El paro y el cambio del paradigma de la violencia

Los jóvenes tomando las enseñanzas de Jaime Garzón han empezado a entender que en sus manos está el futuro del país

Por: German Hislen Giraldo Castaño
junio 01, 2021
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El paro y el cambio del paradigma de la violencia
Foto: Las2orillas / Leonel Cordero

La violencia como problema estructural de la sociedad colombiana se convirtió desde siempre en un espiral sempiterno de venganzas. Así lo explica la historia de William Aranguren, Alías Desquite, que cuando tenía 14 años, el alcalde y algunas autoridades del municipio de Rovira Tolima, le asesinaron a su padre y hermano en el año 1950, viéndose precisado a huir con su madre y hermanas y conseguir armas y municiones para conformar una cuadrilla, que diezmo el Ejército Nacional después de la firma del Frente Nacional

Este mismo año, la Federación de Trabajadores de Cundinamarca fue allanada por agentes del Servicio de Inteligencia Colombiana, deteniendo a su fundador Manuel Marulanda Vélez, y quien después de tres días de ser sometido a crueles torturas murió. Posteriormente Pedro Antonio Marín un joven de 20 años quien en el año de 1948 se dedicaba al comercio en la población de Genova (Quindio), y a quien la turba conservadora le incendió su negoció, obligándolo a refugiarse en el monte y conformar una guerrilla con sus 20 primos, se impone este nombre en vez del suyo, en homenaje a ese luchador popular que sembró semillas de gratitud en sus compañeros del mundo laboral.

En 1992, ante el asesinato por parte de Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), de Jesús Santrich, integrante de las juventudes comunistas, su compañero de clases, Seuxis Pausias Hernández Solarte, estudiante de ciencias de la educación en la Universidad del Atlántico,  se ve precisado a hacer lo mismo y adoptar el alías de este cuando ingresó a las filas de las Farc en 1998.

De ejemplos plagados de violencia que se convirtieron en espirales de odio, está plagada nuestra historia.  Los hechos más recientes los vivimos en septiembre del año 2020, cuando policías adscritos al CAI del barrio Villa luz en Bogotá, asesinaron a golpes al estudiante de derecho Javier Ordóñez. A la indignación, seguida de destrozos materiales de la multitud por este hecho atroz, respondieron policías y civiles armados con disparos y acciones punitivas. En total murieron trece jóvenes. Al día de hoy, 31 de mayo, llevamos más de 50 asesinatos y 132 desaparecidos según la CIDH.

Cada día cobra más vigencia la pregunta del poeta Gonzalo Arango en su elegía a desquite: ¿No habrá manera de que Colombia en vez de matar a sus hijos los haga dignos de vivir? También, las palabras del escritor Colombiano William Ospina, refiriéndose a la muerte de Pablo Escobar, Pedro Antonio Marín, desquite y el Mono Jojoy: “No me alegra la muerte de nadie. Pienso que todos esos monstruos no fueron más que víctimas de una sociedad injusta hasta los tuétanos, una sociedad que fabrica monstruos a ritmo industrial, y lo digo públicamente, que la verdadera causante de todos estos monstruos es la vieja dirigencia colombiana, que ha sostenido por siglos un modelo de sociedad clasista, racista, excluyente, donde la ley “es para los de ruana”, y donde todavía hoy la cuna sigue decidiendo si alguien será sicario o presidente”.

Y aunque esta premisa explicativa de la violencia aún sigue teniendo vigencia, un nuevo paradigma está emergiendo. Los jóvenes tomando las enseñanzas de Jaime Garzón han empezado a entender que en sus manos está el futuro del país, comprensión que los ha llevado a integrarse a todas las acciones colectivas desarrolladas en el marco del paro nacional y a entender la emergencia de la primera línea como producto de la brutalidad policial.  A la pregunta de María Jimena Duzán a uno de los jóvenes integrantes de la primera línea acerca de la negativa del estado a sus exigencias este respondió: “la salida no es la lucha armada, es el respeto a la vida, la lucha armada cobra vidas y lo que nosotros queremos es defender la vida… La empatía la solidaridad, el amor, la creatividad, y las ideas, son más potentes que la lucha armada. Por eso no creemos que la salida sea la guerra. El paro es la forma como las personas y las nuevas generaciones han comenzado a relacionarse con el país. Los bloqueos son solo un instrumento. El paro es también pedagogía, solidaridad, colectividad, son los que aportan el agua, o que nos dan ayuda y nos dejan entrar a sus casas cuando nos persigue la policía”.

