Los hermanos Mucutuy llevaban perdidos cuatro días, luego de que las autoridades encontraran la avioneta estrellada en medio de la selva del Guaviare. El riesgo muerte de los cuatro niños era alto. Los primeros en reaccionar tras la trágica notica fue su propia comunidad indígena. Luis Acosta, el recién nombrado ministro de la Igualdad por el presidente Gustavo Petro, no dudó en poner su sabiduría ancestral al servicio de la búsqueda de los hermanitos Mucutuy, pero también su capacidad organizativa entró en juego. Son 17 años los que lleva al frente de la Organización Nacional Indígena de Colombia, ONIC.
Acosta, como coordinador nacional de la ONIC, organizó a la guardia indígena bajo su mando y se trasladó con un amplio grupo de indígenas hacia la selva del Guaviare. Entraron con la ayuda del Ejército y Fuerza Aérea Colombiana. Fue ahí cuando coincidió con el hoy ministro de Defensa, general Pedro Sáchez, quien para ese momento, mayo de 2023, era el comandante del Comando Conjunto de Operaciones Especiales, y cabeza militar de la operación militar para el rescate. En febrero de 2025 Sánchez se convirtió en el primer premiado por el exitoso rescate de los cuatro niños. Fue nombrado ministro de Defensa. Luis Acosta, con su nombramiento, acaba de ser el segundo.
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Antes de internarse en la selva, el coordinador de Luis Acosta, entró a la selva del Guaviare buscando a cuatro niños perdidos como se entra a una casa ajena. Despacio. Con respeto. Caminó los primeros metros adelante de los guardias indígenas, con su bastón de mando en la mano antes de que los soldados ajustaran sus mochilas y la tecnología GPS. Era mayo de 2023. Antes de avanzar, el grupo se detuvo. No fue una orden militar. Fue otra cosa: pedir permiso. A la selva, a sus dueños invisibles, a los árboles que no dejaban ni siquiera ver el cielo. Así empezó una búsqueda que duraría cuarenta días y que terminaría marcando para siempre la vida de Acosta, hoy nombrado por el presidente Gustavo Petro como nuevo ministro de la Igualdad.
La selva no era un escenario nuevo para él. Había crecido aprendiendo a leer territorios antes que libros. De niño, acompañó a su padre, Moisés Acosta, en largas jornadas de pesca. Allí entendió que el oficio no era solo lanzar la vara y atrapar un pez, sino resistir, cuidar, permanecer. Moisés, indígena nasa de Caloto, en el norte del Cauca, fue uno de los fundadores del Consejo Regional Indígena del Cauca. Era un hombre creíble, de esos a los que la comunidad escucha. En 1984 se internó en el Naya, entonces controlado por las Farc, para recuperar tierras arrebatadas por la guerra. Luis tenía once años cuando lo vio irse. Nunca volvió. La guerrilla lo desapareció.
La ausencia se volvió cotidiana. En la casa, su mamá, Ana Tulia Zapata sostuvo a la familia en silencio. Madrugaba, trabajaba, organizaba. Era gobernadora indígena del resguardo Huellas y combinaba la dureza del día con la enseñanza constante. Luis y sus hermanos estudiaban y trabajaban en los cultivos de ají. Al final de la jornada, las manos ardían. Esa mezcla de estudio, trabajo y lucha lo fue moldeando. La pérdida del padre no lo apartó del camino comunitario: lo ancló.
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Eligió la educación. Durante más de quince años fue maestro y ayudó a construir, junto con cientos de estudiantes, las bases de la etnoeducación que hoy existe en muchos territorios. Pero la violencia crecía. Los asesinatos, las amenazas, el despojo. Sus propios compañeros le pidieron cambiar la tiza por el bastón de la Guardia Indígena. No era un salto al vacío. Se había preparado desde los trece años, cuando se acercó a esa guardia naciente, creada en 1971 como una forma de protección sin armas.

