitantes, que tiene ríos, quebradas y montañas, más de un billón de pesos de presupuesto, con casi trescientos mil millones en deudas.

Durante el tiempo que he vivido en este municipio, siempre he criticado a los alcaldes y ciudadanos; a los primeros porque sus decisiones son pobres en estrategia, no hacen obras sino obritas, las que hacen demoran décadas, usan mal los fondos, fraccionan los proyectos en decenas de contratistas, y la ejecución está plagada de excusas, sus decisiones afectan la calidad de vida de la gente. La indisciplina e irrespeto de la ciudadanía, sumada a la mala gestión de los alcaldes, hacen de mi municipio, el lugar prefecto para que reine la anarquía y el desorden.

Por eso hice estas cuartillas...  

Sé muy bien lo que está mal hecho y lo que hace falta; solo tengo que imponer las palabras que sostiene sobre sus patas, nuestro cóndor de los andes: Libertad y Orden; pero también debo movilizar a mis funcionarios y atender sin reparos a los ciudadanos.

Solo debo hacer el bien: no todas las acciones de gobierno necesitan presupuesto; el mandato me obliga a servir sin esperar aplausos; como alcalde debo velar para que las cosas se hagan como se deben y tienen que hacer; sin tanto trámite. Como alcalde estoy obligado a someter bajo la ley a las redes clientelistas, a los contratistas, superar tantas reglas hechas para retardar la acción del Estado, para fracturar la capacidad institucional, para mantener el statu quo de la inoperancia y la indignación.

Hoy es mi primer día como alcalde; ya terminé de escrutar los ojos y el corazón de cada uno de los funcionarios que me acompañan; son impolutos y tienen una ventaja comparativa: están comprometidos con la comunidad hasta sus tuétanos, acaban de terminar su maestría en “Principios, Valores, Ética, Educación Cívica y Moral”; no necesitan conocer de tantas normas; solo me interesa que aprobaron con altas notas su maestría; ellos son responsables y sin tacha en sus hogares y lo más importante: saben interpretar a la perfección la Constitución Nacional; por eso hacen parte de mi equipo de trabajo.

Reúno en el coliseo del pueblo al pelotón de policías que tienen asidero en mi jurisdicción, a todos los funcionarios públicos del municipio, invito a los concejales, al representante de la procuraduría, fiscalía y contraloría, rectores de universidades, colegios, a los presidentes de las juntas de acción comunal, a los constructores y urbanistas, a los contratistas, alcaldes y jefes de planeación de los últimos 20 años; a los empresarios y gerentes de bancos del pueblo, a los dueños de las empresas de transporte.

Doy las primeras órdenes: durante los primeros seis meses nuestro sitio de trabajo de lunes a sábado son las calles del municipio; solo vamos a las oficinas los domingos; es prohibido atender familiares o amigos que quieren favores de la alcaldía.

A partir de YA, cualquier vehículo o motocicleta que transite por las calles del municipio, botando humo por sus exostos, se inmoviliza, se chatarriza, y se cancela la licencia de funcionamiento del taller tecnicomecánico que expidió el certificado de gases.

A partir de YA, se cierran todas las empresas, fábricas, que botan desperdicios a los ríos y quebradas; pero con esas empresas, mañana mismo hacemos una alianza público privada para establecer plantas de tratamiento de desechos y aguas contaminadas en sus predios; la prueba ácida final para el dueño de la empresa contaminante, es que al inaugurar la planta, se beba un vaso de los desechos que de su PETAR vierte al río.

A partir de YA, se cierran todos los establecimientos públicos y tiendas, que produzcan ruido excesivo en días festivos o fines de semana; pierden su licencia de por vida.

A partir de YA, cualquier persona que hable por celular, conduciendo vehículo, pierde la licencia de conducción, de por vida. Frente a cualquier vía u obra del municipio inaugurada recientemente, que presente una fisura, grieta, hundimiento o daño, que requiera reparación por falla técnica o humana, se toman las siguientes medidas: van a la cárcel los contratistas de dichas obras, los ingenieros veedores, los secretarios de planeación, sin previo juicio.

Primeros acuerdos: los grandes constructores que por causa de sus proyectos de urbanización, han propiciado la modificación del plan de ordenamiento territorial (POT), mediante el volteo de tierras, acuerdan que sus próximas mil viviendas para estratos cuatro, cinco y seis, -autorizadas por administraciones anteriores a la mía-, serán entregadas sin ningún costo, a raizales del municipio.

Las dos universidades más costosas, pero que funcionan con altos estándares calidad para estudiantes nacionales y de la capital, se comprometen a que cada semestre otorgarán cincuenta becas cada una, para los mejores bachilleres de los colegios privados y públicos, del municipio.

Por ahora y finalmente: los funcionarios y el alcalde, saben exactamente cuál es su salario mensual y me han mostrado su declaración de bienes y patrimonio; por tanto, si al final de estos cuatro años, llegaran a poseer bienes o patrimonio distinto a los declarados, serán encarcelados sin previo juicio.

Les recuerdo que nuestro deber como funcionarios públicos, es servir a la comunidad, veinticuatro horas al día; promover la prosperidad general y garantizar la efectividad de los principios, derechos y deberes consagrados en la Constitución; exigir a la ciudadanía que cumpla con sus obligaciones, facilitar la participación de la ciudadanía en las decisiones que los afectan, mantener la integridad territorial, asegurar la convivencia pacífica y la vigencia de un orden justo.

Del auditorio entonces me preguntan: ¿qué pasaría, si en los 1.102 municipios de Colombia, existieran alcaldes, concejales, funcionarios, contratistas, impolutos y extraordinarios, comprometidos hasta los tuétanos?

Respuesta: Colombia cambiaría su cara, en tan solo seis meses, así llamen a su alcalde: ¡el tirano!

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