A la pregunta del por qué hacía protestaba otro joven respondió: “nosotros somos hijos de la nada, entender el no futuro que nos ha dejado este país. Los que se dan cuenta de que no hay nada son Los que están en la calle, por eso lo queremos cambiar todo”. La respuesta evoca las enseñanzas del mito griego de Tántalo, donde se explica el drama que produce en los seres humanos las tentaciones que se tienen y la imposibilidad para poder satisfacerlas. Según la mitología griega, Tántalo, quien había sido invitado a cenar con los dioses del olimpo, quiso devolverles la atención invitándolos a un banquete en su casa, para lo cual mató a su hijo. Su castigo consistió en estar en un lago con el agua a la altura de la barbilla (otras versiones del mito se refieren a la rodilla o la cadera. Cuando iba a tomar agua, esta se alejaba, cuando estiraba su mano para arrancar una fruta sucedía lo mismo.

En este caso, lo que aparece como tentación para los jóvenes colombianos es equivalente a bienestar material, equidad y eficiencia. Las imposibilidades son derivadas de un modelo económico prohijado del capitalismo que convirtió la salud, la educación, el trabajo digno, y el futuro en general en privilegio de unos pocos. Y aunque no podemos desconocer las divisiones de clase que existen hoy en la sociedad colombiana, debemos entender que los movimientos sociales que participan del paro nacional han configurado su fortaleza a través de acciones colectivas coordinadas y el establecimiento de vínculos de solidaridad y objetivos comunes, a nivel nacional e internacional, acudiendo a redes sociales, audios, videos y prensa alternativa. Componentes al que deberíamos añadir, la cohesión interna que han logrado los integrantes de cada uno de las organizaciones que participan del paro, así como las prácticas autogestivas (ollas comunitarias) y comunicativas (establecer comunicación entre los integrantes de la primera línea y los familiares de los asesinados por la policía la noche del 9 de septiembre del año 2020), entre la heterogeneidad de los participantes en cada una de las acciones colectivas.

Heterogeneidad en la que entran estudiantes de todos los niveles, amas de casa, docentes, profesionales, ambientalistas, transportadores, campesinos, etc. Variedad que podría ser definida en términos gramscianos, como sectores subalternos o marginalizados de la sociedad, a los que la clase hegemónica estigmatiza como terroristas, o vándalos, con el objetivo de desconocer las razones objetivas de la protesta. Estigma que se configuró durante la década de los 60 del siglo anterior en la Doctrina de la Seguridad Nacional a nivel de América Latina, el Estatuto de Seguridad a nivel nacional durante el gobierno de Turbay Ayala desde 1978 en adelante, y en la Seguridad Democrática desde el año 2002 hasta hoy con en el denominado enemigo interno.

Procedimiento que se ha materializado en el decreto 575 de mayo 29 de 2021, mediante el cual el gobierno ordena militarizar 8 departamentos del sur del país, levantar los bloqueos, sustituir la autoridad civil por gobiernos locales de orden militar, reactiva el paramilitarismo urbano y capturar y judicializar a líderes de la protesta social.  Como decía un manifestante: “el gobierno que mata por salir a protestar no es democrático, es un régimen militar al cual están vinculados los medios para poder poner a las personas en contra del paro”.

Este mismo accionar dado por el gobierno nacional a las peticiones de la gente en este paro nacional  es lo que denomina el profesor Medófilo Medina como la contrarrevolución cultural, cuyos componentes principales son: “pautas de pensamiento y acción que se orientan y buscan legitimarse bajo la  conocida divisa de que el fin justifica los medios; el pragmatismo amoral; la aceptación social del uso de la violencia en las relaciones entre las personas; el culto al militarismo, bien sea el estatal, el insurgente o el paramilitar; el recrudecimiento del autoritarismo y de las diversas formas de la intolerancia; La exasperación de los sentimientos de revancha y castigo en el discurso público, y la expansión en ciertos medios sociales de la estética del kitsch (cursi) traqueto”.

En suma, podríamos concluir que el paro nacional ha devenido en la conformación de dos países. Uno que aparece como reluciente por fuera, pero lleno de podredumbre, repugnante y corrupto en su interior. Representado en clanes que dominan en cada región del país, las instituciones en las que ya nadie cree, partidos políticos como Cambio Radical, conservador, liberal, la U y Centro Democrático, las Fuerzas Armadas, o los medios de desinformación. Otro que lucha de forma resiliente, anteponiéndose a las adversidades para que no se les arrebate el futuro, la dignidad y la esperanza.

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