Opinión

El orden público masculino

Ni el escándalo Weinstein ni la campaña #metoo evitarán el riesgo de caer en la trampa de reducir al machismo a la más brutal de sus facetas: el criminal y malintencionado

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octubre 31, 2017
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El orden público masculino
El escándalo sexual de Harvey Weinstein, quien sometió a “poderosas” mujeres en el mundo del entretenimiento, develó la incalculable opresión de la que millones de mujeres son víctimas por el simple hecho de ser mujeres

La aparente paranoia feminista -de la que los hombres sospechamos por años- resultó ser una realidad y no un delirio de persecución de mujeres radicales, que militaban hacia la emasculación del mundo. Hoy no me cabe duda de lo que anunciaba mi madre hace algunos años: “este es un mundo no solo diseñado a favor de los hombres sino en contra de las mujeres”.

Ese diseño complejo -pasado por siglos y culturas- podría llamarse “orden público masculino” o de una forma más directa: la plena y vigente sistematización de la hegemonía de los hombres, establecida en defecto y perjuicio de los derechos de la mujer. Instituciones en abstracto legítimas e históricas así lo indican: ordenamientos jurídicos edificados por principios masculinos que destierran el obvio derecho de una mujer para decidir sobre su cuerpo; industrias como la moda y el cine, que en su inmensa mayoría multiplican la insatisfacción y vergüenza de las mujeres con ellas mismas, exigiendo medidas envenenadas y edades ya inalcanzables. Incluso la mitología construida a partir de su virginidad que ha erigido nuestra condescendencia y miedo -mucho miedo- sobre el universo distante del placer femenino.

 

 

Incluso la mitología construida a partir de su virginidad
que ha erigido nuestra condescendencia y miedo -mucho miedo-
sobre el universo distante del placer femenino

 

Sobran los ejemplos. No obstante, el reciente escándalo sexual del productor de Hollywood Harvey Weinstein, quien sometió a “poderosas” mujeres en el mundo del entretenimiento (ante su despiadada voracidad e hiriente manipulación) develó -gracias a la campaña en redes sociales #metoo o #yotambién- la incalculable opresión de la que millones de mujeres son víctimas por el simple hecho de ser mujeres. La condena irreversible e inapelable de la mujer y por supuesto de su versión más frágil: la niña.

Sin embargo, ni el escándalo ni la campaña evitarán que no se corra el riesgo de caer en la trampa de reducir al machismo a la más brutal de sus facetas: el criminal y malintencionado. Dada su persistencia en el tiempo, el machismo ha cobrado muchas formas y costumbres, las que incluso, ahora casi imperceptibles, pueden confundirse entre las buenas intenciones y “rectos” procederes de hombres, que al aproximarse a una mujer pueden -y logran- incomodarla. El machismo que practicamos los buenos. Culpable.

Hace unos años sostuve una tranquila conversación con un universitario iraní, que me permitió -luego de los ya protocolarios chistes sobre Pablo Escobar y la coca colombiana- indagar sobre el lugar que ocupaban las mujeres en su sociedad. Recuerdo que sin dudar, el estudiante me dijo que en ese extremo del mundo se “protege mejor” a las mujeres al restringir su capacidad de determinarse, vestirse, expresarse e incluso equivocarse. Hombres cuidando a las mujeres de esas otras bestias que -da la casualidad- también son  hombres. Al final y lleno de confianza en la bondad de sus argumentos, dijo que esa protección se justificaba por ser la madre la base de toda la sociedad en Irán. Sonaba bien, no estaba bien.

 

 

Dados los recientes hechos
descubrí también esa otra forma sutil de machismo:
el relato masculino sobre la vida de la mujer

 

 

Al hacer memoria en los últimas días y dados los recientes hechos, recordé ese encuentro y descubrí también esa otra forma sutil de machismo: el relato masculino sobre la vida de la mujer. Un machismo que practicamos quienes más las queremos, seamos hijos, padres, abuelos, esposos y novios. Relatos que se manifiestan en personajes femeninos que creamos los hombres a nuestra justa medida y provecho: la hija, la madre, la nieta, la esposa y la novia. Basta con que una mujer, atrevida e insolente se atreva a salirse del molde para que se imponga un castigo invisible en forma de recomendación, consejo o abrazo.

No pasará mucho tiempo en que las conductas claramente abusivas y acosadoras sean perseguidas y castigadas en nuestra sociedad, no obstante el camino largo se abre ante las silentes y bien vistas conductas de los que más las queremos, esa actitud rebosante de amor diario y genuino, con la cual las sometemos y condenamos al tratar de decidir por ustedes. El maltrato de decidir por ellas.

Cuestiones de orden público, supongo.

@CamiloFidel

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