La alarmante crisis política en Perú y su voto por descarte sirven como una dura advertencia para una Colombia cada vez más polarizada y llena de odio

 - El choque entre Cepeda y De la Espriella es un espejo de la crisis política que vive Perú
Texto escrito por: Juan Diego Velasco Gutiérrez

"¡Somos libres, seámoslo siempre!" Esta es la frase con la que empieza el himno nacional del Perú, himno que canté todas las semanas durante los tres años que viví en ese país como migrante colombiano. Es hermosa. Hoy esta frase me habla con una urgencia distinta, me pone a reflexionar sobre el verdadero peso de las palabras que juramos defender. En la tradición hispanoamericana, la libertad suele ser tratada como un adorno retórico que decora discursos populistas. Sin embargo, la libertad republicana no es un elemento ornamental ni mucho menos una garantía perpetua.

I. Contexto peruano

Cuando se habla de la crisis política en el Perú se suele hablar de que han cambiado de presidente ocho veces en la última década, que cinco de sus expresidentes recientes han estado presos, que uno se suicidó cuando lo iban a capturar, que tienen unas instituciones extremadamente débiles y que Keiko Fujimori se ha lanzado a la presidencia en cuatro ocasiones. Creo que es muy fácil criticar al Perú siendo colombianos, teniendo la fortuna de contar con unas instituciones más consolidadas, una mayor pluralidad, una sociedad más abierta y menos cansada de la política; sin embargo, analizar la historia política peruana reciente y el proceso de las elecciones del pasado 7 de junio nos puede servir de enseñanza y advertencia para nuestro propio sistema político, ya que se están empezando a ver similitudes y tendencias peligrosas que no debemos ignorar.

Tras la caída del "Fujimorato" en el 2000, después de 10 años de un gobierno que terminó llevando a la cárcel a su líder, Alberto Fujimori, en el Perú se vivió un aire de esperanza democrática, de progreso y nuevas oportunidades. No obstante, esta esperanza se estrelló pronto contra la realidad. Hoy Perú se encuentra condenado a una monotonía electoral que lleva dos décadas. Dos décadas en donde se ha escogido el "mal menor" en lugar del "bien mayor". Dos décadas de polarización y división, cada vez más y más extrema.

II. La trampa del mal menor

Para entender el estado actual de la política peruana, es imperativo analizar y profundizar en el significado y las implicaciones de esta constante elección del "mal menor". En la teoría democrática ideal, aquella que aspiramos todos los estados alcanzar, el voto es un acto proactivo.

Esto quiere decir que el ciudadano tiene la responsabilidad de acudir a las urnas y respaldar un proyecto político de país que considere el más apto para gobernar, una visión programática o un conjunto de valores con los que se identifica. Sin embargo, cuando las sociedades se ven obligadas a votar sistemáticamente por descarte, el sufragio se vuelve puramente reactivo, se pierde el debate, la deliberación y gana el odio y la polarización, cayendo en la trampa que Giovanni Sartori identificaba como la dinámica centrífuga de la política, donde el electorado es empujado a votar no por preferencia, sino por el imperativo de frenar la amenaza del extremo opuesto.

Es lo que el politólogo francés Pierre Rosanvallon denominó la transición hacia la 'contrademocracia': una era de desconfianza institucional donde la soberanía ciudadana ya no se expresa a través de la adhesión a un futuro compartido, sino a través del poder de veto y el rechazo al bando contrario. Este es un fenómeno que hoy, tristemente, se encuentra tocando las puertas de Colombia.

III. Un photo finish que lo dice todo

Las elecciones presidenciales peruanas actuales, que aún no se definen, son la última y más dramática expresión de este desgaste subyacente. Estamos viviendo algo muy poco común —para la política global, no tanto para los peruanos—: literalmente un photo finish. Al momento de escribir el presente artículo, con el 98,25% de actas contabilizadas al 11 de junio de 2026, Keiko Fujimori va liderando con el 50,002% de los votos; Roberto Sánchez, candidato de izquierda del partido Juntos por el Perú, tiene el 49,998%. Una diferencia que apenas roza los mil votos sobre más de 18 millones emitidos. Esto no representa un nivel de debate tan alto que logró enamorar a la población y dividirla en dos; esto no es tampoco una coincidencia. Esto representa una fragmentación, la fractura de una sociedad partida en dos extremos. Cuando la elección por mayoría se define con un margen tan diminuto se pierde el concepto de "voluntad del pueblo" y se entra en una parálisis sistémica.

