El fallecimiento de Willy Drews deja un vacío enorme en la academia y el urbanismo del país, pero su legado queda escrito en el asfalto y las letras

 - El legado del arquitecto pereirano que está detrás de los barrios Niza y El Polo
Texto escrito por: Enrique Uribe

Empiezo este escrito por el final: Willy fue para mí la definición de la persona feliz. Hizo lo que quiso, montó en bicicleta, enseñó arquitectura, escribió y leyó. Y, claro, construyó un sólido núcleo familiar. Todo lo hizo bien. Todo lo que hizo lo enriqueció a él y a quienes tuvieron la fortuna de tenerlo cerca; aquí incluyo a sus lectores que, sin conocerlo personalmente, no lo sintieron extraño. Poseía el raro don de convertir la distancia en familiaridad.

Willy tuvo dos grandes pasiones: la arquitectura y el ciclismo; de la primera hicieron parte, en el mismo orden de prioridades, cada una de ellas: el diseño arquitectónico, la docencia y la escritura, dado que se alimentaban mutuamente.

En cuanto a su extensa obra arquitectónica, destaco dos de los más grandes aportes que nuestra arquitectura -para el caso la de Willy Drews- ha entregado a la sociedad: las urbanizaciones El Polo Club y Niza en Bogotá. Quienes no las conozcan, no duden en darse una vuelta por esos lados. Con enorme respeto y por razones de espacio, resumo su trabajo como proyectista con las dos obras mencionadas y los 17 concursos de arquitectura que se ganó.

Bien podría decirse que un sello de marca de la arquitectura de Willy Drews es el color. Es muy común en sus obras que estas, en algún lugar de sus fachadas, tengan un tinte de un vivo color, tal vez inspirado en la arquitectura que lo acompañó en su infancia y adolescencia: el color era muy importante en la arquitectura del café e imponía discretamente su sello personal en el paisaje. Estos colores eran los mismos para las construcciones de los ricos y las de los pobres.

No quiero cerrar este apartado sin mencionar su primer trabajo de diseño arquitectónico con el diploma todavía fresco: los talleres de la Mercedes Benz en Bogotá, sobre la avenida El Dorado, costado sur, a la altura de la que hoy es la Avenida Boyacá. Lo menciono porque en uno de sus textos nos dice Willy: "Jamás supe cuándo empecé a querer la arquitectura".

Lo menciono porque yo, a mis ya largos años, vine a saber cuándo empecé a querer la arquitectura; fue desde muy niño, pasando frente a los talleres de la Mercedes Benz en Bogotá, cada vez que íbamos con mi mamá a buscar a mi papá al aeropuerto. Me encantaba ver ese edificio, no creo que en esos momentos conociera la palabra “arquitectura”. Debía estar en mis primeros años de elemental y este taller no dejó, hasta su desaparición, de llamarme la atención. Bellos hangares.

Jamás supe quién había sido su autor y, la verdad, nunca me lo pregunté. Fue muy grato, aunque nada sorpresivo, descubrir décadas después que el arquitecto había sido Willy Drews. Tenía que haber una mente brillante detrás de aquella construcción.

El fin de la época de oro

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Con el deceso de Willy el sábado seis de junio, se fue el último de los integrantes de una generación de arquitectos nacidos en las décadas de los años 20 y 30 del siglo pasado, que nuestro colega Eduardo Samper M. llamó "Época de oro", de la que hicieron parte nombres como: R. Salmona, F. Martínez Sanabria, Germán Samper, Ernesto Jiménez, Guillermo Bermúdez, Gabriel Serrano, Hans Drews (hermano de Willy), Rafael y José Ma. Obregón, Dicken Castro, Arturo Robledo, Enrique Triana y Jaime Camacho, principalmente. No puedo evitar la nostalgia que siento cuando esto escribo. Fue una delicia, una época de creación y colegaje que jamás se volvió a ver. Fueron amigos, incluso hicieron proyectos en conjunto. Formaron una verdadera cofradía profesional, un grupo excepcional cuya influencia marcó para siempre la arquitectura colombiana.

Hoy tenemos cerca de cien mil arquitectos(as) matriculados(as), de los cuales apenas ejerce una pequeña proporción. Tenemos más de 60 facultades de arquitectura, entre ellas, dos universidades debidamente autorizadas por el Ministerio de Educación que entregan el título en 3 años y otra que gradúa 400 profesionales al año.

Esto, mientras que el Consejo Profesional de Arquitectura, entidad del Estado encargada del fomento de la arquitectura en el país, despilfarra en burocracia los dos millones de pesos que, con un esfuerzo enorme, cada una de las 3.500 familias de los recién graduados anualmente le entrega al momento de recibir su matrícula profesional.

