Jugar es una actividad primordial para todo niño. Un niño que no juega pierde una oportunidad esencial para vincularse con las personas y con el mundo que lo rodea. El juego espontáneo, especialmente al aire libre, es una experiencia ideal para su desarrollo. Tener la posibilidad de jugar con los vecinos o los primos en un parque es hoy un verdadero privilegio que cada vez se ve con menor frecuencia.
Actualmente, muchos niños permanecen dentro de sus casas y dedican buena parte de su tiempo a actividades más pasivas. La espontaneidad del juego se ha ido perdiendo y ha sido reemplazada por actividades cada vez más estructuradas, como las clases en las que se les enseña a practicar un deporte. Algunos estudios señalan que los niños entre los 3 y 5 años han perdido por lo menos 500 minutos semanales de juego no estructurado.
Esta pérdida tiene consecuencias importantes, pues transforma la experiencia misma de la infancia. La esencia del niño se ve afectada porque es a través del juego que aprende, entre otras cosas, a relacionarse y a socializar. El juego libre le permite explorar y conquistar el mundo sin depender permanentemente del apoyo o la dirección de los adultos. En esos espacios de libertad, los niños pueden enfrentar sus temores, aprender a compartir, negociar y resolver conflictos.
Los juegos al aire libre y en espacios abiertos también son fundamentales para el desarrollo del cuerpo y del cerebro. Las actividades estructuradas que se realizan dentro de casa no siempre permiten obtener los mismos beneficios de un ejercicio que involucre integralmente al cuerpo y estimule adecuadamente el desarrollo motor. La estimulación de las habilidades motoras es clave durante la infancia.
Hoy en día, es afortunado el niño que tiene la posibilidad de salir a jugar con sus amigos. La mayoría pasa gran parte de su tiempo dentro de casa viendo televisión, chateando o frente a los videojuegos. Aunque los deportes y las clases estructuradas continúan siendo importantes, cuando predominan las actividades solitarias los niños pueden terminar aislándose de sus amistades, haciendo más difícil la construcción de vínculos fuertes con los demás.
El temor de los adultos también desempeña un papel importante. Sentimos que el mundo es cada vez más peligroso para nuestros hijos y, sin darnos cuenta, podemos transmitirles ese temor. A esto se suma la ocupación de los padres y la estructura de vida que conlleva, que muchas veces deja poco espacio para el juego libre y espontáneo y favorece, en cambio, actividades estructuradas y supervisadas por colegios u otras instituciones.
Los niños se están perdiendo de algo esencial al no poder jugar libremente. La posibilidad de escoger a qué jugar y con quién hacerlo también se está reduciendo. Por eso, padres y educadores debemos trabajar de manera urgente y unida para que nuestros niños vuelvan a tener espacios de juego espontáneo.
Es necesario procurar que, desde pequeños, los niños puedan reunirse en grupos de por lo menos tres, de manera que tengan oportunidades reales de interacción y de aprendizaje de la convivencia. El escenario ideal es el aire libre y debemos buscarlo a toda costa: un parque cercano, el jardín de la casa o cualquier espacio seguro donde puedan jugar. Crear estos espacios es imperativo para el bienestar y la salud mental de nuestros niños.
Hay que abrir un espacio al “juego con otros al aire libre” en medio de este mundo tecnológico. Hay un momento y un espacio para cada cosa. Si no respetamos esta necesidad fundamental de los niños, veremos posteriormente cómo este déficit puede afectar sus vínculos afectivos y su capacidad de socialización.
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