Opinión

El silencio no es opción

De la dictadura y la brutal violación a los derechos humanos en Venezuela

Por:
enero 23, 2017
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Visiblemente exaltado, Nicolás Maduro anunció por televisión, rifle en mano (mientras apura a quien lo filma ¡para que le tome fotos!), que fortalecerá aún más (si es que cabe) el ya robusto aparato paramilitar que fundó Hugo Chávez, luego del golpe que por poco lo saca del poder. En ese entonces Chávez, obsesionado con impedir un nuevo golpe, creó los Comandos Populares Antigolpe y las Milicias Obreras y Comunales, así como las Brigadas Especiales contra los Grupos de Violencia, como parte integral del Comando Estratégico Operacional de las Fuerzas Armadas.

Ahora Maduro, asediado por su propia ineptitud y al frente de un país colapsado,  se comprometió a armar a unos 20 000 “patriotas cooperantes”, bajo un “nuevo concepto” que ha decidido llamar el Sistema de Inteligencia Popular, que no es otra cosa que el muy conocido modelo represivo de ofrecer recompensas a miles de ciudadanos comunes para que delaten a sus vecinos bajo cualquier sospecha de malestar, generando una cultura del miedo y la zozobra destinada a criminalizar toda expresión de oposición y disidencia. Todo esto hace parte de una política de reforzar “las Operaciones para la Liberación Humana del Pueblo (OLHP)”, unas redadas violentas para intimidar, asediar, confinar y amenazar a la oposición y a la población descontenta y contener por todos los medios a los supuestos “adversarios del chavismo”.

 Se trata de un intento desesperado por aferrarse al poder en medio del colapso general. La economía venezolana experimenta el tercer año consecutivo de contracción, el PIB se redujo entre un 10 % y un 18 % en comparación al año anterior (los estimativos son muy variables dada la ausencia de cifras oficiales confiables) y la tasa de inflación cerro en 576,9 % y muy probablemente alcanzara el 747,7 % este año. Casi todas las multinacionales que aún permanecen en Venezuela están planeando abandonar el país este año. Ford anunció que cerraría la producción de carros hasta abril, a lo que el gobierno reaccionó calificándolos de “bandidos al servicio de los Estados Unidos” y anunciando que sus activos en el país serían confiscados.

Los venezolanos, todos, pagan las consecuencias. Los supermercados vacíos y las largas filas en la búsqueda de alimentos de primera necesidad son apenas una expresión del resultado más contundente de las políticas sociales del chavismo en estas décadas: todos, absolutamente todos los indicadores de desarrollo humano retrocedieron a niveles de pobreza y pobreza extrema. La escasez de suministros médicos básicos, como jeringas, suero, o incluso guantes, han llevado a que Venezuela registre uno de los peores indicadores de muerte en recién nacidos, nutrición y muerte por enfermedades tratables del continente. Hoy Venezuela tiene una tasa de muertes violentas 10 veces superior al promedio mundial.

 

Lo verdaderamente aterrador es el silencio.
El silencio de la OEA, la complacencia de Colombia
 que camina pasitico para no molestar,
el silencio los defensores de derechos humanos

 

Todos estos son hechos. Hechos que el dictador Maduro discute con toda tranquilidad al aire, por horas, en los medios de comunicación controlados por él. Pero lo aterrador, lo que verdaderamente estremece, no es la visión del heredero desbordado por el poder, decidiendo sobre la vida de millones de personas. Lo verdaderamente aterrador es el silencio. El silencio de la OEA, la complacencia de Colombia que camina pasitico para no molestar, de la región entera que se comprometió a través de la Carta de San José a trabajar para que nunca más América Latina volviera a tolerar una dictadura como las que asolaron al cono sur en los años 70´, y aún más, el silencio de buena parte de la comunidad de defensores de derechos humanos, a los que les parece que una dictadura, si es de izquierda, no es tan grave y que el paramilitarismo, si es de izquierda, tiene su justificación.

Nadie dice nada, no hay denuncias ni es una crisis humanitaria que haga parte de ninguna agenda global relevante. Nadie dice nada porque el dictador ha feriado la riqueza y la abundancia del país para su explotación infinita mientras eso pueda garantizarle su permanencia en el poder, y hay que decirlo, porque la oposición tampoco tiene la grandeza de unirse por encima de cualquier interés particular para enfrentar mejor su situación. Y mientras tanto, la gente sufre.

Duele. Venezuela duele y mucho.

 

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