Por supuesto, hoy también contamos con magníficos profesionales, como los hemos tenido siempre. Basta revisar cualquiera de los anuarios de arquitectura que publica la Sociedad Colombiana de Arquitectos para comprobar el altísimo nivel de muchas de las obras producidas en el país. Sin embargo, aquella generación poseía algo difícil de describir y aún más difícil de repetir.

Son muchos quienes conocen la obra arquitectónica de Willy Drews o han sido sus alumnos en cualquier momento durante sus 40 años de docencia, pero desafortunadamente no son tantos como deberían ser quienes han disfrutado, mientras aprenden de arquitectura, con sus textos. Actividad en la que fue tan brillante y la que disfrutó tanto como lo fue de profesor o de proyectista de arquitectura. Dije en la presentación de su libro Pensamientos, Palabras y obras: “Jamás estuve en un salón de clases presidido por Willy Drews: lo tengo, sin embargo, en mi lista corta de quienes he aprendido arquitectura”.

En este libro, Willy recoge la totalidad de sus artículos publicados en El Espectador y en el blog Torre de Babel, creado y dirigido por otro grande de nuestros desaparecidos colegas: Guillermo Fischer. Qué falta nos haces, querido Memo.

Bien quisiera apuntar cada uno de sus 12 libros; la gran mayoría de ellos cuidadosamente editados y diseñados por su amigo y gran diseñador gráfico Neftalí Vanegas; como no puedo por razones de espacio, invito a quienes lean estas líneas a buscarlos en bibliotecas y librerías; sin embargo, no puedo dejar de señalar los contenidos de algunos de ellos e incluso copiar frases y párrafos. De estos títulos, bien puedan escoger al azar; cualquiera que cojan los llevará de inmediato a buscar el segundo, luego el tercero y así. No podrán parar hasta no haberlos leído todos. Así presenta Willy sus textos: "No aspiro a escribir ortodoxamente bien y no tengo ningún compromiso con la literatura. Mi compromiso, como dice Murakami, es conmigo mismo y con los parámetros que me he fijado". Revisando los textos de Willy no puedo dejar de verlo escribiéndolos mientras se le dibuja en su rostro una juguetona sonrisa. El gozo de la escritura al ciento por ciento. El gozo de la vida.

Uno de los libros que considero más importantes es Habitanimal. Urbanimal, donde estudia las viviendas y refugios construidos por diferentes especies: hormigas, abejas, termitas, aves y muchos otros animales. Analiza los materiales que utilizan, sus sistemas constructivos, su lógica espacial e incluso su estética. Es un libro fascinante y absolutamente recomendable.

Arquitectura en prosa: reúne una cuidadosa selección de párrafos y frases de 40 destacados escritores del mundo a través de la historia y de la geografía que de alguna manera describen un espacio o señalan situaciones que se desarrollan ya sea en interiores o exteriores, dando protagonismo al lugar en el que se encuentra. Van desde Kafka, Allan Poe, Flaubert o Murakami hasta los de este lado del mundo como García Márquez, Rafael Escalona, Laura Restrepo, Vargas Llosa y Germán Espinosa, entre otros. Buen lector Willy, por si faltaban señas.

En 2022, la Universidad de los Andes —su principal editor— publicó un hermoso libro titulado Los silencios, concebido en buena medida como memoria de la “Sala del Silencio”, el espacio arquitectónico que diseñó para el campus universitario.

De este libro destaco un par de las frases con las que cierra el volumen: "Después de la palabra, el silencio es el segundo poder del mundo", de Henri de la Cordaire. O: "Manejar el silencio es más difícil que manejar la palabra". "La mejor respuesta para un idiota siempre es el silencio", Eurípides.

Importantísimo por todo y por todo, pero a destacar: el descubrimiento de Willy Drews poeta. Buen poeta, no lo duden. Dice así:

Me gusta que me hables al despertar la mañana. Y oír a esa hora temprana Unas palabras amables.

Y me encanta que me cuentes cómo viviste tu día pues me produce alegría el saber cómo te sientes.

Me agrada que me converses cuando despierto en la noche porque sé que es nuestra voz lo que nos une a los dos.

Mas te quiero confesar que no importa dónde te hayas, amo el momento en que callas y dejas de conversar. W.D.

Cierro el capítulo de sus libros publicados con el que yo apostaría es el libro de arquitectura más difundido de nuestra bibliografía arquitectónica, el más citado y el más pirateado: Las setenta leyes de Willy para arquitectos. Delicioso libro. Para la muestra un botón: "A todo lote le falta un metro". No habrá sobre la faz de la tierra una persona que haya ejercido la arquitectura y no lo pueda corroborar.

