El karateca holandés que casi mata a golpes a su esposa colombiana

Paola Pachón descubrió que más de diez mujeres han aguantado los golpes de Ramón Visschner, exempleado de multinacional, que se fugó a México

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Julio 05, 2018
El karateca holandés que casi mata a golpes a su esposa colombiana
Fotos: Cortesía Paola Pachón

El siguiente recuerdo de Paola Pachón es sentir una bota que aplastaba su cara contra la baldosa fría del pasillo. No la pateaba, solo la aplastaba. Intentó mover las piernas, pero solo le respondía el cuerpo del cuello para arriba. Pensó que se iba a morir, y solo sintió verguenza: “¿Quién le dirá a mi papá que este animal me mató?”

Fue la última golpiza que le dio Ramón Johan Visscher Koster, un colombiano que fue adoptado por una pareja holandesa cuando tenía menos de un año. Ramón volvió hace 7 años a Colombia y Noticias RCN le hizo una nota mostrando cómo estaba buscando a su familia biológica. Nadie sabía que en realidad estaba huyendo de Holanda, donde tiene una condena mínima de año y medio por haber golpeado a su primera esposa, Angélica. Ella estaba embarazada.

Esa familia que encontró en ese programa hoy no le habla. Golpeó varias veces a su papá biológico. Ramón es cinturón morado en artes marciales.

Paola Pachón recibió varios mensajes por Facebook de Visscher en los que decía que quería conocerla. Ella estaba viviendo en Quito, Ecuador comerciando con telas y Ramón le dijo que él viajaba para conocerla. El 30 de mayo del 2016 él llegó a Ecuador y tuvieron su primera cita: caminaron por Plaza Foch, la zona rosa, desde las 6 p.m. hasta la medianoche. Se presentó como un hombre de mundo, viajado, amante de la literatura, y un experto conocedor del Medio Oriente. Paola quedó impresionada.

Se fueron a Guayaquil y luego de viaje por Ecuador. Él siempre se preocupaba por si ella tenía frío y le cedía su chaqueta. La enamoró. Tres meses después la convenció de irse a vivir juntos a Bogotá. Ramón fue hasta la casa del papá de Paola y le pidió permiso: al señor no le gustó mucho pero respetó la decisión. Paola desempacó sus maletas en el apartamento de Cedritos, al norte de Bogotá, y comenzó el calvario.

Ramón le ofreció que dejara de trabajar y que se dedicara a la casa. Ella aceptó pero cuando quizo trabajar un mes después, no fue fácil. Adidas le ofreció manejar la tienda del centro comercial Plaza de las Américas, y ella aceptó sin pensarlo. Era su trabajo de los sueños, pero duró solo dos semanas pues el holandés comenzó a acosarla: “¿Por qué te llaman tanto? Sabes qué, si no renuncias voy y te armo un escándalo en la oficina.”

Para evitar problemas ella renunció. Fue incómodo pero todavía pensaba que la celaba porque la quería.

A los dos meses consiguió otro trabajo manejando otra tienda al norte de la ciudad y donde estaba rodeada solo de mujeres, pero pasó lo mismo. Esta vez le preguntaba si la cajera era lesbiana, o que si la encargada de los zapatos estaba enamorada de ella. Volvió y renunció.

Cuando le decía que iba a tomar café con las amigas, él le preguntaba que si esas amigas le iban a pagar el arriendo o los servicios y ella entendía el mensaje. Quietud y silencio. Si llegaba a argumentar, él la cogía del pelo o la empujaba. Ella se quedó sola.

Los gastos siempre los pudo costear Ramón Visscher, un hombre que sin haberse graduado de bachiller logró varios cargos en distintas empresas, incluyendo ser coordinador para Suramérica de Symcon – una multinacional de productos industriales -. Viajaba constantemente, y como se daría cuenta Paola después, siempre con otras mujeres. Pero su temperamento le costó también su desempeño: de Symcon lo despidieron hace más de tres meses.

Ella, que se había dedicado a la moda y a asesorar mujeres para vestirse, tuvo que cambiar su ropa. Él terminó exigiendo una especie de uniforme: tenis, bluyíns y sacos cuello tortuga. Tuvo que dejarse de maquillar. Paola lloraba mientras se cambiaba de ropa, y él usaba la frase que la dejó marcada: “Sea fuerte. Deje de llorar. Ese dramatismo de las latinoamericanas.”

