El médico de Wuhan que murió alertando que había llegado el coronavirus

Li Wenliang advirtió a través de las redes de una neumonía que contagiaba sin control en la ciudad, hasta que el virus se lo llevó. Se le recuerda como un héroe

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febrero 10, 2021
El médico de Wuhan que murió alertando que había llegado el coronavirus

El joven médico chino Li Wenliang tenía 34 años cuando murió ahogado por una neumonía, que aún no tenía nombre, en un hospital en Wuhan. Había prendido las alarmas desde diciembre del 2019 y a través del internet informaba constantemente del nuevo virus que parecía letal y que contagiaba descontrolado a muchos en la ciudad. El gobierno intentó callarlo pero él no se rindió hasta que la enfermedad que había descrito se lo llevó el 7 de febrero del año pasado. Li fue la primera víctima con nombre y apellido del que tres días después, el 11 de febrero, la enfermedad que lo mató se bautizaría covid-19 (coronavirus, virus, desease, 19 por el año), y ha causado la muerte a 2,3 millones de personas en el mundo e infectado a 106 millones. Hasta hoy.

"Esta no es la muerte de un denunciante. Es la muerte de un héroe", escribió un usuario en Weibo, la red social comparable a Twitter de Occidente. Weibo fue inundada con mensajes de indignación. Es difícil recordar un acontecimiento en los últimos años que haya despertado tanto dolor, rabia y desconfianza hacia el gobierno. Los dos principales hashtags decían "el gobierno de Wuhan debe disculpas al Dr. Li Wenliang" y "queremos libertad de expresión". Fueron censurados, recuerda la BBC. Un año después miles de usuarios han vuelto a las redes sociales a homenajear a Li Wenliang.

En la mente están las fotos que inundaron a internet. Un joven de cabello oscuro y corto, a veces con gafas, o con mascarilla, y al final intubado en la cama del hospital. Tenía, 34 años, era oftalmólogo, estaba casado, tenía un pequeño hijo de 5 años y esperaba otro, le gustaba el beicon y las salchichas, según dijo algún día en la red social.

 

Era oftalmólogo, estaba casado, tenía un pequeño hijo de 5 años y esperaba otro

Trabajaba en un hospital de Wuhan cuando en el diciembre del 2019, mes para recordar, recibió a siete pacientes que serían el principio del fin de su vida y cambiarían la historia de la humanidad. Tenían síntomas parecidos a los del Sars que en el 2003 mató a 800 personas en el mundo, todos habían estado en el mercado de mariscos donde se vende toda clase de animales salvajes. Las sospechas hicieron que al finalizar el mes, Li alertara a sus amigos de la universidad a tomar precauciones. Nada más.  El 1 de enero el Diario del Pueblo ya daba cuenta de las ocho personas “castigadas” por difundir rumores, diciendo que el Sars había vuelto.  Dos días después, la policía lo llevó a la comisaría para firmar una declaración en la que se comprometía a no divulgar información confidencial ni a difundir rumores, sino “recaerá sobre usted el peso de la ley! ¿Lo ha entendido?”, se lee en la declaración cuya foto explotó en las redes sociales chinas. “Respuesta: Entendido”, se añade, junto con la firma de Li.

De nuevo en el trabajo del hospital, la senda de la infección comenzó con una paciente con glaucoma que era portadora del coronavirus. El 10 de enero tuvo tos, fiebre, dolor de garganta, tos seca, dificultad para respirar. Y fue ingresado para pruebas. El caso se regó como pólvora, los medios lo volvieron una celebridad, mientras los chinos soportaban el miedo a la enfermedad, a no poder trabajar. Y Li era la imagen de el desastre del manejo de la crisis, del silencio inicial, del encubrimiento, de las amenazas, de la incompetencia.

 

11 millones de habitantes de Wuhan fueron estrictamente confinados

Al terminar enero tuvo lasatisfacción de ver cómo el Tribunal Supremo hacia un mea culpa criticando el comportamiento de la policía y aceptando que los ocho médicos no estaban alejados de una realidad que podría haber sido salvadora, con el uso de los tapabocas.

Mientras Li daba entrevistas diciendo que “lo importante es que la gente sepa la verdad”, porque  “la justicia me importa menos”, el coronavirus fue minando su cuerpo, si acaso podía respirar, y un paro cardiaco fue el final en medio de anuncios de muerte que solo se concretaron hacia las tres de la mañana del 7 de febrero. El médico que no había querido ser héroe sino decir, simplemente la verdad, se había ido con su insignia del Partido Comunista Chino en la bata que había tenido en sus últimos días de trabajo.

Li no pudo ver como el 11 de marzo la OMS declaró la pandemia, ni que cinco días después Europa cerró sus fronteras y el 22 de abril, la mitad de este planeta, 3.900 millones de personas, estaba confinado. La economía cayó en picada y el Fondo Monetario Internacional (FMI) bautizó la recesión mundial como “El gran confinamiento”. A mediados de año, el coronavirus se paseaba por toda América Latina, y el mundo se había acostumbrado a reconocerse con la mitad de la cara que dejaba libre el tapabocas. El 28 de septiembre había un millón de muertos. Pero el 9 de noviembre la farmacéutica estadounidense Pfizer anunció vacuna, justo cuando se superaban 50 millones de casos en el mundo. Otras vendrían después.

Hoy, la OMS empezó a dar las primeras luces sobre el origen de la pandemia: transmisión animal. La que sospechó Li Wenliang en el mercado de Wuhan, y a pesar de ser acorralado por su advertencia, no se han olvidado las palabras que dejó colgadas en una red social: “Una sociedad saludable debería contar con más de una voz".

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