Opinión

El muerto bueno, el malo y el feo

Un enemigo activo puede ser considerado como un potencial buen muerto. Pero un enemigo caído, vivo o muerto, ya no es un enemigo

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mayo 08, 2018
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El muerto bueno, el malo y el feo
Resulta inaceptable, bajo todo punto de vista, el comentario de uno de los curiosos:“A ese no le llamen ambulancia. Déjenlo que se muera ahí por pillo”.

Una reciente declaración del senador Álvaro Uribe, en relación con la muerte de un delincuente, despertó el acostumbrado debate maniqueo y oportunista de siempre. Lo triste es que, en lugar de debatir de manera seria y con argumentos la posición de quien escribió, sus partidarios y enemigos se enfrascaron en la bizantina discusión que ya es habitual.

No voy a entrar a defender o a atacar lo que diga o haya querido decir el senador Uribe. Como dice el candidato del Centro Democrático, él ya está lo suficientemente grande para defenderse solo. A lo que me quiero referir es a que, en mi opinión, sí existen buenos muertos, malos muertos y muertos feos.

Una buena muerta fue mi mamá, quien luego de una vida dedicada a trabajar por su familia, enfrentó durante sus últimos años una lucha contra la atroz enfermedad que la consumía. Cuando por fin falleció, no hubo nadie que no sintiera algo parecido a la alegría por su partida, acompañada de una sensación de alivio por el fin del padecimiento de una persona que no merecía terminar sus días en medio del sufrimiento. Buena muerta.

La semana pasada murió en Inglaterra un niño de menos de tres años, gravemente enfermo y sin posibilidades médicas de recuperación, por quien sus padres libraron una larga batalla para que el gobierno permitiera su salida hacia Italia, en busca de un milagro que finalmente no ocurrió. Buen muerto.

Dudo mucho que hoy alguien pueda decir, poniéndose la mano en el corazón, que el salvaje que violó y torturó a una niña de tres años en Bogotá no sería un buen muerto.

La discusión debería ser otra. Un enemigo activo puede ser considerado como un potencial buen muerto. Pero un enemigo caído, vivo o muerto, ya no es un enemigo. En días pasados, dos asaltantes en motocicletas trataron de atracar al conductor de un vehículo en la ciudad de Medellín. Con lo que no contaban era con que su víctima resultó ser un instructor de tiro, quien los dio de baja con su arma de fuego. Legítima defensa dirían los abogados y esperamos que también lo digan los jueces. “Se les dañó una vuelta a los parceros”, exclamaron sus amigos del barrio, sabedores de las andanzas de estos sujetos. Buen muerto para unos, una lamentable pérdida para otros. Lo que no resulta aceptable, bajo ningún punto de vista, es el comentario de uno de los transeúntes que presenció el intento de asalto y su desenlace final, puesto que si bien uno de los delincuentes murió de manera instantánea como consecuencia de las heridas recibidas, el otro logró avanzar unos metros antes de caer al piso, todavía con vida. Los videos subidos con tanta presteza a las redes sociales, casi en vivo, captan la voz de uno de los curiosos recomendando que “a ese no le llamen ambulancia. Déjenlo que se muera ahí por pillo”. Ese no es un buen muerto. Se trataba de una persona en condición de indefensión que merecía el esfuerzo de salvar su vida, así después podría enfrentar a sus jueces.

El maniqueísmo como actitud se caracteriza por la toma de posiciones radicales, extremas, sin posibilidad de matizar o de entender los motivos o razones del otro. Lo que mi amigo haga se debe defender a muerte; así como cualquier cosa que mi enemigo realice debe ser satanizada sin tomarse la más mínima molestia en analizar los hechos con sentido común, con inteligencia.

 

La postura maniquea de muchos va a servir, otra vez,
para que sean las emociones y no las razones
las que permitan elegir a un presidente

 

En estos momentos de debate presidencial y de tanto calor en las discusiones, complementadas por el tempranero inicio de la entrega del informe de ejecutorias del mandatario saliente, la postura maniquea de muchos va a servir, otra vez, para que sean las emociones y no las razones las que permitan elegir a un presidente que de verdad sirva para ejecutar la multitud de tareas que requiere un país macrocefálico como el nuestro. Su desarrollo requiere de más manos y de menos retórica, de más indios y menos caciques; pero, por sobre todo, requiere de muchas menos leyes, de muchos menos legisladores y de más personas dando buenos ejemplos.

Sin embargo, el pragmatismo de los corruptos deja de lado todo lo anterior. En medio del caos e imponiendo su particular forma de democracia, unos pocos volverán a comprar mediante maquinarias el poder para manejarnos a todos, incluyendo a quienes no votan pero que de todas maneras con voz airada se siguen quejando de todo.

 

 

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