En 2001 dejó definitivamente el aula y fue escogido por la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca para coordinar la Guardia. Desde entonces, su tarea fue formar, organizar, resistir. Tres años después enfrentó una de las primeras grandes pruebas: el secuestro del alcalde de Toribío y de un exalcalde por parte de las Farc. Mil indígenas caminaron hasta San Vicente del Caguán para exigir su liberación. Quince días después, lo lograron. La Guardia mostró que podía ser un ejército sin fusiles.
Ese recorrido explica por qué, dos décadas después, cuando una avioneta cayó en la selva entre Guaviare y Caquetá, su nombre apareció de inmediato. En los restos encontraron el cuerpo de la madre. No estaban los niños. Lesly, Soleiny, Tien y Cristin Mucutuy habían desaparecido bajo un techo de árboles gigantes, entre lluvias constantes, serpientes, pumas y un verde que no ofrece puntos de referencia. Más de 350 personas se desplegaron en la búsqueda. Ejército, Fuerza Pública, Guardia Indígena. La búsqueda se llamó Operación Esperanza.
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Luis Acosta asumió un rol doble. Coordinó la logística y la táctica junto a los militares y, al mismo tiempo, guió espiritualmente a los equipos. No eran dos mundos separados. Los soldados aportaron tecnología: GPS, teléfonos satelitales, mapas. Los indígenas aportaron el conocimiento del territorio y de sus reglas invisibles. Antes de cada jornada había desayuno y preparación espiritual. Chimú, yagé, mambe, ambil. Medicinas ancestrales para caminar, resistir, no perderse, no enfermarse. No bastaba con la comida física.
La búsqueda se organizó por cuadrantes. Bloques de diez, quince, veinte metros. Se marcaba el terreno para saber volver. La selva era caliente, húmeda, cerrada. Al mirar hacia arriba, el sol apenas se insinuaba entre árboles que parecían no terminar nunca. De noche, un puma rondaba los campamentos. Las serpientes aparecían sin aviso. En ese entorno, un guardián indígena, tras una toma de yagé, logró ver más allá. Caminó por uno de los cuadrantes y los encontró.
Para Acosta no fue un milagro aislado. Fue la consecuencia de una alianza poco frecuente. En las noches, alrededor del fuego, indígenas y soldados compartían arroz, casabe, fariña, raciones militares, historias. Se curaban heridas con medicina tradicional y occidental. Se escuchaban.
El 9 de junio de 2023, tras cuarenta días perdidos, los hermanos Mucutuy aparecieron con vida. Habían sobrevivido porque conocían la selva. Porque Lesly, la mayor, tuvo la fortaleza física y espiritual para cuidar a los demás. Porque alguien, desde afuera, los estaba buscando con mapas y con cantos, con satélites y con rituales.
Para Luis Acosta, esos cuarenta días condensaron su vida entera: la enseñanza del padre ausente, la fortaleza de la madre, la pedagogía, la organización, el dolor acumulado. También las pérdidas recientes. Desde 2018, más de un centenar de guardias indígenas han sido asesinados. Ha tenido que llegar a territorios como Tacueyó para acompañar funerales, sin acostumbrarse nunca.
Hoy, desde el ministerio de minIgualdad a donde llegó por ser líder de movimiento indígena clave en el triunfo electoral de Gustavo Petro, Luis Acosta tiene un reto especial: desde su cargo, el más alto al que ha llegado un indígena en el país, fortalecer la cercanía del movimiento indígena con el gobierno de la Colombia Humana en medio del proceso electoral que se avecina. Con su nombramiento Petro también hace un reconocimiento político a los indígenas. Por allí pasaron los afros, la comunidad Lgtbi y ahora el turno es para el movimiento indígena Colombiano, representando hoy por el líder que entró a la inhóspita selva y allí se quedó 40 días a sol y al agua hasta que salieron con los cuatro niños perdidos en brazos
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