Que el príncipe no se entere…
Opinión

Que el príncipe no se entere…

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octubre 09, 2014
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Ojalá le cuenten al príncipe Carlos de Inglaterra y su esposa Camila, el próximo 28 de octubre, la denuncia que  el alcalde de Inzá, Cauca, Mauricio Castillo, hizo angustiado el lunes pasado. Si,  ocurre aquí.  El domingo su comunidad, en el corregimiento de San Andrés de Pisimbalá  amaneció con el parque infantil, al lado de la iglesia y muy cerca de la escuela del pueblo, rodeado de minas antipersona.

Sin palabras. Los niños de su municipio están condenados a sortear camino a la escuela el campo de la infamia  que comparten la inhumanidad de la guerrilla y el silencio indiferente del gobierno. De aquella Colombia rural, que muy poco se habla aquí,  se volvió a saber solo por el exceso de libertad que gozan los grupos al margen de la ley. Nadie desde esta encopetada  meseta se atrevió hablar claro y fuerte a quienes con cinismo buscan víctimas en la niñez. La atención del país dirigente no ha salido del Congreso, los ministerios, los visitantes ilustres  y la  baraja de nombres para las elecciones del próximo año.

Santos dejó claro esta semana que es un personaje más de la política tradicional: sin mérito alguno para trascender en la historia. Embriagado de diplomacia, temeroso de perder la corona en medio de un país que colapsa en la guerra, fue tímido  a la hora de exigirle a quienes negocia, respeto por los niños del Cauca y el pueblo colombiano.

El opaco pronunciamiento que bastó solo para una nota de medio minuto en un noticiero, dejó claro que  el actual gobierno poco ha pensado  en el país, en la Colombia que le ha puesto los muertos a esta negra historia, la Colombia rural. Craso error que próximos a cumplir cien días de su nuevo periodo, el presidente  continúe pensando en sí mismo, en proteger sus apuestas, dejando atrás una ambición mayor que debe convocar a Colombia: el respeto por la niñez, la población civil, los que nada deben y todo lo pagan en el cruce del fusil.

El lunes pasado Juan Manuel Santos no se apretó los pantalones. No exhortó a los de la otra orilla en la mesa de La Habana a derrotar sus propias costumbres. Olvidó Santos que tal vez el cáncer más peligroso que padece este país es aquel que surge en las entrañas de su indiferencia. Después del apagón a Buenaventura, el aumento en un 18 % de la nómina estatal, para muchos nos quedó claro otra vez, que el gobierno es trinchera del interés particular.

Así la cosas, esperaba yo que el Señor Presidente expresara tajantemente, que la  indignación de una mina antipersona en la puerta de una escuela es un motivo que pone al descubierto la burla mientras se habla de paz.

Pero no, todo lo contrario. Delirante resultó mi expectativa. A Santos solo lo desvela que el Congreso, sus ministros, estén  unidos a su favor. Por ello renunció a reclamar respeto, con firmeza, lo que  uno esperaría del jefe del Estado, cuando se nos pide a los colombianos perdonar hechos del pasado pero no pueden tener cabida los futuros.

Con  el ministro caucano —Iragorri—, sus congresistas y demás dirigentes de ese departamento estamos unidos y se acabó. ¿Para qué Inzá? Ese  fue el mensaje mudo del presidente. Calló  lo más diciente: Santos está dispuesto a convivir con la política mediocre, miope e indiferente con la niñez colombiana y lo que esté fuera de esta fría Bogotá.

A la basura la miopía del gobierno con la Colombia rural. Lo único que tienen que demostrar el presidente, sus ministros y aliados, es la capacidad de actuar con firmeza a la hora de proteger los civiles y más si se trata de los más pequeños. Otra indignación nacional no puede haber, los niños hoy son  vecinos de las minas, cómplices de un gobierno que mira hacia otro lado para no incomodar, mucho menos al príncipe.

@josiasfiesco

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