IV. Colombia en el espejo

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Analizar la situación política del país hermano no se hace desde una posición de superioridad moral, sino desde la humildad, la sabiduría y la cautela, de nuevo, como una advertencia para la supervivencia de nuestro sistema político colombiano y sus instituciones. Los síntomas de la degradación de la democracia y de la libertad y el auge del extremismo ya dejaron de ser una proyección teórica, están ocurriendo ante nuestros ojos. La prueba más clara de esa degradación en nuestra actual contienda electoral, protagonizada por Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda, se encuentra en el hecho de que ninguno de estos representa una sana confrontación de alternativas democráticas. Es la versión colombiana del dilema del mal menor. La ciudadanía electora hoy se encuentra atrapada entre dos proyectos que prometen "salvar la patria" de maneras opuestas. Cepeda ha calificado a su rival de representante del "fascismo mafioso" y lo ha acusado públicamente de ser un "estafador de estafadores"; De la Espriella, por su lado, ha descrito la elección como una batalla definitiva entre "la democracia y el comunismo" y ha llamado "cobarde" a su oponente ante los medios. Ambos han construido y consolidado su viabilidad electoral sobre la base de discursos orientados a la denigración y a la crítica de la persona, mas no de sus argumentos.

V. Las advertencias que no podemos ignorar

Frente al escenario que analizamos, la situación peruana nos da una serie de advertencias que no debemos ignorar:

La primera advertencia es el peligro de la destrucción del centro político como espacio deliberativo crucial para llegar a acuerdos. En la primera vuelta del 31 de mayo figuras como Sergio Fajardo obtuvieron apenas el 4,3% y Claudia López rozó los 225.000 votos; el mensaje del pueblo parece ser que el centro ya no convence, parece muy “tibio” o indeciso, pero su desaparición no resuelve nada, solo radicaliza más la agenda política.

La segunda advertencia es el uso del odio y el resentimiento como estrategia electoral. Perú, tristemente, se ha convertido en un país construido sobre odios acumulados y resentimientos históricos, y esa es precisamente su tragedia política más profunda. El odio y el resentimiento son un combustible electoral extremadamente potente y eficiente que mueve las masas, emociona a las personas porque escoge un enemigo directo, crea conversación y se viraliza; sin embargo, es sumamente ineficiente y corrosivo a la hora de gobernar.

Un proyecto político que se escoge sobre el rechazo absoluto del opositor no tiene un Estado gobernable, creó una enemistad que hace imposible la construcción de acuerdos, la reforma de instituciones y el diseño de políticas de largo plazo. Colombia no ha llegado aún a ese nivel de saturación del odio como eje articulador de su política, pero la dirección en que apuntan esta campaña y este balotaje es inequívoca.

La tercera advertencia es la motivación a la desconfianza en las instituciones electorales cuando estas no van a favor propio. Se está creando un patrón muy dañino: al los líderes políticos no lograr el resultado deseado, en lugar de aceptar y reconocer la derrota, respetando las instituciones, prefieren cuestionarla públicamente, gritar fraude sin fundamentos verdaderos e invitar al pueblo a que se movilice, incitando así al desorden y la violencia y también deslegitimando la viabilidad del sistema que los tiene en donde están.

La cuarta y última advertencia que daré en este artículo es la desinstitucionalidad silenciosa. Con esto me refiero a que Perú no colapsó de un día para otro, pasaron muchos años, muchas elecciones, y poco a poco se fue erosionando y cada vez se profundizaba más en este ciclo. Colombia tiene instituciones más sólidas, pero ninguna institución es invulnerable al desgaste sistemático que produce gobernar permanentemente para la mitad del país.

VI. ¿Podemos seguir siendo libres?

Resulta imposible para mí no reflexionar sobre el profundo colapso de la democracia a nivel global sin que resuene en mi cabeza esa gloriosa frase republicana: "¡Somos libres, seámoslo siempre!" Y me veo obligado a preguntarme: ¿es posible ser realmente libres viviendo en un sistema político democrático en donde esta ha perdido su propósito y su buen funcionamiento? Yo creo que la respuesta es un rotundo no. La libertad depende de la subsistencia y el buen funcionamiento de las instituciones que la respaldan; cuando se entra en el juego del 50/50, del extremo vs. extremo, de rechazar absolutamente las ideas y propuestas del opositor, de rechazar el debate y hacer imposible una deliberación democrática de ideas, propuestas y visiones de país diferentes, se pierde la libertad.

Recordemos que aquel que gane debe gobernar para el 100% de la población, no solo para el 50% + 1 que lo eligió; recordemos que para lograr el progreso y la prosperidad de una nación se debe escuchar y tener en cuenta la totalidad de posiciones diversas que viven bajo el amparo de nuestros estados libres e independientes. En esta fractura perfecta, la ciudadanía pierde la libertad de escoger su futuro para quedar confinada en una estrecha celda de la supervivencia política, del "mal menor", donde el voto, en lugar de ser una expresión de libertad, conciencia y esperanza de progreso, se vuelve un escudo frente a la inminente aniquilación simbólica del bando contrario.

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