El maestro y sus anécdotas

Como docente lo fue durante 40 años en la facultad de arquitectura de la Universidad de los Andes -su alma mater-, de la que fue decano en dos ocasiones y miembro honorario del Consejo Superior de la Universidad. También fue profesor invitado en la Universidad Técnica de Berlín (Alemania), Universidad Véritas en San José de Costa Rica y en la escuela de arquitectura y diseño Isthmus en Panamá, amén de haber sido conferencista en una decena de facultades fuera del país.

Al final de sus días, recibió como homenaje de la asociación de exalumnos de su universidad un diploma acompañado de una orquídea comprada en un supermercado. Aunque estoy convencido de que cualquier distinción habría resultado insuficiente para honrar su trayectoria, aquel gesto reveló una profunda incomprensión de quién fue realmente Willy Drews. Quienes concibieron ese "reconocimiento" parecían ignorar la dimensión humana, intelectual y profesional del hombre a quien pretendían homenajear.

Willy nunca necesitó de medallas para justificar su grandeza.

 - El legado del arquitecto pereirano que está detrás de los barrios Niza y El Polo
Foto archivo familia Drews.

De su otra pasión, que no la segunda; como estas frases lo comprueban, Willy nos dice:

  • Para hacer arquitectura no es suficiente visitar el lote. Es conveniente conocer la región, las plantas, la gente y el resto de la fauna, ojalá en bicicleta.
  • No sé si el hecho de haber sido ciclista me hizo un arquitecto diferente o viceversa. Pero en todo caso fue una linda relación que disfruté toda la vida.
  • Sigo muy agradecido con este aparatico… pude recorrer caminos y carreteras que me acercaron más a la arquitectura de campos y ciudades.

En cuanto a anécdotas e historias de su vida personal, empiezo por su abuelo, alemán de nacimiento, quien llegó a Colombia a principios del siglo XX y le tocó quedarse de mala gana, en un país donde después vivió de buena gana, dado que luego de dar una corta caminada por Buenaventura se negó a quedarse a vivir en Colombia, pero al llegar al muelle para embarcarse, el barco ya había zarpado.

Nos cuenta también con mucho orgullo que su bisabuelo había compuesto el himno de El Salvador. "Yo siempre contaba esto con mucho orgullo, hasta que lo oí".

Cuenta Willy que su primer carro fue un Ford Anglia que, camino a Pereira, quedó exhausto mientras ascendía La Línea y, para hacer los últimos kilómetros, le tocó subir el carro en reversa. Carro que, frustrado, llegando al destino vendió a su cuñado.

Para hablar de su querido padre, Carlos Drews Castro, doy la palabra al poeta pereirano Luis Carlos González Mejía, autor de La Ruana, canción que cantó Paloma San Basilio a dúo con Plácido Domingo y de la que dijo: "Si hay una canción que me emociona al cantarla es La Ruana... Me emociona hasta las lágrimas". Así retrató el poeta González a Carlos Drews:

Alemán-antioqueño que en Pereira ha nacido, le entregó aeropuerto, carreteras, baldosa, dos centrales eléctricas, pavimento y curiosa afición a estampillas, arte y barro cocido.

Concedió al teodolito y al nivel vacaciones dedicando sus horas, propósitos y acciones a brindarle a su tierra la luz del buen leer.

Me despido de este escrito con las palabras que Willy se despidió en su libro Willy Drews Arquitecto, escrito con Marc Jané:

"El fin último del arquitecto… no es grabar su nombre en grandes edificios… Dejar huella es diseñar obras que conviertan la ciudad en un sitio donde… los ciudadanos puedan desarrollar eficientemente sus actividades cotidianas… Si los espacios que diseñamos nos sobreviven… haciendo de este un mundo mejor, habremos justificado… nuestro pequeño nicho en la historia".

A fe que lo logró con creces, mi querido Willy. Sumo a su legado construido su importante obra escrita. Amo la escritura. Como se dice popularmente: lo escrito, escrito está. Lo escrito queda para el futuro. Será un placer volver de tiempo en tiempo a sus páginas. Quienes las lean en el futuro encontrarán en ellas no solo inteligencia y sensibilidad, sino también compañía. Porque, a diferencia de muchas obras arquitectónicas que desaparecen con el paso de los años y las transformaciones urbanas, los libros conservan la presencia de quien los escribió.

Gracias, Willy, por todo y por todo.

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