El lado dulce del odiado Carlos Antonio Vélez

Provocador con el micrófono y manso en familia. Así es la vida no pública del más famoso periodista deportivo de Colombia

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agosto 05, 2021
El lado dulce del odiado Carlos Antonio Vélez

Son muchos los enemigos que ha hecho en 48 años de carrera. Fue el primer periodista que se atrevió a criticar, a finales de los setenta, a técnicos y jugadores. Este hijo de Doña Cielo, férrea y estricta maestra de escuela, y de Don Carlos, un manizalita bonachón que le entregó los mejores años al SENA, siempre dice lo que piensa. A sus jefes les ha tocado aguantarse andanadas de llamadas en donde se quejaban de la línea editorial que asumía: ir contra Pékerman cuando acababa de sacar quinto a Colombia en un Mundial era una herejía, defender a su amigo, Hernán Darío Gómez, cuando golpeó a una mujer en el bar el Bembé del barrio la Macarena en Bogotá, era un atropello a la razón. En ningún momento su puesto ha estado en duda. Dios Antonio, como lo reconocen sus contradictores por su estilo prepotente, es sólo un personaje de la ficción. Por eso sus enemigos sorprenderían ante anécdotas como estas.
Un día cualquiera en su casa en Bogotá –tiene otra en Lima, su esposa es peruana- él está encerrado en su templo, el amplio estudio repleto de pantallas y de libros sobre fútbol en donde ve los partidos. Nadie puede entrar a él. Nadie que no sea su nieto Antonio, el retoño de Paola Vélez, su hija abogada. Entonces, sin importar si están jugando Real Madrid vs Barcelona, el niño entra como un huracán, se sienta en sus piernas y le pide a Carlitos – ni siquiera le dice abuelo- que juegue con él. A sus 68 años Carlos Antonio encontró una pasión que se la disputa al fútbol: la de ser abuelo.

Con Hanna, una de las nietas de Luis Carlos, su hijo más famoso, cada vez que va a Miami debe encarnar otro personaje, el del ratón Mickey. ¿Qué pensará Iván Mejía, su némesis radial, al encontrarlo impostando la voz como si fuera una caricatura de Walt Disney?

Bastante trecho ha tenido que recorrer este abuelo bonachón para sacar adelante una familia tan grande y exitosa. Nació el 30 de octubre de 1953 en la católica Manizales, tierra de curas y de periodistas futboleros. De pequeño aprovechaba las profusas faldas de esa fría ciudad para jugar a las balineras. Era rápido, hábil, aunque eso no lo salvó de terribles de accidente en donde se rompió un brazo, una pierna. Le iba a mejor con las balineras que con el fútbol. Frente a su casa en el barrio Los Agustinos había una cancha. Como era tan malo siempre lo escogían de último y lo condenaban al arco. Pero él, en vez de rumiar su amargura se convirtió en tremendo arquero hasta el punto de que cuando arrancó a estudiar derecho en la Universidad de Caldas, se volvió en una especie de Lev Yashin hasta que, en un partido con la Universidad Nueva Granada de Armenia, se rompió los ligamentos y se le acabó la carrera. Estudió para abogado después de haberle dado la peor desilusión a Doña Cielo: no ser el primer papa Manizalita. Es que estuvo dos años en un seminario. El respeto que le tenía a su mamá, quien fue su profesora en kínder, lo obligó a hacerle caso, pero salir a los 16 años, con una sotana a la calle, era algo que no podía servirle para atraer a las chicas, deseo que ya empezaba a consumirlo como a todo adolescente.

Tampoco quería ser abogado ni árbitro de baloncesto como fue, al lado del mítico profesor Zabala con quien incluso pitó un campeonato nacional en la cancha Toto Hernández de Cúcuta. Su vocación no la encontraba y la vino a encontrar en el lugar más improbable.

Con sus compañeros de Derecho se iban a estudiar en el Parque Caldas. La memoria de Carlos Antonio era auditiva. Todo lo que decían se le quedaba grabado. Varios de sus compañeros, quienes con los años se convirtieron en abogados brillantes, incluso algunos llegaron a ser magistrados, eran amigos del doctor Fabio Londoño, dueño de la emisora La voz de los fundadores que se transmitía por Radio Súper. Ellos lo recomendaron para que hiciera comentarios políticos en el noticiero del mediodía. Lo hacía bien, pero después de un almuerzo con Jorge Urrea, gerente de la emisora que era un enfermo por el fútbol, le cambió la vida. Tenía 17 años cuando comentó el primer partido en Armenia, Quindío Vs Tolima. El primer jugador que entrevistó fue el Paco Castro.

Era bueno y se sentía cómodo. Así que lo encontramos en el año 1974 ya narrando en Bogotá. La despedida de Pelé en Brasil le partió su vida. Es que él quería seguir estudiando Derecho, pero hubo un momento en que el éxito como periodista deportivo le explotó y tuvo que decidir quedarse en Bogotá, ciudad a la que había llegado con una mano adelante y otra atrás.

Cincuenta años después sigue tan vigente que cada rato es tendencia en redes sociales. Dice que trabaja no para recibir likes, ni para gustarle a nadie. Es un provocador, un tipo capaz de decir que es seguidor de Álvaro Uribe, que a los vándalos hay que darles garrote. Le tiene sin cuidado las ampollas que despierta. Su disciplina lo hace levantarse a las 4 de la mañana, trabajar hasta las 9 y a esa hora salir a hacer 6 kilómetros de trote. Sus 68 años no son ningún impedimento. Sólo, cuando se apagan los micrófonos y las cámaras, Vélez se convierte en Carlitos, el abuelo más tierno del mundo.

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