En diciembre del 2016 Paola no aguantó más. Ramón le gritó, como casi todos los días, que no servía para nada. Sin llorar ella caminó hasta la cocina y cogió un cuchillo. Se quería cortar las venas. Pero Ramón entró por la puerta, se lo quitó de las manos y comenzó a pegarle. En la espalda, en las nalgas. Le escupió, como era costumbre también, en la cara.

El regalo con el que Visschner esperaba reconciliarse y convencer a Paola de tener hijos – Foto: Cortesía

Para congrasiarse, le regaló una perrita. Una cachorrita San Bernardo que se convirtió en su fiel compañera. Era la forma del holandés para convencerla de que tuvieran un hijo. Ella siempre dijo que no, y eso lo enfurecía a él.

Esa misma perrita ladraba y ladraba cuando Paola tenía la cabeza contra la baldosa. Corría de lado a lado cuando Ramón la volvió a levantar del pelo y la tiró contra un muro. Fue ahí cuando perdió el conocimiento. Al recuperarlo se tocó la frente y sintió el hueso. Un trozo de piel se le había caído. Todo lo escuchaba lejos pero los sentía cerca. En el piso, sin mover el tronco ni los pies, comenzó a ahogarse con la sangres que caía de su cabeza. Con los brazos se levantó y pudo caminar.

Eran las 7 de la mañana.

– Ramón, déjame salir.

– Así no se va para ningún lado.

– Me estoy ahogando y desangrando. Si yo me muero acá, a usted lo condenan.

Silencio largo.

– Lárguese rápido – le dijo y se metió al cuarto para quitarse la camisa ensangrentada.

Paola salió al ascensor, se encontró una vecina, y logró llegar hasta la portería donde había una señora mayor. Junto al celador comenzaron a pedir ambulancias y a llamar a la policía. Ni un vehículo llegó, y solo apareció una moto del CAI. Al ver la cara ensangrentada de Paola los policías se fueron encima de Ramón. Pero cuando él entregó sus papeles de holandés, ellos se echaron para atrás.

Uno de los policías le dio una palmada en la espalda a Paola que ella sintió como si la hubiera embestido un toro: “Fresca que el denuncio lo puede poner después. Tiene 12 meses.”

A Ramón, todavía borracho y con el pantalón manchado de sangre, le pidieron que llevara en su carro a Paola al hospital. Un policía acompañó a la mujer en el carro. Su último recuerdo es cuando la recibieron los médicos de la Clínica El Bosque y le preguntaron que cómo se había roto el dedo. Ella ni siquiera sabía que lo traía fracturado, solo sentía dolor en todo el cuerpo.

Durmió tres horas.

Cuando se despertó no sabe si escuchó o se inventó el recuerdo de una enfermera que le decía: “Mi amor, tienes que denunciar. A mí me hacían lo mismo, lo denuncié y ahora él está muerto.”

Cuando ella abrió los ojos tres horas después de haber ingresado, Ramón estaba sentado en el sofá de la clínica. Desde el estómago, Paola gritó con todas sus fuerzas. Él se le acercó: “Amor, cállate. Esto todo fue tu culpa. Además recuerda que tu te caíste por las escaleras. ¿Te acuerdas? ¿Te acuerdas?”

Paola se sentía como en un programa de Discovery ID. Guardó silencio.

En la noche apareció un médico en su cuarto que le preguntó quién iba a responder por los $9 millones que se había gastado ese día – cirugía plástica, TAC, yeso – y los $7 más que le costaría la hospitalización. Ramón la había sacado de la EPS.

Ramón había vuelto al cuarto, y ella le exigió que tenía que pagar la cuenta. Él le pasó el celular para que escribiera los requerimientos para encargarse de la cuenta y ella aprovechó para revisarle las conversaciones: ese mismo día que ella pasó hospitalizada por la golpiza, Ramón había hablado con tres mujeres más. En un mes había tenido conversaciones con más de 30, aunque a mayoría le escribían para insultarlo. Habían sufrido el peso de su mano.

