Texto escrito por: Ahjinson Andrés Rincón Gómez
Colombia actualmente ocupa el puesto vigésimo octavo (28.°) a nivel mundial en cuanto a polarización y, según ese mismo ranking, el séptimo (7.°) en la región, por detrás de países como Argentina, Venezuela y Nicaragua, los cuales presentan graves crisis sociales asociadas a dictaduras y al mantenimiento del poder por parte de ciertos grupos políticos.
En nuestro caso, la polarización pareciera sostenerse por fenómenos como la corrupción, el conflicto armado, las crisis sociales y la desigualdad. A esto se suma un proceso de transmisión generacional en el que los valores familiares se orientan hacia una u otra corriente política, convirtiéndola en un rasgo identitario que se hereda casi sin cuestionamiento.
Entre los fenómenos psicológicos asociados a la polarización, se ha encontrado que a los individuos pertenecientes a grupos rivales se les dificulta la socialización con quienes piensan diferente, lo que lleva a que los grupos tiendan hacia la homogeneidad de pensamiento.
Este fenómeno, conocido en psicología social como cámara de eco, ha llegado a un punto en que incluso la elección de pareja puede estar condicionada por la posición política o la opinión sobre temas sociales específicos. Esto genera además otro problema: el pensamiento crítico se deteriora, ya que las opiniones contrarias a las del propio grupo son sistemáticamente invalidadas o censuradas. Estudios sobre el sesgo de confirmación señalan que los individuos, en contextos polarizados, tienden a buscar y recordar únicamente la información que refuerza sus creencias previas, lo cual profundiza la brecha entre grupos.
Más allá de los efectos sociales, la polarización tiene consecuencias concretas sobre la salud mental individual. La exposición constante a contenidos políticos cargados emocionalmente —especialmente a través de redes sociales y medios de comunicación que amplifican la tensión para captar atención— se ha asociado con mayores índices de ansiedad, irritabilidad y fatiga informativa. A esto se suman los efectos del entorno inmediato: insultos, amenazas y confrontaciones visibles en manifestaciones políticas generan un clima de insecurity que inhibe la libre expresión de ideas y refuerza la autocensura.
Aunque podamos tener una visión crítica de este fenómeno, es algo que difícilmente va a detenerse: el mundo está cada vez más dividido y las brechas de desigualdad siguen creciendo. Sin embargo, es posible y necesario reflexionar de forma individual sobre cómo nos afecta: ¿qué emociones experimentamos al consumir información política en redes sociales?, ¿cómo nos comunicamos con personas de ideas opuestas?, ¿qué percepción tenemos de quienes no comparten nuestras creencias? Si nos damos ese espacio de reflexión, quizás podamos aportar —aunque sea un pequeño grano de arena— a no ser parte del problema.
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