El hegemonismo comunista es la verdadera desgracia de Venezuela

Lenin afirmaba que las masas tenían que sufrir más de lo habitual para que se consolidara la revolución, ¿será cierto o se estaba equivocando?

Por: Ariel Peña González
Marzo 14, 2019
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El hegemonismo comunista es la verdadera desgracia de Venezuela
Foto: Instagram @nicolasmaduro

En su fantasía comunista, el dictador Nicolás Maduro culpó a EE. UU. por el apagón de casi una semana en Venezuela, diciendo que había sido mediante un ciberataque, cuando en realidad ese es un país desgraciado que está en manos de una camarilla comunista absolutamente inepta, que tiene de excusa a la oposición y al imperialismo. Por ello queda claro que a la banda marxista de Caracas poco le importa el sufrimiento de la población, pues lo que le interesa es el poder y aquí sí vale la expresión de un ilustre colombiano que dijo: “¿el poder para qué?”.

¿Poder sobre qué o victoria sobre quién en Venezuela? Será sobre unas masas hambrientas y envilecidas por el socialismo del siglo XXI, sabiendo que Maduro y su régimen son seguidores patológicos del peor ser desalmado y criminal que ha existido en Latinoamérica como fue el tirano de Fidel Castro, por eso no sería nada extraño que aparte de la incompetencia de la banda chavista en el sector eléctrico, el apagón haya sido un autoatentado, porque no se justifican tantos días sin electricidad, recordando que el rufián ruso de Lenin afirmaba de manera inescrupulosa que: “las masas tienen que sufrir más de lo habitual para que haya una situación revolucionaria o se consolide la revolución”. Todo ese siniestro escenario en Venezuela nos lleva a afirmar que la tiranía ha buscado de todas las formas consolidar el hegemonismo comunista, igual a lo que sucede en Cuba.

El comunista italiano Antonio Gramsci, muerto en 1937, diseñó de forma insidiosa lo que ha sido por décadas el engendro marxista-leninista, sin olvidar que la susodicha doctrina se convirtió en la organización criminal más grande que conoce la humanidad en todos los tiempos. Además, Gramsci para completar su cuadro de horror revuelve al marxismo con el maquiavelismo, buscando la perpetuidad del partido en el poder para crear camarillas que mediante la mentira y la violencia nunca entregan el manejo del Estado, a no ser con levantamientos populares como ocurrió con la caída del muro de Berlín y la debacle de la URSS.

La nomenclatura parásita comunista que se instaura en el manejo del Estado cuando conquista el poder, antes y después de lograr sus objetivos burocráticos, tiene un comportamiento irracional y de pandilla, buscando ganarse mediante un discurso miserabilista a los sectores mas ignorantes y atrasados de la sociedad, y así alcanzar la hegemonía en el plano político, económico, social y cultural, teniendo como base para sus abyectos fines la enajenación y el adocenamiento de las masas.

Para que la secta marxista-leninista tenga éxito no importa que su teoría sea criminal e inescrupulosa, pues lo más importante es que se cumpla en la práctica, por ello como decía Marx: “los obreros no deben de tener ideología, sino conciencia de clase”. Lo anterior para que se comporten como un rebaño y puedan ser fácilmente manipulados por la élite del partido y así construir la dictadura eterna, en donde las llamadas clases subordinadas son utilizadas de masa de maniobra para consolidar el poder del partido.

Para Gramsci, la conquista de la hegemonía es un proceso que se vuelve constante, en donde la cultura juega un papel preponderante. Además, el partido se convierte en el príncipe moderno de Nicolás de Maquiavelo, siendo lo fundamental la apología a la violencia y al engaño, y para eso el partido se organiza de arriba hacia abajo, lo que se conoce en el marxismo-leninismo como el “centralismo democrático” y que también lo enseñó el sátrapa de Lenin en su escrito de 1904 Un paso adelante dos atrás, demostrándose el carácter burocrático y brutal del leninismo.

Siguiendo el método maquiavélico, Gramsci plantea las dicotomías y los reduccionismos para dividir a la sociedad, por eso los seguidores de la secta marxista-leninista, sus idiotas útiles y algunas personas despistadas, sin ningún empacho hablan de que se debe estar con la izquierda o con la derecha, con el socialismo o con el capitalismo, con la burguesía o el proletariado, pues el autor de El Príncipe decía “que en una confrontación no se puede ser neutral, porque se es avasallado por el vencedor con la complacencia del vencido”.

Las teorías de Gramsci han tenido sus conspicuos seguidores dentro de la aberración comunista totalitario y se cree que Mao Tse-tung las aplicó rigurosamente en la China conjuntamente con su camarilla, lo cual produjo cerca de 60 millones de asesinatos durante la colectivización y la revolución cultural. Así mismo, el tirano Fidel Castro en Cuba también fue alumno aventajado de Gramsci, pues sus métodos perversos son fiel copia de las orientaciones del comunista italiano, y el orate de Hugo Chávez en Venezuela dio claras muestras de su admiración por Gramsci y por ello creó bandas armadas, llamadas colectivos, para defender la revolución.

Sin embargo, el epígono más destacado de Gramsci dentro de la fauna marxista podría ser el genocida de Camboya en la década de los setenta del siglo pasado llamado Pol Pot, quien mató a 3 millones de camboyanos siguiendo la consigna “pensar y leer es contrarrevolucionario”. Y así personajes funestos y tristemente célebres del comunismo totalitario han sido los fervientes seguidores del esquematismo gramsciano.

El bloque histórico esbozado por Gramsci es una mezcolanza, sin importar la cantidad, en donde también se incluyen a grupos de distraídos e indecisos que se puedan alienar para que el partido los dirija y así buscar la hegemonía del Estado reteniéndola para siempre, siguiendo una estrategia de desgaste en contra del enemigo o “guerra de posiciones”, para ello no hay necesidad de tener en cuenta la voluntad popular, ni a las mayorías nacionales, ni tampoco los resultados electorales, mucho menos a la democracia que se utiliza de acuerdo a las condiciones o se repudia sino conviene.

Latinoamérica por su rezago ideológico y falta de discernimiento ha tenido que soportar la aplicación de los métodos de Gramsci, que expresan las intenciones torvas del engendro marxista-leninista, por ello después de la caída del muro de Berlín, Fidel Castro junto a Lula da Silva fundó el foro de Sao Paulo en 1990; Hugo Chávez montó el bolivarianismo ultrajando la memoria del libertador y Evo Morales de forma engañosa usó al indigenismo. Todas esas abyecciones son para desarrollar un bloque hegemónico comunista que le haga perder la voluntad a las masas, para que sean presa fácil de la nomenclatura, como lo ha intentado la camarilla de Maduro en Venezuela.

 

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