Ramón Visschner junto a su grupo de artes marciales mixtas – Cortesia

Ella pidió el alta en el hospital, pero no tenía donde vivir. Le daba vergüenza ir donde su papá en ese estado, y ya no tenía amigas. Había dejado de trabajar. Tuvo que volver al apartamento de Ramón, aunque la inmobiliaria le había exigido mudarse después de semejante escándalo.

Por ocho días durmieron en la misma cama. En medio de la noche él comenzaba a gritar “la voy a matar, la voy a matar”, pero luego se giraba y le decía que tranquila, que solo eran pesadillas.

Esa semana Paola vio como los dos policías que acudieron al llamado el día de su golpiza llegaban a medianoche al apartamento de Ramón para recibir fajos de billetes y podían sacar uno o dos millones de pesos. Ellos aprovechaban para recordarle “¿se imagina usted siendo extranjero en una cárcel colombiana? Le va mal.”

Cinco días después una amiga la convenció de denunciar. Tuvo que pedirle a Ramón que le pidiera un UBER con la excusa de ir a terapia. Al conductor le contó su historia y él decidió ayudarla: la dejó en Paloquemao pero fue hasta la clínica y terminó el servicio allá. Ramón no supo que ella estaba contándolo todo.

Informe clínico sobre el estado en que logró llegar Paola. Una de las pruebas de Fiscalía – Foto: Cortesía

Caminó – cojeando – por los pasillos de los juzgados. Le dieron 47 días de incapacidad.

Ella volvió a la casa y él le dijo que se preparara, que tenía que irse de la casa. Ella, en medio de lágrimas, le dijo que se iba ese mismo día. “Deja de llorar, sea fuerte, ese melodrama por todos de ustedes las latinas si es insoportable. Lo que le pasó a usted le puede pasar a cualquiera”.

Paola logró llevarla a una notaría y logró que se comprometiera a pagarle $1.2 millones por 9 meses. Paola se fue para donde una amiga a vivir, pero él le seguía escribiendo: “Mi amor, vente para la casa. Eso le pasa a cualquiera.”

Para curar sus heridas Paola tenía que echarse parafina en la cara y hacer una terapia con electro shocks. Entró en depresión severa. Verse al espejo cada día era recordar esa noche.

El 8 de agosto citaron a Ramón para la audiencia de imputación de cargos. Él no sabía y entró en pánico. La llamó. “Ahora si vas a saber quien soy yo. Lo que te hice es nada en comparación. Te voy a meter un tiro en la frente.” Ella grabó esas conversaciones y se las entregó al Fiscal.

También comenzó a buscar testimonios de otras mujeres. Encontró a los dos exesposas de Ramón – la primera y una costeña que él se llevó de Colombia para Holanda – que sufrieron sus golpes.

Carolina, la primera esposa, le contó de la orden de captura que tiene en Holanda, y un abogado que lo tenía demandado le contó que él se fue a Colombia huyendo. Luego Paola supo que de la Costa Caribe colombiana también tuvo que huir: la familia de la segunda esposa lo amenazó.

El juicio ha sido demorado, a pesar de ser catalogado como prioritario. Un año después de abierta la investigación la Fiscalía no ha logrado que emitan la orden de captura contra Ramón Visscher. La audiencia para esposarlo estaba organizada en julio, pero se cambió para septiembre 19.

En la audiencia de imputación de cargos la Fiscal, por intentar evitar que se fugara del país, le imputó violencia intrafamiliar cuando en realidad el cargo era intento de feminicidio – que ahora es lo que enfrenta -. Pero Ramón, con una sonrisa en la cara y exhalando fuerte por la nariz, no los aceptó. Fue tal su actitud de burla que la jueza amenazó con encarcelarlo unas horas si no respetaba su sala de audiencia.

En ese año de la investigación Ramón Visscher le escribió a la empresa y pidió un traslado. Lo nombraron en la oficina de Symcon en México, a donde se llevó a una mujer venezolana que conoció por redes. Paola le advirtió y aunque al principio la chica no le creyó, cuando vio las fotos dejó a Ramón en México y se devolvió. Ella se logró salvar.

Paola quiere irse a vivir fuera del país, pero tiene una resolución clara: hasta que Ramón Visscher no esté tras las rejas, ella no deja Colombia.

Paola, poco a poco, ha ido rehaciendo su vida. La perrita se convirtió en su estandarte y cuando camina con ella, le es más fácil sonreír – Foto: Cortesía

 

 

 

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